ENTREVISTAS EN LA BRÚJULA

"Si el Estado no protegió a la madre, al menos que proteja a la familia": el grito tras el minuto de silencio de las víctimas de violencia machista

Rafa Latorre conversa en La Brújula con Elena Valenciano y Soraya Rodríguez sobre su libro 'Después del minuto de silencio. Hablan las familias víctimas de la violencia machista', un relato coral que da voz a las familias que sobreviven al asesinato machista de una hija, una hermana o una madre.

ondacero.es

Madrid |

"Si el Estado no protegió a la madre, al menos que proteja a la familia": el grito que Soraya Rodríguez y Elena Valenciano lanzan tras el minuto de silencio de las víctimas de violencia machista

En el libro 'Después del minuto de silencio. Hablan las familias víctimas de la violencia machista', publicado por La Esfera de los Libros, Elena Valenciano y Soraya Rodríguez recogen historias reales de familias que comienzan otra vida tras el asesinato machista de una mujer.

Durante la entrevista en La Brújula, ambas advierten de que la noticia se consume en segundos, pero el duelo invisible y el desgarro económico, afectivo y psicológico de quienes quedan atrás se prolonga durante años.

Rafa Latorre subraya que el libro pone el foco en "las otras víctimas" de la violencia contra las mujeres: los hijos, las abuelas, los padres y los hermanos que sobreviven al crimen. Las autoras, que se presentan “en calidad de escritoras y no de políticas”, mezclan la reflexión política con un testimonio muy pegado a los casos que han documentado.

Qué ocurre después del minuto de silencio

Valenciano resume la idea central del libro cuando responde a la primera pregunta de Latorre: "Después del minuto de silencio ocurren muchísimas cosas de las que no nos ocupamos, que no conocemos". Habla de "el dolor, la culpa, la desorientación total de cómo seguir con la vida" y de la pregunta inmediata en las familias: qué hacer con los niños, quién los cuida, quién los sostiene.

Rodríguez incide en la fugacidad de la noticia: "Nos hemos casi acostumbrado a esa noticia fugaz de 'una mujer ha sido asesinada'". Recuerda que, tras confirmarse el crimen machista y guardarse el minuto de silencio, "cada uno nos retiramos a continuar con nuestras vidas y las familias de la víctima comienzan una nueva vida, marcada por la ausencia de la persona a la que más querían y más necesitaban".

La violencia psicológica y el salto al asesinato

En el diálogo con Latorre, las autoras desmontan la idea de que la violencia psicológica sea un estadio menor. Valenciano describe esa "violencia silenciosa, psicológica, mental, que te va minando, que te va restando autoestima y confianza" y que muchas veces no se percibe como amenaza de muerte hasta que, "en un segundo, se transforma en un asesinato".

Rodríguez es tajante: "No es verdad que la violencia psicológica sea inferior; es una violencia muy grave". Afirma que controla, inmoviliza e impide ejercer el acto de libertad de romper la relación, y que "cuando la mujer decide romper, decide ser libre, es cuando se produce el asesinato".

Para ilustrarlo, recuerda el caso de Teresa, una joven de 24 años haciendo un máster de enfermería en Bruselas, asesinada con 102 puñaladas por un exnovio que voló hasta allí después de que ella decidiera no volver.

Huérfanos, duelos imposibles y abismos familiares

Latorre pone el foco en los huérfanos de la violencia machista, esos niños que, incluso cuando no presencian el crimen, "se contagian del miedo de su madre". Valenciano admite que "probablemente no hay ningún hecho más duro en la vida que que tu padre mate a tu madre cuando eres pequeño", porque las dos figuras llamadas a darte seguridad se convierten en lo contrario.

Denuncia que la asistencia psicológica posterior "es muy escasa" y advierte de que muchas de esas vidas quedan "rotas" y sin un verdadero proceso de duelo. Rodríguez aporta el ejemplo de Joshua, un joven de 20 años que se convierte en tutor de su hermano de 12: cuando acude a la Seguridad Social a pedir un psicólogo infantil, le responden que "no hay". Es la empresa de su madre y, posteriormente, el fondo de becas Soledad Cazorla quienes acaban asumiendo esa atención.

El peso sobre abuelas y padres: "huérfano y padre en el mismo acto"

Las autoras subrayan también el papel de las abuelas, a las que llaman "abuelas coraje". Rodríguez relata el caso de Carmen, una madre que no tiene "ni un segundo para hacer el duelo" por el asesinato de su hija porque de inmediato debe coger una bolsa de pañales y hacerse cargo de sus dos nietos de dos y tres años y medio.

En el terreno de los padres, Rodríguez explica la dificultad de encontrar su voz y rescata una frase que la marcó: "A mí se me exigió más y se me consoló menos". Es el testimonio de un hombre al que todos pedían que fuera fuerte por su mujer y por su nieta tras el asesinato de su hija, cuando él mismo solo quería encerrarse, llorar y medicarse: "Me habían quitado lo que más quería en esta vida".

El algoritmo que falló y la culpa que atraviesa a las familias

Valenciano destaca uno de los casos que más le ha enseñado: el de Lobna, una mujer marroquí que vivía en un municipio acomodado de Madrid "en estado de semiesclavitud", con cuatro hijos fruto de violaciones y completamente aislada. Fue a denunciar sola, sin dominar el idioma, y el sistema VioGen la clasificó como riesgo bajo: "La mató el algoritmo".

Ambas subrayan cómo las familias viven con la culpa de no haber visto venir el crimen. Rodríguez recuerda que, en el caso de Sonia, su asesino —guardia civil— comió el domingo con los padres, el hermano y la niña, después de pasar por el cuartel a recoger el arma con la que la mataría de un tiro en la sien esa misma noche. "En todos hay un apartado que se llama 'La culpa. La puta culpa'", resume.

Falta de estructura pública y memoria feminista

Valenciano describe el impacto en cadena: "Se abre un abismo afectivo, familiar y económico". De repente, una familia puede verse con "tres niños de golpe", sin protocolo claro que marque "primer paso, segundo paso, tercer paso". Hay que hacer papeles, buscar colegios, esperar ayudas económicas, y todo ello mientras se lidia con el shock del asesinato.

Su conclusión es muy política: "Si el Estado no fue capaz de proteger a la madre, por lo menos que ahora proteja a la familia". En ese sentido, lamenta que "no hay asociaciones de familias de víctimas de violencia de género", pese a que existen asociaciones de víctimas "de todo". Y reivindica que escuchar a esas familias, darles voz, es una forma de justicia y de memoria feminista.

De Elena Francis al negacionismo actual

En un momento más personal, Latorre alude a una referencia que le suena "arqueológica": el consultorio radiofónico de Elena Francis. Valenciano confiesa que fue ahí donde nació su conciencia feminista: recuerda haber escuchado, de niña, consejos como "querida amiga, mejor aguanta, porque ya sabes que los hombres tienen necesidades y las mujeres debemos plegarnos".

Rodríguez conecta esa cultura con el franquismo, cuando "no existía la violencia de género, las mujeres solo se caían". Relata cómo muchas acudían reiteradamente al hospital, acompañadas por su maltratador, como supuestas víctimas de caídas que terminaban siendo "malas caídas" mortales. Ese pasado, sostienen, enlaza con el negacionismo actual de la violencia machista y hace aún más urgente escuchar a las familias.

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