¿Y si la tecnología no solo pudiera influir en lo que hacemos, sino intervenir directamente en lo que pensamos? ¿Y si las mismas herramientas que hoy curan la depresión mañana pudieran alterar decisiones, emociones o incluso rasgos de personalidad?
Estas son algunas de las preguntas que han centrado el debate del Foro Telos, celebrado en el marco del Observatorio de Derechos Digitales impulsado por Red.es y del que forma parte, entre otras organizaciones, la Fundación Atresmedia.
El neurólogo Álvaro Pascual-Leone, catedrático en la Escuela de Medicina de Harvard, y el neurocientífico Mariano Sigman analizaron el impacto de las neurotecnologías en la libertad, la privacidad mental y la identidad en un momento en el que la ciencia ya permite intervenir sobre la actividad cerebral.
Del tratamiento de la depresión a la intervención sobre la conducta
Pascual-Leone recordó que el cerebro no es una estructura fija, sino un sistema en transformación constante. Las conexiones neuronales cambian cada pocos segundos: cada conversación, cada emoción y cada decisión dejan una huella física.
En ese contexto, definió las neurotecnologías como herramientas capaces de “leer o escribir en el cerebro”, ya sea mediante estimulación magnética o eléctrica, ultrasonidos, implantes o técnicas genéticas.
No se trata de ciencia ficción. Miles de pacientes con depresión resistente mejoran hoy gracias a técnicas de estimulación cerebral no invasiva. También existen avances que permiten reducir la impulsividad en adicciones o recuperar funciones motoras mediante interfaces cerebro-máquina.
Sin embargo, la gran cuestión ya no es solo médica. Pascual-Leone lanzó una advertencia clara sobre la necesidad de anticiparse a los riesgos regulatorios: “Si cruzas el río, has ido demasiado lejos”, señaló, subrayando que si la regulación llega después del desarrollo tecnológico puede resultar imposible revertir determinadas intervenciones.
El “fentanilo digital” y la batalla por la privacidad mental
Sigman amplió el foco más allá del ámbito clínico y planteó que muchas plataformas digitales actuales ya operan como auténticas neurotecnologías. Las redes sociales, explicó, están diseñadas para actuar directamente sobre el sistema de recompensa del cerebro, activando circuitos dopaminérgicos vinculados a la motivación y la expectativa.
La lógica de la recompensa intermitente —similar a la de las máquinas tragaperras— genera un bucle de incertidumbre que dificulta abandonar la aplicación una vez iniciada. En ese sentido, las describió como un “fentanilo digital”: entornos que parecen inocuos porque el usuario decide entrar, pero que una vez activados reducen significativamente la capacidad de control volitivo, especialmente en menores.
A su juicio, la autorregulación individual no siempre es suficiente, lo que abre el debate sobre la necesidad de marcos regulatorios más exigentes.
El diálogo abordó también uno de los escenarios más sensibles para el derecho y la democracia: la posibilidad futura de descodificar pensamientos con creciente precisión. Ya existen experimentos capaces de identificar patrones cerebrales asociados a determinadas imágenes, palabras o decisiones simples. El avance dependerá de la potencia computacional y de la acumulación de datos.
Para Pascual-Leone, la cuestión no es tanto si será posible, sino cuándo y en qué grado. La capacidad de leer o escribir en el cerebro podría ampliarse significativamente en las próximas décadas. Ante ese horizonte, la protección de la privacidad mental y la integridad cognitiva se convierte en una prioridad democrática.
El debate derivó inevitablemente hacia el libre albedrío. Algunos experimentos muestran que ciertas decisiones pueden anticiparse en la actividad cerebral fracciones de segundo antes de que el individuo sea consciente de haberlas tomado. Sin embargo, Sigman defendió que, aunque la neurociencia no pueda demostrar de forma concluyente la existencia del libre albedrío, las sociedades democráticas deben organizarse como si existiera, ya que la responsabilidad jurídica y la dignidad descansan sobre esa premisa.
El Foro Telos puso así de relieve que el verdadero desafío no es frenar la innovación, sino acompañarla con una reflexión ética y jurídica a la altura de su impacto. Las neurotecnologías pueden aliviar sufrimiento y mejorar la calidad de vida, pero también erosionar la autonomía si no se establecen límites claros.
El Observatorio de Derechos Digitales busca fomentar este debate multidisciplinar y promover la implementación efectiva de la Carta de Derechos Digitales en un entorno tecnológico en aceleración constante .

