¿Quién hizo realmente el famoso urinario de Duchamp? Esta es una de las preguntas que Aina Ferrero ha puesto esta semana sobre la mesa en ‘Salseo en el Museo’ de ‘Más de Uno Mallorca’, en una entrega dedicada a una de las obras más provocadoras y controvertidas de la historia del arte contemporáneo: Fuente, presentada en 1917.
Para entender la importancia de aquel urinario hay que viajar hasta comienzos del siglo XX. Marcel Duchamp formaba parte de la Sociedad de Artistas Independientes, un colectivo que cuestionaba el sistema artístico de la época y, especialmente, la idea de que el arte tenía que ser necesariamente bello o producir placer estético. En plena Primera Guerra Mundial, aquellos artistas también se rebelaban contra el mercado del arte y contra lo que consideraban un sistema excesivamente elitista.
La provocación de Duchamp fue poner a prueba esa supuesta libertad. “Vamos a ver si somos realmente tan originales y si somos tan justos y tan abiertos de mente”, explica Ferrero que debió pensar el artista. Duchamp acudió a una ferretería de Nueva York, compró un urinario, lo giró, lo firmó con el nombre de R. Mutt, lo bautizó como Fuente y lo envió a la exposición de los independientes. Las reglas establecían que no habría selección previa de las obras, pero sus compañeros terminaron rechazándolo y la pieza ni siquiera llegó a exponerse.
El original, además, no existe. Fue destruido y lo que se conserva es una fotografía realizada por Alfred Stieglitz en 1917, a partir de la cual se realizaron posteriormente numerosas copias que hoy pueden encontrarse en museos de distintos países.
La historia, sin embargo, da un giro todavía más inesperado: ¿y si ni siquiera fue Duchamp quien envió el urinario? Una carta escrita por el propio artista a su hermana abrió las dudas sobre la autoría. Entre las posibles responsables aparece la artista Elsa von Freytag-Loringhoven, además de Louise Norton, amiga cercana de Duchamp. Ferrero plantea incluso una tercera posibilidad relacionada con el alter ego femenino que Duchamp utilizó en aquella época, Rrose Sélavy.
Aina Ferrero no pretende resolver el misterio, sino dejar que cada uno saque sus propias conclusiones: “Lo bueno es que pueden ser las tres y que cada uno se lo imagine”, asegura. Porque, como recuerda la museóloga, “lo fantástico del arte es que crea más preguntas que respuestas”.
Y aunque el original desapareció hace más de un siglo, sí podemos encontrar copias de Fuente en museos como el Pompidou de París, la Tate Modern de Londres, o en ciudades como Milán, Kioto, Filadelfia, San Francisco o Estocolmo. Es una historia más que contamos en la radio y que demuestra que detrás de una obra aparentemente sencilla puede esconderse todo un mundo de provocación, dudas y, por supuesto, mucho salseo en el museo.
