Cuando uno se va de vacaciones, suele tener siempre la misma cuestión: qué hacer para que el hogar esté seguro hasta la vuelta. Uno de los gestos domésticos más habituales suele ser cerrar por dentro y dejar la llave metida en la cerradura, con la idea de que así nadie podrá abrir desde fuera. Sin embargo, los profesionales del sector y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado no están del todo de acuerdo con esta técnica.
Conviene situar el asunto en su contexto, porque agosto es el mes en el que esta conversación se repite en todos los portales. Los robos en vivienda tienen un patrón estacional evidente, ligado a las casas vacías durante las vacaciones. El Ministerio del Interior publica cada trimestre el balance de criminalidad, donde puede consultarse la evolución real por comunidades, y agosto suele destacar por este tipo de delitos.
En ese clima circulan consejos de todo tipo, y el de echar la llave es de los más repetidos. También de los peor explicados.
Qué dice la recomendación oficial
Desde el ámbito policial y de la seguridad pública se desaconseja dejar la llave puesta en la cerradura una vez dentro de casa. El razonamiento es que su presencia no impide la manipulación del bombín y que existen técnicas que permiten actuar sobre el cilindro incluso con la llave colocada al otro lado.
Se ha documentado además el uso de herramientas capaces de aprovechar la propia llave del interior para hacerla girar desde fuera. Es decir, el objeto que se supone que bloquea la puerta puede acabar sirviendo de palanca.
A eso se añade el escenario más incómodo: si alguien intenta forzar la cerradura con la llave dentro y el mecanismo se atasca, el propietario puede quedarse sin poder abrir desde ninguno de los dos lados.
El matiz que aportan los cerrajeros
Aquí es donde la conversación se vuelve interesante. Desde el gremio de la cerrajería se ha planteado públicamente que a un ladrón le resulta bastante indiferente que la llave esté puesta o no, porque quien va preparado no entra por el bombín ni se detiene ante ese detalle.
Lo que sí cambia, según ese punto de vista, es el coste para el propio dueño de la casa. Una cerradura con la llave metida y bloqueada obliga a menudo a taladrar para abrir, lo que encarece bastante la factura de una apertura de urgencia.
No es una contradicción tan grande como parece. Ambas posturas coinciden en lo esencial: dejar la llave puesta no aporta la seguridad que la gente le atribuye. Discrepan en cuánto perjudica, no en si protege.
El bombín importa mucho más que la costumbre
Si el gesto de cada noche apenas mueve la aguja, la pregunta útil es otra: qué cilindro hay instalado en la puerta.
El bumping, la técnica que permite abrir un cilindro golpeando una llave manipulada para descolocar los pistones, funciona sobre bombines convencionales y las herramientas para practicarlo son fáciles de conseguir. Frente a eso existen cilindros antibumping y modelos con protecciones adicionales que sí suponen un obstáculo real.
Hay además una solución concreta para quien quiera seguir dejando la llave puesta sin quedarse fuera de juego: el bombín de doble embrague, que permite abrir desde el exterior aunque haya una llave colocada por dentro. Es la respuesta técnica a un problema que la costumbre no resuelve.
Cambiar un cilindro cuesta una fracción de lo que cuesta una puerta acorazada y es, con diferencia, la medida con mejor relación entre precio y efecto de todas las que suelen recomendarse.

