La niebla envuelve Urda en la mañana siguiente al accidente ferroviario. En este municipio toledano, de unos 2.000 habitantes, la tragedia ha alterado para siempre la rutina de sus vecinos. A ocho kilómetros del pueblo, junto a las vías del AVE, decenas de personas vivieron una jornada que difícilmente podrán olvidar. En la segunda parte de Más de uno, con Carlos Alsina, quienes acudieron a auxiliar a los pasajeros reconstruyen las horas de angustia, las escenas que encontraron y una noche en la que el sueño no consiguió borrar lo vivido.
Tamara se enteró del accidente y se dirigió en coche con un amigo hacia el lugar del siniestro. Lo que encontró allí quedó grabado en su memoria. "La peor pesadilla que yo pude vivir", resume. Después lo describe con otras palabras: "Un escenario de película, un escenario fatídico".
Sin formación sanitaria, se quedó para ayudar a los pasajeros y colaborar con los equipos de emergencia. Una de sus tareas fue preguntar a los supervivientes sus nombres y pedirles un teléfono al que llamar para comunicar a sus familiares que seguían vivos.
En medio del caos, Tamara marcaba los números que le daban los viajeros y trataba de tranquilizar a quienes respondían al otro lado de la línea. Para aquellas familias, recibir la noticia de que su ser querido había sobrevivido suponía un primer alivio entre tanta incertidumbre.
Regresó a casa de madrugada. Se acostó a las cuatro y a las seis ya estaba despierta. Había visto demasiado, y sabía que necesitaría tiempo para asimilarlo.
Maletas, llamadas y abrazos
Yoli llevaba apenas unos días viviendo en Urda cuando supo lo ocurrido. Cogió el coche y se acercó al lugar del accidente para ofrecer ayuda. Cuando se solicitaron vehículos para trasladar a los afectados, comenzó a llevar pasajeros.
Entre quienes transportó había personas que lloraban, otras que miraban el móvil sin saber qué hacer y una mujer con un fuerte golpe en el pecho que gritaba de dolor. Yoli pidió asistencia médica y la llevó al centro de salud.
Pero hubo una imagen que no pudo olvidar: los pasajeros abrazados a sus maletas y sus bolsos.
Aquellas personas habían subido al tren con sus planes y sus pertenencias, como cualquier otro día. De pronto, todo había cambiado. Mientras los vecinos les ofrecían ayuda, algunos se aferraban a sus equipajes como si fueran lo único familiar que les quedaba.
La solidaridad desbordó las calles de Urda. Llegaron vecinos de localidades cercanas, comida, agua y material sanitario. En el polideportivo, convertido en punto de atención y acogida, cada persona intentaba contribuir con lo que tenía.
Charo fue una de ellas. Estaba tomando café con sus amigas cuando recibió la noticia. Al llegar al pabellón, encontró una mesa con material sanitario y empezó a preparar gasas. Permaneció allí alrededor de doce horas, colaborando en lo que necesitaban los profesionales y atendiendo a los afectados.
La dimensión de lo que estaba ocurriendo terminó imponiéndose sobre todos. "Aquello ya no era un accidente. Era una catástrofe", recuerda.
Charo aguantó hasta que dejó de ser necesaria su presencia. Después llegó el agotamiento, pero también la dificultad de desconectar. Durmió mal, se despertó varias veces y consultó el teléfono para seguir las noticias. Lo que había visto no desaparecía al cerrar los ojos.
El silencio antes de las sirenas
Alejo había salido a montar en bicicleta cuando escuchó un golpe seco cerca de las vías. Dio la vuelta y regresó para averiguar qué había pasado. Al llegar, encontró humo, vehículos destrozados y pasajeros que empezaban a salir de los trenes. Pero lo que recuerda con especial intensidad es el silencio de los primeros momentos, antes de que llegaran masivamente los equipos de emergencia.
Junto con un trabajador de una finca cercana, ayudó a cortar la valla que impedía el acceso y facilitó la entrada de ambulancias y otros vehículos de emergencia. En pocos minutos, la zona se llenó de sanitarios, policías y helicópteros.
También llegaron vecinos dispuestos a trasladar a los heridos en sus propios coches.
Alejo evitó acercarse a algunas de las escenas más duras. Sabía que aquellas imágenes podían perseguirlo durante mucho tiempo. No se equivocaba: aquella noche durmió mal.
"No hay palabras para todo esto"
Mientras unos vecinos ayudaban junto a las vías, otros atendían a los pasajeros en el polideportivo. Sebas, mujer de Francisco, se encontró allí con personas desorientadas, familias angustiadas y supervivientes incapaces de comprender lo que acababan de vivir.
Recuerda a dos jóvenes extranjeras que no entendían lo que les decía. No compartían idioma, pero sí pudieron entenderse a través de un gesto: les tendió la mano y ellas se la cogieron.
"No hay palabras para todo esto", explica al recordar aquella jornada.
Entre las escenas que presenció destaca la de una madre que repetía desesperadamente: "Mi hija, mi hija, mi hija". No sabía dónde estaba la joven ni si había sobrevivido. Sebas no podía darle una respuesta, pero podía quedarse a su lado y abrazarla.
En otras ocasiones, ayudar consistía en algo tan sencillo y tan necesario como ofrecer un teléfono. Un vecino puso el suyo a disposición de dos jóvenes extranjeras que estaban solas y no conocían a nadie en la zona. Incluso les ofreció la posibilidad de quedarse en su casa.
En aquellas horas, la solidaridad no entendía de procedencias ni de idiomas. A veces bastaban un coche, una llamada o un abrazo para que alguien no se sintiera completamente solo.
Una noche imposible de olvidar
A la mañana siguiente, Urda intentaba recuperar la normalidad, aunque para quienes habían estado en el lugar del accidente resultaba difícil dejar atrás lo ocurrido. Tamara apenas había dormido. Charo seguía pendiente de las noticias. Sebas se preguntaba qué habría sido de los pasajeros a los que había acompañado.
También persistía la angustia de las familias que esperaban noticias de sus seres queridos. El balance comunicado aquella mañana era de 69 fallecidos, mientras continuaban las labores de emergencia y la incertidumbre sobre el alcance definitivo de la tragedia.
Para los vecinos, las cifras no podían resumir lo que habían vivido: los vagones destrozados, los heridos que llegaban sin descanso y las personas que buscaban desesperadamente a sus familiares. Charo expresó, además, el miedo que el accidente había despertado: quería poder viajar en tren, avión o coche sin temor a que sucediera algo semejante.
Cada voluntario se llevó consigo una imagen distinta: el silencio que encontró Alejo, las llamadas de Tamara a familiares angustiados, los pasajeros abrazados a sus maletas que trasladó Yoli o aquella madre que repetía el nombre de su hija entre lágrimas.
Todos compartían, sin embargo, una misma experiencia. Acudieron sin saber qué iban a encontrar ni cómo podrían ayudar. No todos eran profesionales de las emergencias, pero todos sintieron que debían hacer algo.
Urda tendrá que convivir con los recuerdos y las preguntas que dejó la tragedia. Pero también con la certeza de que, en las horas más difíciles, sus vecinos respondieron ofreciendo sus coches, sus manos, sus teléfonos y su compañía.
Porque, en medio de una catástrofe, a veces no es posible reparar el daño ni encontrar las palabras adecuadas. Solo queda acompañar, ayudar y tratar de aliviar el sufrimiento de quien tenemos delante. Y, como demostraron los vecinos de Urda, eso también es mucho.

