¿Tendrían que vender los de Amazon una maquinita capaz de medir el complejo de cada uno de nosotros? Porque el deporte lastra de lo lindo y, si logra regatearlo y superarlo, lo bueno que consigue se saborea de una manera muy especial.
Ejemplo humeante, el Atlético de Madrid, seis horas de liderazgo el pasado sábado, adornado de una forma de llegar y culminar que eleva la capacidad onírica de un buen puñado de sus aficionados. Porque el gol de Juliano Simeone ejemplifica un juego de recuperación y toque; porque salta a las retinas el nivel de la plantilla y sus capacidades; porque la resignación a ser tercero per se, mirando siempre al talonario como referencia, no debería ser la norma.
Si tienes a Álex Baena, a Pablo Barrios, a este Griezmann, a Oblak, con reflejos gatunos renovados, pues tienes que dejarte los codos para luchar a piñón partido por mirar a los ojos al Barça y al Madrid.
Precisamente, la capital es primordial en lo que tiene a tiro Marc Márquez. No hay evidencia científica de lo que voy a decir, pero ni tengo fe ni vergüenza. El cambio de aire, de perspectivas, de hábitos, todo ello ha sido una suma de factores que agilizó su recuperación y le ayudó a reinventarse para volver a pilotar con destreza.
Márquez acaricia su décimo título tras vencer en Sepang y traspasear la bandera española con el pertinente crespón negro, sin esconderla como en otros años, con orgullo patrio. Lo he dicho: sin complejos, Rafa.

