Las fiestas populares son, cada vez más, un territorio estratégico para la comunicación de marcas. En el espacio Historia de la publicidad de Más de uno Murcia, el director de N7, Nacho Tomás, desentraña cómo campañas institucionales y acciones comerciales consiguen -o no- formar parte del imaginario colectivo de cada celebración.
El análisis arranca en Valencia, donde las Fallas han construido un ecosistema publicitario sólido. El spot institucional apuesta por la emoción, la pólvora y la identidad local, mientras marcas como Ikea o Cerveza Turia han sabido leer el contexto, mensajes cercanos, guiños a la vida fallera y una integración natural que evita la intrusión publicitaria.
En Madrid, San Isidro presenta un modelo distinto. La campaña institucional mantiene un tono castizo y reconocible, mientras firmas como Iberia o Mahou refuerzan su vínculo con la ciudad a través de conceptos como «orgullo madrileño» o «tradición contemporánea». La publicidad no compite con la fiesta, la acompaña, aunque en ocasiones se percibe más estrategia que arraigo.
Pamplona ofrece quizá el ejemplo más icónico. San Fermín ha logrado proyectar una identidad global donde el blanco y rojo es ya un código universal. Marcas como Kukuxumusu han capitalizado ese lenguaje visual con personalidad propia, mientras otras, como Chorizo Palacios, se apoyan en la tradición gastronómica. Aquí la publicidad funciona cuando respeta el rito y amplifica su esencia.
Y Murcia entra en escena con sus Fiestas de Primavera, donde el spot institucional pone el acento en la huerta, el colorido y el sentimiento de pertenencia. En este contexto, firmas como Estrella de Levante -históricamente vinculada al territorio- o iniciativas más recientes como OUIGO, tratan de conectar con un público que vive la fiesta desde dentro. La diferencia la marca la autenticidad: el murciano detecta rápido quién viene a celebrar… y quién solo viene a anunciarse.
