La batalla política entre el Partido Popular y el PSOE ha escalado esta semana a un nivel sin precedentes en la legislatura, cruzando los límites del debate parlamentario para adentrarse de lleno en el terreno de lo personal. La acusación lanzada desde el Gobierno contra Alberto Núñez Feijóo de ser "el político más sucio de primer nivel en España" ha provocado una respuesta del PP mediante un comunicado en el que tratan de explicar lo que desde su punto de vista sí es sucio.
La reacción de los populares llegó este viernes en forma de una serie de acusaciones contra Pedro Sánchez y su entorno más cercano, centradas en los casos que rondan al presidente que, en su mayoría, ya habían sido utilizados como munición política. El PP ha devuelto el golpe al Gobierno asegurando que "sucio es haber vivido en un piso pagado por tu suegro proxeneta”, en alusión a las conocidas actividades del fallecido Sabiniano Gómez Serrano, suegro del presidente, vinculado a negocios de prostitución.
Pero no se detuvieron ahí. El PP ha acusado al PSOE de “montar bacanales con prostitutas en Paradores”, de “colocar prostitutas en empresas públicas”, y de “mantener en Moncloa a un trabajador baboso que acosa a mujeres”, en referencia implícita a las denuncias contra el ya dimitido Paco Salazar. También cargaron contra la figura del fiscal general del Estado, afirmando que “sucio es filtrar información confidencial al Gobierno para atacar a un rival político”.
La respuesta de los populares no olvidó otros temas polémicos como el nombramiento del hermano de Pedro Sánchez en la Diputación de Badajoz, o la supuesta cátedra otorgada a su esposa en la Universidad Complutense. Tampoco pasaron por alto la reciente negociación fiscal con los independentistas catalanes, que califican de “sucia” por representar, según ellos, un pacto con delincuentes a cambio de seguir en el poder.
Lejos de buscar la moderación, el PP ha optado por subirse al barro político, devolviendo cada insulto con una acusación aún más grave, en un tono que augura un clima institucional crispado y marcado por la confrontación personal. En esta guerra de trincheras verbales, las propuestas quedan relegadas a un segundo plano, mientras lo “sucio” se convierte en el nuevo campo de batalla de la política española.

