Madrugo para reivindicar la historia de los que parece que pasan por la vida sin hacer ruido y en silencio compiten y triunfan entre trasatlánticos mediáticos.
Me refiero a que, en esta campaña por recordar los méritos de cada uno en la pelea por lograr el Balón de Oro, Lamine Yamal y Kylian Mbappé han olvidado al resto y lo han convertido en un cara a cara que seguramente les interese para reducir a dos las opciones de los votantes, pero hay más.
Y yo quiero reivindicar a Fabián Ruiz, que ayer estuvo en Radioestadio Noche, y que la temporada pasada fue campeón de todo. Ganó la liga francesa, ganó la Champions con Luis Enrique, y ganó la Copa del Mundo con España.
Su historia se construyó desde el pueblo de Los Palacios, una población al sur de Sevilla, a una media hora en coche de la capital hispalense. Si en Aguilar de Campoo fabrican galletas, en Los Palacios fabrican futbolistas campeones del mundo. Allí nacieron Fabián Ruiz, Gavi y también Jesús Navas, que lo fue en 2010.
Fabián Ruiz representa esa historia de esfuerzo de muchas madres y padres que pasan horas en la carretera con la lengua fuera después del trabajo para que sus hijos puedan cumplir un sueño. Y cuando Fabián tenía ocho años el sueño no era llegar a Primera, era jugar. Cuando el niño creció y vieron la progresión que tenía y las dificultades de su madre para seguir llevándolo a entrenar, el Betis decidió contratar a su madre, que cada mañana limpiaba en la ciudad deportiva.
Fabián se fue después al Nápoles porque Davide Ancelotti convenció a su padre para que pagara por él 30 millones de euros. Y ahí explotó. Lo demás, en el PSG y la selección, ya es más conocido. Fabián es uno de los nuestros porque podríamos ser uno de nosotros. De esa selección que cohesionó España durante 40 días, los que duró el Mundial. Después, despertamos del sueño y volvimos a las trincheras.
