Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar, recoger datos estadísticos y mostrarle publicidad relevante. Si continúa navegando, está aceptando su uso. Puede obtener más información o cambiar la configuración en política de cookies.

Disfruta de la app de Onda Cero en tu móvil.

EL MONÓLOGO DE ALSINA

Recuerdos del día de San Valentín

Les voy a decir una cosa.

No es por aguar la glucosa del día de San Valentín, pero este día de exaltación del amor (o del enamoramiento) se recuerda, en la historia, básicamente por dos cosas: porque tal día como hoy, de hace un año, Oscar Pistorius mató a tiros a su novia -en vísperas de la celebración del juicio hoy hay dicho que fue un accidente para el que no tiene palabras-, y porque hace ochenta y cinco años Al Capone se cargó (por persona interpuesta) a siete miembros de la banda de Bugs Morán, alzándose, así, con el liderazgo indiscutido de la mafia de Chicago y convirtiendo el almacén de la compañía Cartage en atracción para turistas.

Carlos Alsina | @carlos__alsina  | Madrid | 14/02/2014

José Ignacio Wert ante los medios de comunicación en la Moncloa

José Ignacio Wert ante los medios de comunicación en la Moncloa / EFE

Ésta es, al menos, la versión que quedó para la historia, que fue Al Capone, aunque, en rigor, nunca se investigó del todo ninguna otra hipótesis. Si es creíble que fue Capone, pues que sea Capone. Desde entonces ha figurado así en las efemérides: “La matanza del día de San Valentín”, que era, por cierto, mejor película que “Vuelve San Valentín”, la cinta española que fue secuela de “El día de los enamorados”.

Para las efemérides ha quedado también que aquel día de hace ochenta y cinco años ocurrió otra cosa que se recuerda bastante menos que el crimen múltiple, y que ha salido también mucho menos en el cine-, pero que acabaría siendo infinitamente más relevante. Dice la leyenda que mientras los hombres de Capone acribillaban a los de Moran en Chicago, un cirujano inglés que trabajaba en el laboratorio del hospital Santa María de Londres estaba ordenando un poco su mesa de trabajo -que era lo más parecido que había en ese hospital a la habitación de un adolescente, puro desorden- cuando se percató de que en una de las placas con cultivo de estafilococos (bacterias) se había desarrollado un hongo que, aparentemente, las mataba. Guau.

El médico aquel, por supuesto, se llamaba Alexander Fleming, era mucho menos conocido que Al Capone (es posible que hoy lo siga siendo) y acababa de protagonizar un ejemplo histórico de serendipia, el hallazgo feliz que se produce por azar cuando uno, en realidad, estaba esperando otra cosa. Aunque para la historia ha quedado que el hongo se le apareció Fleming el día de San Valentín de 1929, en realidad fue en otoño del año anterior cuando sucedió. Y aunque otra versión de la misma historia dice que fue el día de San Valentín cuando Fleming publicó su descubrimiento en la Revista Británica de Patología Experimental -una publicación que leía, la verdad, muy poca gente- tampoco parece que fuera así, porque la fecha del artículo dice claramente “mayo”.

Nadie sabe de dónde surgió la idea de que fue el 14 de febrero cuando Fleming descubrió la penicilina -si acaso de que el día anterior, el 13, ofreció una charla en el club de investigación médica de Londres-, pero la errónea datación del trascendental descubrimiento ha permitido que desde entonces se haya repetido este recurso fácil de presentar la penicilina como el fruto del enamoramiento de Alexander Fleming por la ciencia. Si se te pone a tiro una imagen tan dulce como ésa, qué necesidad tienes de resistirte. El mejor regalo de San Valentín se lo hizo Fleming a la Humanidad entera. Frase de almanaque para celebrar el comienzo -no hace ni un siglo que cambió el curso de la medicina moderna- de la era de los antibióticos.

Lo de San Valentín, qué quieren, se presta a interpretar en clave de relaciones -de amores y desamores- las noticias de un día como éste. Es posible que lo de Enrico Letta eliminado sin contemplaciones por el nuevo capo del Partido Democrático en Italia, Mateo Renzi, tenga más de encerrona a lo almacén de Chicago que de desegaño amoroso (entre estos dos nunca ha habido química y jefe, como bien sabe Cospedal, sólo puede haber uno). Un día estás en la cresta de la ola y al siguiente le estás presentando tu dimisión a Giorgio Napolitano.

Pero quién se resiste a contemplar hoy a José Ignacio Wert, y su nueva ley (o futura ley) de propiedad intelectual como el intento de consolidar una relación de afecto mutuo entre su ministerio y esa parte del llamado mundo de la cultura que crea, produce y distribuye bienes (productos) como música, películas o libros y que se encuentran con esos productos suyos los distribuyen por la red otros que no tienen los derechos de distribución y que, como vienen denunciando autores y distribuidores, les están causando a ellos un perjuicio.

Aunque el gobierno ha sido, sin duda, sensible a la petición reiterada de la industria para endurecer la ley que protege la propiedad intelectual, no es un secreto que quien más presión ha metido al actual y el anterior gobierno para que hiciera reformas en esa línea es el gobierno de los Estados Unidos, que sigue considerando nuestra legislación como muy blanda en la persecución tanto de la piratería -que es subir a la red un producto cuyos derechos no posees- como las descargas -que es bajártelo, y que en España no está penalizado-.

La norma que propone el ministro Wert (en fase aún de anteproyecto) aumentará el castigo a quienes alojen productos cuyos derechos no poseen (los almacenes digitales, servidores), y también a las llamadas webs de enlaces, las que publican los links que conducen a esos servidores. También a quienes se anuncien en esas webs o a los intermediarios de pago, las empresas que ofrecen descarga premium a los usuarios que se abonen. Esto ya estaba en la ley Sinde que el gobierno Zapatero dejó sin aprobar en víspera de elecciones y que remató el nuevo ministro. Pero se añade ahora la posibilidad de que el perjudicado recurra a la vía civil para indentificar y reclamar a los infractores.

De salir la ley adelante, los buscadores de internet tendrán que pagar por usar contenidos con derechos de autor. Buscadores como Google , o sobre todo Google, empresas que hacen negocio cuando el usuario pone allí qué está buscando y le sale una ristra de enlaces con páginas web, junto a un fragmento de esas páginas. Ésta es la parte por la que han batallado los editores de prensa. La tasa Google. El pago de una cantidad que beneficie a los generadores de esas noticias, los diarios.

Los sectores afectados por esta reforma aún en fase de borrador –la industria— celebra que se dén pasos en la dirección que viene reclamando aunque les sigue pareciendo insuficiente para acabar con la piratería. Habiéndose presentado el anteproyecto un 14 de febrero, al ministro Wert no le importaría que se contemplara esta ley como penicilina contra la infección de la que se duele la industria editorial y audiovisual, la cura por la que vienen suspirando. Y tampoco le importaría que la Academia del Cine diera hoy señales de vida. El domingo dijo González Macho, el presidente de la asociación, que les habían prometido una nueva ley de propiedad intelectual pero no terminaba de aprobarse nunca. Hoy ha empezado la recta final para ese cambio de norma.