Madrugo para hablarte de algo que ya has escuchado, al presidente de la Federación de Marruecos afirmando que la final del Mundial 2030 se va a jugar en Casablanca.
Después del primer sobresalto por las alertas que inundaron la pantalla de mi móvil, pude volver a sentarme en la silla tranquilo al confirmar que no era más que la enésima fanfarronada de un país que aspira a celebrar el partido más importante del evento más importante del mundo del deporte. Y que FIFA salió pronto a desmentir que la decisión sobre la sede esté tomada.
No es un secreto que para Marruecos es un cuestión de Estado organizar ese partido y presume de la construcción de un estadio con capacidad para más de 100.000 personas que estará terminado a finales de 2027, pero es importante el contexto. El presidente de la Federación marroquí lo dijo en un acto de campaña electoral, ante un reducido número de personas y como el presidente Louzán lo dijo aquí en España hace algunos meses: en realidad es un deseo, que por el tono parece transformarse en un anuncio.
Pero tampoco podemos obviar que quién lo dice no es cualquiera. Es el presidente del fútbol marroquí que, a la vez, es ministro del Gobierno. Y no veas a Infantino, el presidente de FIFA, como un dirigente deportivo, sino como un político.
Atraviesa su peor momento y ha perdido apoyos para su futura reelección, por tanto hay que entender la dimensión política de todo esto. Marruecos se ha convertido en uno de sus principales aliados y Rabat acogerá el próximo Congreso donde se votará su reelección. Si el precio por seguir en el sillón presidencial es ceder con Marruecos, deberíamos empezar a pensar que lo que diga un ministro marroquí es algo más que un comentario de barra de bar.
