Seguro que cada uno lo sabe pero se niega a asumirlo: todo hincha futbolero cree que su equipo es único y especial. Que el sentimiento que le nace de las entrañas, es imposible que brote de igual manera en otro estómago. Como cuando te rechupeteas con el cocido de tu madre, crees que nadie lo puede vivir como tú y te sientes… Excepcional.
Entre ellos destacan sobremanera los béticos. Seguidores con 120 años de historias en sus espaldas con más piedras que joyas. Del Campo de las Tablas Verdes al sonoro Villamarín en las que tantas veces vociferó Lopera, uno de esos hombres con duende que, sin saberlo, instauró un populismo legendario para mirarle a los ojos a un vecino siempre más alto y con mejor dote. Capaz de aceptar que uno de sus fieles llevara en un brik de leche las cenizas de su padre para poder esparcirlas por el estadio. Genio y figura. Con la ética distraída también.
Muchos nombres grabados en sus vitrinas, como Esnaola, Cardeñosa, Gordillo, Alfonso, Joaquín, aunque yo esta mañana me acuerdo mucho de Gabino Rodríguez, uno de esos peloteros de vértigo a los que la fama en los ochenta le hacía vivir los excesos con balón y sin él. Generoso hasta arruinarse. De sacarse la mugre de las uñas tras deslomarse cogiendo cebollas, a comentar en la radio el juego que su Betis desplegaba sobre el tapete verde.
Gabi sigue siendo en la sesentena lenguaraz, carnal, vulnerable, melancólico, siempre dispuesto a vivir cada día como si fuese el último. Un genio de edad irreversible que maduró ya con arrugas en el alma acompasado por el silencio estruendoso de sus hijos mayores, a los que el estrellato con botas no le permitió acunar. Hoy ayuda a fabricar pasteles, que dulce.
Como todo lo de anoche. Con miles de corazones verdiblancos viviendo acompasados un partido de esos que no olvidaran en generaciones. Por fin disputarán su primera final continental. Habemus somnia.
