Este miércoles en el Parlamento Europeo, Úrsula Von der Leyen ha descartado rotundamente la posibilidad de reanudar la compra de combustibles fósiles rusos tras la conclusión de la guerra en Ucrania, asegurando que lo contrario sería “un error de proporciones históricas”. “La era de los combustibles fósiles rusos en Europa está llegando a su fin", ha declarado la presidenta de la Comisión Europea entre aplausos de gran parte de los legisladores en Estrasburgo. Una negativa categórica que se produce en un contexto que las matiza mucho, como son las negociaciones de paz en Ucrania y sus implicaciones en materia energética.
El contexto geopolítico que lo cambia todo
Estas negociaciones incluirían eventualmente algún tipo de levantamiento de sanciones y, posiblemente también se especula —Trump es ante todo un hombre atraído por los negocios—, alguna participación norteamericana en el negocio energético de Moscú. Y este contexto tiene el potencial de cambiarlo todo. Porque las palabras de Von der Leyen en sí no sorprenden. La presidenta de la CE es conocida por su firme postura frente a Rusia. Lo que las hace resaltar es el fondo que las rodean, todo lo que pasa alrededor.
A eso se suma el tono firme empleado por Von der Leyen. Dice: “No dejaremos que ocurra. Esto tiene que quedar muy claro”. Habla casi como una presidenta con poderes ejecutivos, pero la Comisión Europea no tiene tanta autoridad —salvo en política de competencia—. Su verdadero poder reside en el derecho de iniciativa: puede proponer políticas, lo que ya condiciona el debate y, en parte, el resultado final. Pero es solo eso: una propuesta. Los Estados miembros son quienes disponen.
EE.UU. y la paradoja del gas ruso
Pero hay más. La UE tendrá que decidir esto cuando, sorprendentemente, el país que podría estar interesado en que Europa reanude sus importaciones de gas ruso podría ser su “teórico” mejor aliado: Estados Unidos. Hablamos, claro está, de los Estados Unidos de Donald Trump. El mismo presidente que en su primer mandato se convirtió en el mayor enemigo de las importaciones europeas de gas ruso, y que hoy presiona a Europa para que compre más gas licuado norteamericano —más caro que el ruso, por cierto—. Pero la coherencia no es su mayor virtud.
Según todos los indicios, en el marco de las conversaciones de paz lideradas por la Casa Blanca, la diplomacia de Trump ha alimentado la especulación de que la energía rusa podría formar parte de un futuro acuerdo. Parece que cualquier acuerdo aceptable para Moscú debería incluir un alivio de las sanciones. Según declaró en marzo el ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov, sería "interesante que Estados Unidos ejerciera su influencia sobre Europa obligándola a no rechazar el gas ruso".
Dependencia energética y dilemas internos
Esto lo sabe Von der Leyen. "Algunos siguen diciendo que deberíamos reabrir los grifos del gas y el petróleo ruso. Esto sería un error de proporciones históricas”, ha dicho hoy. Pero Von der Leyen es alemana, y su país no levanta cabeza desde que renunció al gas ruso, que impulsaba su economía. Desde entonces, Berlín flirtea con la recesión casi cada mes, a lo que se suma el conflicto por los aranceles impulsado por Trump.
Como las infraestructuras de los gasoductos siguen siendo reutilizables —aunque Nord Stream 2 necesita reparaciones—, la tentación de volver al gas ruso estará siempre presente. Incluso durante la Guerra Fría, la UE importaba grandes cantidades de gas desde Rusia.
Aún hoy, pese a los discursos políticos, la verdad es que Europa no ha podido romper su dependencia. En 2024, la UE compró 31.620 millones de metros cúbicos de gas ruso por gasoducto y 20.050 bcm de GNL. Esto representa el 19% del consumo total de los 27. Y eso sin contar el uranio y petróleo ruso que sigue llegando.
El plan de Bruselas: prohibición total en 2027
Dentro de un mes, la Comisión Europea propondrá a los Estados miembros una serie de medidas para prohibir gradualmente nuevos contratos gasísticos con Moscú y romper los existentes, de modo que se pueda poner fin de forma absoluta a estas importaciones en 2027.
La seguridad con la que Von der Leyen se ha expresado hoy oculta las verdaderas preguntas que tendrán que responder los Estados:
- ¿Estará Europa preparada para renunciar en solo dos años a este combustible?
- ¿Habrá unidad suficiente entre los países miembros para lograrlo?
- ¿Inspirará la administración Trump la confianza suficiente como aceptar la nueva dependencia europea del gas licuado norteamericano?
- ¿Puede Europa prescindir de los combustibles fósiles en su mix energético para conservar la seguridad del sistema?
Demasiadas preguntas que no se reflejan en el tono seguro, casi imperativo, que ha empleado hoy la presidenta del Ejecutivo comunitario.

