Amanezco hoy con ganas de reflexionar sobre la paciencia y sus diferentes formulaciones. Y lo hago con 2 nombres propios en la semana como el de Fernando Alonso y Álvaro Arbeloa. El piloto asturiano ya no es ese irreductible guaje malcarado que no sabía torear la adversidad. Ahora respira pausado mientras su cuerpo asimila 40 pulsaciones acercándose al nirvana.
Empieza el mundial en Australia y otra vez su coche no está preparado para competir y sacar su mejor versión. Otra vez discrepancias entre la escudería y los proveedores. Otra vez la ingeniería no se pone a su altura y él… a llenar su depósito de espera para soñar la mejora. El motor Honda hace vibrar el monoplaza y su diseñador dice que eso pone en serio riesgo la salud de los pilotos. Alonso, sin pestañear, contradice al mandamás sin arrugar la frente: "si es para ganar, aguantaríamos las vibraciones 3 horas".
En el caso del entrenador del Real Madrid la paciencia es para con él y su indefinición en los campos decisivos. Se ha esperado su pizarra, sus flechas, sus variantes, sus interpretaciones, sus influencias en el juego, sus elecciones, sus explicaciones. Y la verdad es que las conclusiones son paupérrimas y el balance general, de suspenso. Es evidente que ser un jugador notable no te lleva a ser un entrenador sobresaliente. Y que pasar la mano por el lomo al vestuario en señal de confianza cada mañana, no alcanza en la alta competición.
El bicampeón de F1 es paciente porque intuye que al final la suma de talentos dará un saldo positivo por todo lo que hay en juego. Por el contrario, el madridista medio ya no disimula su incomodidad con el patrón del Bernabéu porque si la llegada era arbitraria y arriesgada, con el tiempo y los hechos, asume que perseverar te dejará la vitrina intacta. "No venís optimistas hoy", espetó ayer Arbeloa a la prensa. Qué tierna es la inocencia.

