Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar, recoger datos estadísticos y mostrarle publicidad relevante. Si continúa navegando, está aceptando su uso. Puede obtener más información o cambiar la configuración en política de cookies.

Disfruta de la app de Onda Cero en tu móvil.

OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Mas inoculó el virus y luego, Puigdemont y Junqueras se miraban al espejo y veían a un par de listos muy listos"

El virus lo inoculó Artur Mas. El arquitecto del procés. El autor intelectual. El profeta que puso en circulación aquello de las estructuras de Estado.

Carlos Alsina | @carlos__alsina | Madrid
| 20/03/2019

Cataluña debía dotarse de estructuras de Estado. Es decir, crear su propia Agencia Tributaria, su ministerio de Exteriores y su legalidad también propia. Una ficción jurídica que permitiera embaucar al personal con la milonga de que todo lo que se hacía para alcanzar la desconexión (aún se le llamaba independencia) era perfectamente legal. Las leyes de la desconexión, la Transición Nacional, la Constitución catalana, en fin, todas aquellas máscaras de cartón piedra. El virus que inoculó Artur Mas se llamó astucia. Sólo había que ser más listo, más osado y más calculador que el perezoso Estado español para tirar hacia adelante la gran mascarada. Astucia. El rey Artur reclamaba para sí el sobrenombre de rey Astut porque siempre iba dos pasos por delante. Anticipándose a los movimientos del gobierno central y cambiándole el nombre a las cosas para que la ley no pudiera alcanzarle. Su referéndum se llamó proceso participativo. Y naturalmente no lo organizó él —no qué va—, lo organizó una legión de voluntarios.

Qué astuto era el arquitecto del procés. Hasta Junqueras, que nunca se entendió bien con él, tenía que reconocer sus dotes de trilero. Luego Artur Mas se acabó, jubilado primero por la CUP y enterrado del todo por su hijo Puigdemont. Pero el virus seguía ahí. Y ahora era una pareja nueva, Puigdemont-Junqueras, la que se miraba al espejo y veía a un par de listos muy listos. Capaces no sólo de seguir con el cuento de la legalidad paralela sino también de organizar un referéndum actuando fuera del radar. Sin ser detectados, sin dejar huella. Puigdemont, que pasaba por ser el menos espabilado de la pareja pero que demostró que era justo al revés, encomendó a Junqueras la preparación del referéndum. Ocúpate tú, Oriol, que siempre fuiste más astuto. Y Junqueras puso a trabajar a su gente. Jové, el número dos de la consejería. Salvadó, el secretario de Hacienda. El primero se haría famoso por la moleskine. El segundo, por decirle a un colega que buscaba una mujer para un cargo: 'A la que tenga las tetas más gordas se lo das y ya está'.

Creían actuar fuera del radar pero tenían los teléfonos intervenidos. Y el 20 de septiembre de 2017 les pilló con el pie cambiado la operación policial de un juzgado de Barcelona. Las detenciones y los registros. La astucia, desarbolada. En la declaración de los guardias civiles que realizaron los registros aquella mañana deja un rosario de episodios presuntamente astutos. Ese Salvadó que, sin saber que tiene el teléfono pinchado, le dice desde casa a su secretaria que tire al patio los documentos que tiene en el despacho antes de que los vea la guardia civil.

Esa cara que se le debió de quedar cuando la secretaria le dice que los guardias ya están llevándose papeles.

El manual de guerra y de guerrilla. Siempre le atrajo al independentismo le lenguaje bélico.

Ese Josep María Jové que lleva encima, cuando le detienen, tres teléfonos móviles —qué afición a la telefonía— más otros dos en su casa y un dietario de sus reuniones.

Ese diseñador de carteles para el referéndum que le cuenta al guardia que el encargo se lo hizo un tal Toni que le dio un teléfono prepago para que no pudieran rastrear sus comunicaciones.

Ese Antoni Molons, cargo oficial de la Generalitat de Cataluña, encargado de fabricar la propaganda, que compra un móvil pero usa nombre falso y se hace llamar simplemente Toni. El estrecho colaborador de Turull, con sueldo de la administración, recurriendo a técnicas del crimen organizado para actuar bajo el radar. La astucia. Los tiempos de la astucia. Móviles prepago, nombres falsos, pedidos que nadie reconoce, facturas que nadie paga.

El 20 de septiembre se producen las detenciones y empiezan los registros. Y empieza la agitación organizada para intentar impedir que prospere la acción judicial. Al llamamiento de la CUP y las asociaciones independentistas responde cientos de personas que rodean la consejería de Exteriores, donde está detenido el número dos de Romeva, Puig i Ferrer. La secretaria judicial presente en el registro sale de allí protegida por los guardias civiles. En esta consejería no hubo azotea por la que evacuar.

La secretaria puede regresar, mal que bien, al juzgado. Pero ahí sigue la multitud, golpeando pacíficamente los coches de la guardia civil e intentando, pacíficamente, arrebatarle a los guardias al detenido.

Lo que los guardias describieron ayer, en su testimonio ante el Supremo, es una algarada orquestada para obstaculizar la acción judicial con utilización de golpes que seguramente fueron dados con la mayor de las sonrisas, porque esta revolución —no se olvide— es siempre una revolución sonriente.

Un año y medio después del día en que naufragó la astucia, Joaquim Torra se ha contagiado, también él —quién sino él— del virus que inoculó Artur Mas. Ahora es Torra quien se mira al espejo y ve a un tipo listo, pero que muy listo. Tan astuto como para chotearse del Estado y de la Junta Electoral. Le han dicho que limpie de lazos amarillos los edificios oficiales y ahí sigue él, con el lazo y la pancarta colgando del Palau de la Generalitat. No se atreve a proclamar a pulmón lleno su desobediencia, a tanto no llega su compromiso con la causa. Él, astutamente, recurre —como sus antecesores— al trilerismo. Ahora recurro la decisión, ahora me erijo en garante de la libertad de pensamiento, ahora me invento que el Defensor del Pueblo Catalán es el hombre indicado para iluminarme en esta hora oscura. Oiga, Ribó, usted que lleva más años que Carracuca subido a un coche oficial, dígame —espejito, espejito—, ¿los mantengo o los quito?

El Defensor del Pueblo catalán no pinta nada en este asunto. Torra quiere usarlo como coartada y lo peor es que Ribó parece dispuesto a prestarse a la pamema. A Torra le ordenaron que limpiara de lazos los edificios antes de las cinco de la tarde de ayer y no lo ha hecho. Desde las cinco de la tarde su desobediencia es palmaria. Proceda la Junta a comunicárselo a la fiscalía y que la fiscalía proceda. Y proceda quien tenga que proceder a dar orden a los mossos de esquadra para que cumplan con la instrucción de la Junta Electoral.

Torra, en su insumisión, le está dando oxígeno electoral a Ciudadanos y al PP. Y se lo está quitando a Pedro Sánchez. El gobierno ha hecho lo que, según él, le correspondía hacer: sacar unas fotos de los lazos y entregárselas a la Junta electoral como prueba de que ha sido desoída. Pero esta imagen de un Torra chotéandose del Estado mientras los lazos siguen en las fachadas no ayuda al presidente del gobierno ahora que quiere presentarse como lo peor que le puede pasar al independentismo. Sánchez tuvo ocasión anoche de decir algo y prefirió guardar silencio sobre la insumisión de su antiguo interlocutor de Pedralbes.