¿Y si pudiéramos meter el mundo entero en una habitación? Esa era, en cierta manera, la obsesión de algunos aristócratas europeos entre los siglos XVI y XVII. En una nueva entrega de 'Salseo en el Museo', la museóloga Aina Ferrero ha viajado desde Onda Cero Mallorca hasta las llamadas Cámaras de las Maravillas, consideradas las “bisabuelas” de los museos actuales.
Eran habitaciones privadas en las que sus propietarios reunían objetos procedentes de lugares lejanos, piezas arqueológicas, animales, plantas, instrumentos científicos, autómatas y todo aquello que pudiera despertar fascinación. “Cuanto más raro, mejor”, resume Ferrero en el programa 'Más de uno Mallorca'.
La expansión de las rutas comerciales y los viajes europeos hizo llegar a Europa objetos desconocidos que alimentaron la imaginación de los coleccionistas. A ello se sumó el interés por la Antigüedad clásica y por las excavaciones arqueológicas. El resultado eran auténticos universos en miniatura en los que convivían ciencia, magia y mito.
Uno de los grandes protagonistas de estas colecciones era el supuesto cuerno de unicornio. Durante siglos, algunos objetos helicoidales llegados de lugares lejanos fueron considerados como tales, cuando en realidad se trataba del colmillo de un narval.
Pero si hay una pieza que resume el espíritu de estas cámaras es el bezoar: una masa compacta de material no digerido que se forma en el aparato digestivo de algunos animales. Los aristócratas no solo los coleccionaban, sino que les atribuían propiedades protectoras frente a los venenos y algunos llegaron a adornarlos con oro y piedras preciosas.
También se confundieron dientes fósiles de tiburón con lenguas de serpiente y se reunieron instrumentos como astrolabios, autómatas y otros objetos científicos. Ferrero explica que estas colecciones reflejaban una época en la que “ciencia, magia y mito se reunían” en un mismo espacio. Y la tradición de las Cámaras de las Maravillas tiene también su particular versión en Mallorca: el Museo del Calzado y de la Industria de Inca, donde una cámara vinculada al mundo del calzado reúne zapatos gigantes, diminutos, de payaso, miniaturas y piezas artísticas.
Una historia que demuestra que, mucho antes de los museos tal y como hoy los conocemos, la curiosidad ya era una poderosa forma de coleccionar el mundo.
