Segunda ciudad del país, Tartu cuenta con un casco histórico pequeño y bien conservado y alberga la mayor universidad de Estonia desde el siglo XVII. Sus miles de estudiantes aportan vida a las facultades y también a sus cervecerías. Entre las visitas, Domínguez Uceta destaca las ruinas de la antigua catedral y la iglesia de San Juan, del siglo XIV, a cuyo campanario se puede subir para contemplar la ciudad y los bosques que la rodean. Tartu guarda además una curiosa casa invertida, construida boca abajo y con los muebles pegados al techo: “Es una experiencia tan divertida como inquietante…”
Muy cerca se encuentra el Museo Nacional de Estonia, dedicado a la historia, la artesanía, el arte y las distintas etapas atravesadas por el país.

El lago Peipus y la Ruta de la Cebolla
Desde Tartu, el viaje continúa hacia el enorme lago Peipus. En sus orillas se instalaron los Viejos Creyentes, procedentes de Rusia, que construyeron casas de madera y conservaron una forma de vida estrechamente relacionada con el lago. Aquí aparece la denominada Ruta de la Cebolla, que atraviesa aldeas como Kolkja, Kasepää y Varnja. Durante el verano y el otoño, los puestos locales muestran trenzas de cebollas cultivadas artesanalmente junto al pescado ahumado del lago. También se puede probar el pastel de cebolla acompañado de té servido en un samovar tradicional o visitar la Casa del Samovar, que reúne 241 samovares en una vivienda de los Viejos Creyentes. “Ya sabes que tradicional quiere decir que merece la pena conocerse, que vale la pena el viaje.”

Bosques de otoño y herencia báltico-alemana
El paisaje es otro de los protagonistas. Los bosques reúnen pinos, abedules, abetos, álamos, tilos y fresnos, además de bayas y rebozuelos, mientras se escuchan aves como pinzones, carboneros y herrerillos. La historia de la nobleza báltico-alemana permanece en lugares como el castillo Alatskivi, un palacio neogótico del siglo XIX inspirado en el castillo de Balmoral. El viaje permite así descubrir una Estonia alejada de las rutas más habituales, entre pueblos rurales, bosques, cultura, gastronomía y las aguas del lago Peipus. Para Domínguez Uceta es: “Un viaje al interior de Estonia de mucho valor para los sentidos y muy ecológico, espléndido…”
