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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Hasta ahora la edición genética se centraba en resolver enfermedades, no en diseñar los bebés"

Con permiso de los mitineros andaluces, el día amanece entre el futuro que ya es presente y los conflictos que arrastramos del pasado.

Carlos Alsina | @carlos__alsina |  Madrid |  27/11/2018

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En el futuro sabremos un montón de cosas que ahora todavía ignoramos sobre Marte. Sobre cómo es Marte y por qué se convirtió en lo que hoy es. Gracias a la información que vaya enviando chaparrrito, este robot de metro cuarenta de alto y seis metros de ancho que anoche tomó tierra, o como se diga, en el planeta colorao.

No fue una cuenta atrás sino un descenso. Frenando el cacharrito para poder hace touchdown, posadito en la superficie del planeta, sin descogorciarse. Doble éxito, o triple. Llegar hasta tan lejos, desde la Tierra, ¿verdad? Atravesar la atmósfera marciana a 17.000 kilómetros por hora (ríete tú de Gerard Piqué), y tirar luego de frenos para no estamparse. Las cámaras ya están enviado imágenes y todos los chismes que lleva para medir cosas están operativos. Ahí nos ha ganado por la mano la Nasa a los europeos. Hace dos años enviamos nosotros una sonda al mismo sitio y se mató la criatura porque interpretó erróneamente que ya había tocado tierra cuando aún le faltaban cuatro kilómetros. Soltó el paracaídas, tan pichi, y se acabó su aventura. Los americanos han aprendido de los errores y hoy están celebrando que en Marte vuelven a llevarnos la delantera.

El futuro que ya es presente pasa por la edición genética. ¿Y eso qué es? Pues la habilidad para modificar, desacativar o reparar genes de seres vivos. Seres chiquitajos, como las bacterias; un poco más grandes, como los hongos; muy populares, como las plantas (los cultivos transgénicos) y, también, animalitos. Que hasta ahora eran peces —carpas, truchas, salmones—, que empiezan a ser ratones —los ratoncitos k.o., a los que desactivan genes a ver qué pasa— y que desde ayer existe la sospecha de que hayan sido también animales racionales, es decir, personas.

En concreto, dos niñas transgénicas. Las primeras de nuestra especie. Así lo sostiene un chino, de nombre He Jiankui, que dice haber manipulado genéticamente dos embriones para desactivar un gen que facilita el acceso al VIH, es decir, que anulando ese gen se impide que el virus acceda a la célula y la contagie. Digo que 'lo sostiene' el chino no porque no sea técnicamente posible la manipulación genética de un embrión (que lo es) sino porque el trabajo de este doctor no ha sido aún contrastado o verificado por nadie más que por él mismo.

La edición genética es uno de los avances más fructíferos, y prometedores, que ha logrado la ciencia en los últimos años (está a la orden del día en los laboratorios) pero se centra en resolver enfermedades de origen genético, no en diseñar los bebés que han de venir. Y no sólo por el debate moral que suscita la posibilidad de cambiar las cualidades de los seres humanos futuros, sino por el riesgo que supone cualquier modificación genética: que queriendo resolver un problema, crees otros más graves. Según el médico chino los bebés no presentan ningún efecto indeseado, pero aún es pronto para saber, en realidad, si todo es tan beneficioso y tan positivo como el artífice de la cosa pretende.

Entre el futuro que ya es presente, les decía, y los conflictos que arrastramos del pasado.

Hoy amanecemos mirando al Mar de Azov. Bueno, miraríamos si supiéramos donde cae. Para que usted, si no lo sabe, se haga una idea es un charco grande que aparece en el mapa encima del mar Negro. O sea, que la orilla de la derecha es Rusia, la orilla de la izquierda es Ucrania y abajo está la Península de Crimea. ¿Se acuerda usted de la guerra de Crimea? No la primera, sino la última. La de hace cuatro años. Cuando Putin aprovechó que en Ucrania había lío entre los pro-europeos y los pro-rrusos y mandó a sus tropas marca blanca a Crimea (que era Ucrania) para tomar el territorio por la fuerza. Y así se quedó. Con los rusos apropiándosela de hecho y los ucranianos reclamándola.

Cuatro años después, vuelve a haber lío. Porque en ese charco llamado el Mar de Azov se produjo el domingo un incidente entre barcos de ambos países. Los rusos sostienen que tres barcos ucranianos se acercaron al estrecho de Kerch (que es el paso al mar del Norte) sin pedir permiso. Los rusos atacaron a los ucranianos y mantienen retenidos los barcos y a los marineros. Digamos que para lo inflamable que es la zona y la relación entre Rusia y Ucrania, este incidente es de alto riesgo.

Putin dice que es una provocación ucraniana. Poroshenko dice que es una maniobra rusa para elevar la tensión y camuflar los preparativos de una invasión rusa de Ucrania. El gobierno ucraniano ha decretado el estado de excepción a partir de las nueve de esta mañana. No contempla aún la movilización de tropas pero abre camino a que se produzca. Porque el argumento es la defensa de la nación de la inminente invasión rusa.

Y usted dirá: ¿a mí lo que pase en el mar de Azov qué más me da? Ocurre que el gobierno de Ucrania a quien primero va a pedir ayuda es la Unión Europea, de la que formamos parte, y a la OTAN, de la que también. Ambas instituciones se han puesto del lado de Ucrania y han enviado advertencias a Moscú. Como ésta de Stoltenberg.

Advertencias que a Putin no parece que le hayan quitado el sueño. De manera que el día empieza temiendo que las cosas empeoren y vuelva a declararse, a las puertas de Europa, un inquietante incendio. Que no nos pase ná.

Y además, lo de la Unión Europea menguante y el Gibraltar británico. Conflictos, diplomáticos, que seguimos arrastrando. La señora May proclamando ante sus señorías los diputados británicos (allí si hacen plenos parlamentarios los lunes) que Gibraltar será tratado siempre como si fuera territorio del Reino Unido. Diga lo que diga España.