Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Esta es de Oliver Sacks, el neurólogo-novelero que coleccionó casos clínicos llamativos y los adornó un poco para hacerlos más literarios. La historia es la de un marinero que perdió el dedo índice de la mano derecha en un accidente que no vio venir y que nunca consiguió asumir.
Durante cuarenta años el dedo fantasma le persiguió: se acercaba la mano a la cara para rascarse la nariz y allí estaba el dedo, recordándole que una vez lo tuvo. Recién levantado de la cama iba a quitarse una legaña y allí estaba el dedo, invisible, claro, pero presente como sólo los traumas saben estarlo. Nadie pudo ayudarle en su fijación por el miembro perdido. Hasta que, con la edad, y el deterioro, contrajo una neuropatía sensorial grave y perdió toda sensación de tener dedos. Superó la añoranza del dedo que una vez tuvo al perder la noción de lo que son los dedos. Qué cosas.
El día que a Rajoy se le perdió el gobierno de España en el bolso de Soraya su partido convulsionó fruto de una crisis traumática. Oliver Sacks lo habría llamado el shock del pionero. O el hombre que confundió a su país con un bolso gordo (en el que cabían la gurtel y la kitchen enteras) y que hizo historia clínica de España al convertirse en el primer presidente evacuado del poder por el voto de los diputados.
El Partido Popular arrastra, desde aquel día, un trauma del que no ha terminado de restablecerse: la pérdida del poder a manos de un jugador al que habían minusvalorado, o sea, Sánchez. (Sánchez y su aptitud, ya acreditada entonces, para darle la vuelta a los argumentos, cambiar el tablero y salirse con la suya.
El otro trauma que arrastra el PP es más reciente. De julio de 2023, cuando Feijóo ya tenía pensados los nombres de sus ministros, sus ministras, su directora de gabinete y sus asesores en la Moncloa y, al quedarse corto en las urnas, se vio frustrado y condenado a hacer oposición cuatro años a aquel a quien creía desahuciado. Y al que había ganado las elecciones por goleada.
El sueño húmedo de medio PP -el otro medio hace tiempo que se dejó de sueños para no caerse de la cama- es que Sánchez caiga por el mismo procedimiento por el que subió: la moción de censura. La moción de censura justificada por la corrupción. ¡Más dura será la caída! En la prueba máxima de que el PP ya combate a Sánchez imitando a Sánchez, Feijóo se hizo ayer un Sánchez persuadiendo a peneuvistas y puigdemones de lo necesario y virtuoso para España que sería descabalgar al presidente enrocado y poner en su lugar a un presidente cualquiera cuya única misión fuera disolver las Cortes y convocar elecciones generales.
Bueno, lo de presidente cualquiera lo digo yo, en el ánimo del PP supongo que está que el presidente sea el suyo, Feijóo. Para que Sánchez muerda el polvo a manos de aquel a quien el PSOE despreció y a quien Sánchez obsequió con algunas de sus más groseras intervenciones parlamentarias, choteándose y retratándolo como ignorante.
Seguro que los más veteranos del grupo parlamentario popular -supervivientes de los cambios de mando en su partido- recuerdan que Sánchez propuso su moción de censura a los grupos con esta misma idea: un presidente instrumental -naturalmente, él- cuya misión fuera convocar elecciones.
Bien es verdad que luego le añadió que antes había que limpiar España de corrupción y eso le sirvió de coartada para incumplir -qué sorpresa- el compromiso. También es esto le emula el PP: primero, dice Feijóo, limpiar las instituciones. Y luego ya, convocar. Y hacerlo todo sin Vox. Perdón, sin Vox en el gobierno instrumental que se creara, porque Vox hace falta para que los números salgan.
Pero ésta es la última oferta -última, porque es la de ayer, mañana veremos- a peneuvistas y puigdemones: en este gobierno no estaría Vox. En el siguiente, ya… pues sí, porque si entre los dos suman doscientos escaños ya está preparado el argumentario: el pueblo pide, demanda, exige que Abascal sea vicepresidente.
Ecos del coro indepe
Como la historia da muchas vueltas y nuestros dirigentes políticos cambian todos de opinión con frecuencia, produce ternura recordar cómo el PSOE de Sánchez, a comienzos de 2018, renegaba de presentar moción de censura con el notable argumento de que para que prosperara hacían falta los independentistas como socios. Y eso sí que no. Por ahí no iba a pasar nunca el PSOE: Puigdemont como socio, qué me estás contando, José Luis Ábalos.
En realidad, el jefe de Ábalos, o sea, Sánchez, ya había planteado pactar con quien fuera en 2016 para alcanzar el poder aun habiendo perdido las elecciones. La diferencia entre 2016 y 2018 era, naturalmente, el procés, aquel fenómeno de enajenación colectiva fabricado por Junqueras y Puigdemont -y Forcadell y Omnium- que llevó a cientos de miles de ciudadanos a aplaudir un atropello de libro a los derechos políticos del resto de la población.
Es oportuno recordarlo, creo, porque aunque el PSOE no quiera caer en la cuenta, su reacción de estos dos últimos años a las decisiones judiciales que le son adversas es una fotocopia de la conspiranoia indepe del periodo 2017-2020; y el ardor con el que secundan su reacción desnortada los publicistas a los que inspira cada día con sus argumentarios es una fotocopia del coro propagandero que secundó los ataques del gobierno catalán a todas las instituciones del Estado (todas: corona, gobierno, Tribunal Constitucional, Tribunal Supremo, fiscalía general del Estado y mayoría del Congreso).
El procés enseñó cómo distorsionar los hechos para construir un relato victimista alternativo con el único fin de enardecer a sus partidarios. Óscar López y Óscar Puente no pasan de ser un remake de aquello en versión PSOE.
El procés enseñó cómo distorsionar los hechos para construir un relato victimista alternativo con el único fin de enardecer a sus partidarios
Tanta ternura como escuchar al Ábalos de 2018 repudiando al independentismo como socio la produce escuchar al PP de 2026 anhelando poder pactar su moción de cartón con el prófugo Puigdemont y su delegada en Madrid, Miriam Nogueras. O devolviéndole al PNV la condición de partido serio y respetado en Génova, 13, después de dos años poniéndole a caer de un burro por complaciente y por faldero.
Explican los estrategas de la derecha que, en rigor, lo que Feijóo está haciendo -lo que hizo ayer en Tele5- no es cortejar a nacionalistas vascos, independentistas catalanes y nacionalistas españoles (o sea, Vox), sino poniéndoles ante el espejo de su discurso hueco para que, ya que no va a haber cambio de gobierno, al menos paguen ante sus votantes el desgaste. Sabemos que moción no habrá, dicen, no nos chupamos el dedo (como Óscar López). Pero el sueño húmedo sigue presente en las cabezas pensantes del PP que aún no han escarmentado de deambular de sueño en sueño.
¡Y sin Vox en este gobierno instrumental, eh, qué más quieres! Luego ya, en el siguiente… Oliver Sacks trató a una paciente -o dijo haber tratado- que sólo se maquillaba la parte derecha de la cara porque había perdido la capacidad de ver lo que estaba a su izquierda. "No entiendo las burlas", decía, "yo me pinto todo lo que veo". No podía dirigirse a ese lado porque, para ella, solo existía lo que estaba a su derecha.
Y como las enfermeras le decían: sí que te hemos traído el postre, que sí que está ahí el café, sólo tienes que ampliar tu mirada, su mente ideó una estrategia: en lugar de girar a la izquierda, cosa que le resultaba ya físicamente imposible, girar a la derecha, y un poco más a la derecha, y otra vez a la derecha hasta completar un círculo y llegar a ver cómo es el mundo que sigue existiendo a su izquierda pasando antes por la derecha más a la derecha de la derecha.

