Edgar Bresó, muy buenas tardes. Hoy vamos a hablar de algo que comentamos casi todos los días en el ascensor o al saludar a un vecino: el tiempo.
Siempre se ha dicho que los días grises nos ponen tristes, que el calor nos vuelve irritables o que la primavera la sangre altera. Edgar, ¿esto es un mito o hay ciencia de verdad detrás de cómo nos afecta el clima?
Buenas tardes, Luís. Un placer, como siempre estar aquí contigo y con la audiencia. Efectivamente, el clima no solo determina la ropa que nos ponemos; determina, de forma muy directa, nuestra química cerebral. No estamos en absoluto aislados de nuestro entorno. Somos organismos que reaccionamos por ejemplo, a los cambios de luz, a la temperatura o la presión atmosférica.
Históricamente pensábamos que eran simples "sensaciones", pero hoy en día la neurociencia ha demostrado que el clima actúa como un modulador de nuestro estado de ánimo.
¿Y qué significa exactamente eso de modulador?
Significa, que el clima no determina tu felicidad de forma absoluta ni te obliga a estar triste o alegre, no es una condición indispensable, pero sí funciona como una especie de "regulador de volumen" o un ecualizador de tus emociones. Lógicamente, la causa de estar triste o feliz NO es el clima. Uno puede estar triste independientemente del clima pero lo que hace un modulador es alterar la intensidad, la facilidad o la frecuencia de ciertos estados de ánimo. Así, cuando el clima actúa como modulador positivo (por ejemplo, con una exposición adecuada a la luz solar) se estimula la producción de serotonina. Esto no significa que te vayas a reír a carcajadas solo por ver el sol, sino que tu cerebro se sitúa en un mejor estado mental base, haciendo que te sea más fácil sentirse optimista, con energía o incluso feliz.
De acuerdo, pasemos el filtro de la ciencia. ¿Qué pasa exactamente en nuestra cabeza cuando, por ejemplo, pasamos de un día radiante de sol a una racha de días oscuros y lluviosos?
Todo se reduce a una palabra clave: fotoperíodo (que es la cantidad de luz SOLAR a la que nos exponemos). El cerebro humano es increíblemente sensible a la luz a través de la retina, y esta regula dos neurotransmisores esenciales:
La primera es la Serotonina: Conocida como la hormona de la felicidad.
La luz del sol estimula su producción y menos luz solar se traduce directamente en menores niveles de serotonina, lo que nos hace sentir más apáticos o desanimados.
Y la segunda, la Melatonina: Es la hormona que regula el sueño y los ritmos circadianos. Cuando está oscuro, el cerebro produce más melatonina para indicarnos que es hora de dormir. En los días muy grises o de invierno, producimos un exceso de melatonina durante el día, lo que explica esa sensación de cansancio, pesadez o somnolencia constante.
De hecho, existe un diagnóstico clínico real llamado Trastorno Afectivo Estacional (TAE). No es una simple "tristeza invernal"; es un tipo de depresión que sufren muchas personas de manera cíclica, comenzando en otoño o invierno debido a la drástica reducción de las horas de luz, y que remite de forma natural en primavera.
Interesante. Pero hablemos del otro extremo, Edgar. Porque cuando llega el verano y hace un sol espléndido, se supone que deberíamos estar felicísimos... y, sin embargo, a veces el calor asfixiante saca lo peor de nosotros. ¿Qué dice la psicología sobre el calor extremo?
Ahí tocamos un mito: "El buen tiempo siempre trae buen humor". Eso es falso. El calor moderado y el sol sí aumentan la vitalidad, pero el calor extremo (las olas de calor) tiene un efecto psicológico muy negativo.
Aumento de la hostilidad: Los estudios de psicología social demuestran que con temperaturas extremadamente altas aumentan los niveles de irritabilidad, la agresividad al volante, las discusiones domésticas e incluso las tasas de criminalidad.
Agotamiento orgánico: El cuerpo tiene que hacer un sobreesfuerzo físico enorme para termorregularse (enfriarse). Ese gasto de energía nos deja exhaustos, reduce nuestra tolerancia a la frustración y nos vuelve mucho más irascibles.
Falta de sueño: Si el termómetro no baja de noche, no descansamos. Y un cerebro sin dormir es un cerebro emocionalmente inestable.
¿Y qué hay de eso de que los vientos fuertes "vuelven loca" a la gente? ¿Eso es leyenda urbana?
No del todo, Luís. Hay zonas geográficas donde vientos muy específicos (como la Tramontana en Cataluña o el viento Foehn en los Alpes) están asociados a cambios de conducta. Científicamente se estudia el efecto de la ionización de la atmósfera. Los vientos fuertes y secos cargan el ambiente de iones positivos (que, a pesar de su nombre, son los "malos" para la salud), lo que puede provocar dolores de cabeza, tensión nerviosa y un aumento de la ansiedad en personas meteorosensibles.
Sabiendo entonces que el clima nos “maneja” de esta manera... ¿estamos completamente indefensos? ¿Qué consejos prácticos nos das para que el pronóstico del tiempo no arruine nuestro día?
Para nada estamos indefensos. Al igual que con las adicciones o los sesgos de los que hemos hablado otras veces, todo empieza por percibir y darse cuenta. Aquí van los tres consejos prácticos de nuestra "psicología de andar por casa":
Higiene lumínica inteligente: Si el día es gris o trabajas en interiores, busca la luz aunque sea artificial brillante por la mañana. Y al revés: en los días soleados de invierno, oblígate a salir a caminar al menos 20 minutos a mitad del día. Esa recarga de luz natural es un chute directo de serotonina.
Aceptación emocional del "día de manta": No te castigues si un día de lluvia te sientes con menos energía. El problema es la autoexigencia de querer estar al 100% todos los días del año. Permítete bajar el ritmo; la naturaleza lo hace en invierno, nosotros también podemos.
Ventilación y control térmico: En épocas de calor extremo, prioriza el descanso y la hidratación. Si notas que te estás enfadando más de la cuenta por una tontería, párate, refréscate y sé consciente de que probablemente es tu termostato corporal protestando, no la otra persona.
Edgar. Para cerrar el programa, ¿con qué idea clave nos tenemos que quedar hoy?
Me gustaría que la audiencia se quedara con esta conclusión:
El clima exterior es inevitable, pero el clima interior se puede gestionar. Está bien reconocer que un día gris nos apaga un poco o que el calor nos enciende, porque somos parte de la naturaleza. Pero no olvidemos que el autoconocimiento es nuestro mejor paraguas. Si aprendes a leer lo que tu cuerpo necesita en cada estación, el tiempo atmosférico podrá cambiar tu entorno, pero nunca dictará tu felicidad.
