Todo comenzó con un gesto improvisado, casi instintivo, en un pasillo universitario aún marcado por la sangre.
El asesinato a manos de ETA del profesor Tomás y Valiente en 1996 no solo sacudió a la comunidad académica, sino que desbordó algo más profundo: una indignación colectiva que llevaba tiempo acumulándose. De esa rabia contenida surgió una idea sencilla —pintarse las manos de blanco— que, sin planificación ni estructura, se convirtió en un símbolo inmediato. Fue una respuesta espontánea de una generación que decidió salir del silencio y decir “hasta aquí” en un momento en que el miedo había condicionado durante años la vida pública en España.
Aquel gesto creció con una rapidez inesperada hasta transformarse en un movimiento cívico sin precedentes. Miles de personas se sumaron en silencio, sin siglas ni banderas, unidas por una misma voluntad: plantar cara a la violencia de ETA desde la sociedad civil. Las manos blancas representaron algo más que una protesta; fueron el inicio de un cambio de conciencia colectiva, una demostración de que la unidad podía romper la inercia del miedo. Durante unos días, España entera caminó en la misma dirección, y ese impulso —sencillo pero poderoso— marcó un antes y un después en la respuesta social frente al terrorismo de ETA.
Adrián González fue quien se pintó las manos blancas por primera vez, ahora, con la distancia que da el tiempo, lo tiene claro: "Pienso que respondimos con sentido común"
