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opinión

Monólogo de Alsina: "Vamos a tener que reinventarnos todos, reconstruirnos cada noche, al final del día, para poder resurgir cada mañana"

Diario de la pandemia. 16 de marzo. Ya queda un día menos para dejar todo esto atrás.

Carlos Alsina
  Madrid | 16/03/2020

Me gusta lo de los aplausos. No sé de quién fue la idea, y creo que por eso me gusta más.

Sé que a los médicos y los enfermeros (y los celadores, y los limpiadores, y los administrativos de los hospitales) les sirve de aliento. Un país que, al acabar la jornada, agradece el esfuerzo de aquellos cuya jornada no se acaba nunca.

He pensado en los residentes. Los contratados de urgencia. Los que no habían obtenido plaza. Convocados todos por el gobierno a prestar servicio en un hospital.

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He pensado en los enfermeros que llevan poco tiempo trabajando, estrenándose casi con una crisis de salud internacional. Acumulan ya tanta experiencia como si llevaran ahí diez años.

Alguien ha propuesto que el aplauso se haga extensivo a las cajeras de los supermercados y a los reponedores. Yo añado a los camioneros. Sin transporte no hay abastecimiento. A los repartidores. A los agricultores y ganaderos. Qué lejos vemos ahora vuestras manifestaciones. Todo cambiando. Y todo poniéndose peor.

No me gustó leer que habrá veinte mil afectados al final de esta semana sólo en Madrid. No me gustó, pero prefiero saberlo. Mejor saber lo que viene. Estoy con el alcalde Almeida en que a la sociedad hay que decirle la verdad. Sobre todo si la verdad de mañana va a ser más dura que la que ya tenemos hoy. Y así durante no sabemos cuántos días.

Celebro que se diera cuenta de que los sin techo no tienen casa en la que confinarse. O los solicitantes de asilo. Y que su idea de habilitar un hotel para que puedan refugiarse haya sido abrazada por el gobierno para extenderla a otras ciudades. Escuché anoche a Margarita Robles decir que para eso también está el Ejército. Para prestar ayuda a quien no tiene casa en la que estar.

He visto el vídeo del policía de Salamanca que abronca a un ciudadano que se resiste a dejar la calle y volverse a casa. He comprendido la incredulidad del policía cuando el vecino se le pone farruco.

Algún día tendremos que volver sobre esto y preguntarnos por qué hace falta que nos obliguen a protegernos de un riesgo cierto. Por qué si no nos multan no nos ponemos el cinturón de seguridad.

Alguien me ha dicho que en una crisis como ésta aflora todo lo que en verdad somos. Lo que cada uno lleva dentro. Nos desnuda, me dijo. Hay gobernantes locales, o regionales, o nacionales que crecen a golpe de hechos y decisiones. Hay otros que menguan, encanijados por su propia verborrea y su descubierta inanidad.

Anoto en el diario que quienes gobiernan son personas tan perplejas, tan atónitas, tan desbordadas como podemos estar los demás. En ellas conviene que se note poco. Se requiere un plus de determinación en la adversidad.

He oído a los cuatro ministros sobre los que descansa el peso de las decisiones más relevantes. La contratación de médicos. El despliegue del ejército. La desinfección de los transportes públicos. La actuación policial. Percibí entre ellos cuatro anoche una especie de hermandad. Dos jueces, un maestro de primaria y un filósofo.

La presión de acertar. Con el reloj en marcha. Y la curva que aún está lejos de dejarse aplanar. Sé que los cuatro pondrán lo mejor de sí mismos en la tarea.

Sólo les pido que dejen de decir que 'el virus no distingue ideologías'. Es una obviedad innecesaria. Sólo da idea de hasta qué punto está ideologizada la vida pública española, como si todos los asuntos fueran ideológicos y hubiera que explicar que un virus no lo es. No es el coronavirus la única enfermedad de la que deberíamos librarnos entre todos.

[[LINK:INTERNO|||Audio|||5e6e390e7ed1a88175295b3b|||Torra –-siempre Torra— ha salido a bufar contra el gobierno por decretar un estado]] de alarma que contiene, como cualquier estado de alarma, la facultad del gobierno para hacer cosas. Ha dicho esta frase: 'la Constitucion no es un fármaco.

Pienso para mí que está en su naturaleza, la de Torra, ser como el escorpión. Que incluso en éstas en las que estamos no puede dejar de picar. La obsesión por la Constitución y por desmontarla.

Leo otra frase. Ésta, de Clara Ponsatí. Hace un tuit sobre la cantidad de enfermos y muertos que hay en Madrid. Escribe: 'De Madrid al cielo'. Qué graciosa es usted, señora. Concluyo que la miseria moral anida también en profesoras arrogantes. Puigdemont se lo ha retuiteado. Este es el nivel. De indigencia.

Espero que a quien pretenda anteponer ahora la identidad territorial, o el celo por sus competencias, al desafío que tenemos planteado se lo trague el desagüe de la Historia y quedará como lo que es, un estorbo. No es tiempo de insolventes, ni de miopes, ni de idiotas.

Anoto en el diario que no sé, si en las presentes circunstancias, le importará a alguien la crisis familiar que se ha abierto en la Zarzuela. No por el virus de Wuhan sino por el virus de las comisiones bajo cuerda del rey de antes. Como antes sucedió con Urdangarín, el rey Felipe ha emitido sentencia sin esperar a tribunal alguno y ha declarado a su padre culpable. Le deja sin sueldo oficial y renuncia a la herencia. Muy sucia debe de verla para borrarse.

Apunto lo del rey en el diario. Y añado que sorprende su ausencia, ni una palabra sobre la situación de emergencia que vive el país. Tendrá sus motivos el monarca. Los tendrá, pero yo no los alcanzo a ver.

Miro atrás y pienso quien esté libre del pecado de haber minusvalorado la epidemia debería abstenerse de tirar piedras.

Me dijo un oyente el sábado: qué error cometió usted al relativizar el impacto en China. Y primero se lo discutí, pero luego concluí que es verdad. En aquellos primeros días poníamos cada mañana en contexto el dato de contagiados con el total de la población: 3000 contagiados, decíamos, para un país de 1.300 millones de chinos. Y fue un error. El problema nunca fue el porcentaje sobre la población total. El problema fue la velocidad a la que crecía la epidemia. Ahora entendemos que se construyera un hospital entero de con urgencia. Ahora entendemos muchas cosas que han dejado de sonarnos a chino.

El viernes, mientras hacíamos el programa, recibí un whatsapp. Personal. Una nota de voz de MariÁngeles que me contaba que su suegra acababa de fallecer, cinco días después de ingresar por el coronavirus. Estamos en cuarentena, me decía, con síntomas leves. Decid, por favor, que esto es muy contagioso y que hay que tomarse en serio lo de no salir, no exponerse, no frivolizar.

Me he dado cuenta de que a los fallecidos los hemos reducido a un número, cuántos llevamos. Y a sus familias, a hombres y mujeres invisibles. No aparecen en la estadística, pero ahí están, organizando un entierro a la vez que se recluyen y sabiendo que hasta que todo pase ya no habrá funeral. Me he dado cuenta pero no sé cómo arreglarlo. Cómo hablar del desgarro que ya existe en trescientas familias españolas cuando la realidad nos atropella y las novedades se agolpan.

Y a la vez sé que la radio no puede perder el humor. Hay que dejar su tiempo a la broma, al desahogo, a hacer guasa sobre nosotros mismos porque eso forma parte también de la terapia que nos estamos aplicando todos.

Creo que vamos a tener que reinventarnos todos. Reconstruirnos cada noche, al final del día, para poder resurgir cada mañana.

Creo que mientras dure la pandemia vamos a necesitar un himno. Un himno de programa. Que recorra el hilo invisible que nos une en este instante a todos. Los que estamos aquí, contando cosas, que somos pocos; los que estáis ahí, escuchándolas, que sois bastante más. Acompañándonos todos.

Intuyo que van a ser semanas de mucha información –es verdad--, de divulgación, de reflexión, pero, sobre todo, de compañía. Hacernos más compañía que nunca en la radio ahora que, paradójicamente, estamos más alejados.

Van a ser días más de comunión que de repartir... Sí, voy a decirlo: días de estar en comunión más que de repartir hostias.

Necesitamos un himno que nos haga creer que el cielo es siempre azul y el sol brilla alegremente. Que todo está tranquilo, los ancianos están bien y que los jóvenes tienen la oportunidad de crecer deprisa.

Y pensando en cuál podría ser el himno, he reparado en la canción más pegadiza que suena cada día, desde hace cinco años, en este programa. Si usted aún no la conoce es que no nos sintoniza antes de las siete de la mañana. Hoy, y desde hoy, se la voy a poner a esta hora. Hasta que todo esto pase. En tres días ya verá como se descubre a usted mismo canturreándola. No se corte y súmese cada mañana al coro. De este himno que, en italiano por cierto, dice 'pretendamos que todo va bien'.

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