Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Gritó Pedro: "¡Ya se ha marchado el lobo!", pero no era verdad porque el lobo seguía matando ovejas. Pasaron unos días y volvió a gritar Pedro: "¡Ya se ha marchado el lobo!" Pero tampoco esta vez era verdad, el lobo seguía matando ovejas. Unos días después gritó Pedro de nuevo: "¡Ya se ha marchado el lobo!" Y nadie le creyó porque ya eran muchas las veces que anunciaba lo que no era cierto. Y así ocurrió que el día que, en efecto, el lobo se marchó por más que Pedro se empeñó en gritarlo no hubo quien se lo creyera.
Este es el famoso cuento de Pedro y el lobo en versión iraní, o guerra de Irán. (Nada que ver con Pedro Sánchez aunque el protagonista se llame Pedro). Donald debería llamarse. Porque fueron tantas las veces -cuarenta según el The Guardian- que el presidente estadounidense anunció en falso el acuerdo con el régimen iraní para poner fin a la guerra que el día que, al fin, el acuerdo era cierto no hubo quien le diera crédito.
Esto es lo que ocurrió anoche, cuando Trump, embarcado en la celebración de su fiesta de cumpleaños sostuvo por enésima vez que era cuestión de horas que el pacto se hiciera oficial, es decir, que Irán confirmara el entendimiento. Difícil de creer conociendo los precedentes y conociendo, sobre todo, que Israel acababa de lanzar un ataque sobre Hezbolá en El Líbano que volvía a ponerlo todo patas arriba.
Pero poco antes de la medianoche lo anunció el primer ministro de Pakistán, mediador en esta historia interminable: orgulloso de anunciar, dijo, que ambas partes habían alcanzado un acuerdo de paz que supone el final de las actuaciones militares en todos los frentes, incluido El Líbano.
No es sólo la reapertura del estrecho de Ormuz -el regreso a como estaba, abierto, antes del 28 de febrero- sino el final de la guerra como tal, o así quiere verlo el gobierno pakistaní. Para el viernes se anuncia la firma del acuerdo. De aquí al viernes, crucemos los dedos, cualquier cosa puede pasar.
Trump ha dicho que su guerra, y ahora su paz, cambiará la historia de Oriente Medio. Hace tres meses y medio dijo que caería el régimen iraní y la oposición podría hacerse con el timón del país. El gobierno de Irán ha dicho que son ellos, los iraníes, quienes han impuesto la paz a Estados Unidos y que, de momento, lo que hay es un borrador que de aquí al viernes hay que terminar de afinar. E Israel, en fin, ha dicho que el borrador no le convence y que no renuncia a continuar atacando El Líbano.
Trump había llamado idiota este domingo a su mayor fan israelí, que es Benjamín Netanyahu. Por bombardear Beirut justo cuando se estaba rematando el anuncio de la paz. Netanyahu no tiene una pizca de juicio, ha resumido su viejo protector. Juntado todo lo cual es inevitable que, al alivio que supone contar, por fin, un acuerdo que está plasmado en un papel haya que que añadir todas las reservas del mundo no vaya a ser que el cuento de Pedro y el lobo vuelva a hacerse realidad.
Ha cumplido ochenta años Donald Trump. Ya es octogenario, como Biden. El pobre Biden del que tantas veces se choteó precisamente por ser anciano.
Lo ha celebrado Trump organizándose en la Casa Blanca un combate de artes marciales mixtas, de la UFC. Él mismo se ve como un luchador profesional, en sus mítines suena el Macho Man. Al 16% de los estadounidenses le parece una buena forma de celebrar sus ochenta años. Sólo al 16%. Pero a Trump la encuestas, ya se sabe, le dan igual.
Cuando no es por una cosa es por otra, Donald. La guerra de Irán empezó hace tres meses y medio. Iba a ser un paseo militar y ha sido un solemne fracaso.
Iba a ser un paseo militar y ha sido un solemne fracaso
Semana trágica para el PSOE
Begoña Gómez, ciudadana sin cargo casada con quien sí lo tiene, que es el presidente del Gobierno, acude esta tarde al juzgado para ser informada por Peinado de que será juzgada por tráfico de influencias y corrupción en los negocios. Cosa que ella ya sabe, pero el procedimiento es el procedimiento. Están citados, con ella, su asistente Cristina Álvarez y el empresario Barrabés. En realidad, lo que conocerán hoy es si el juez les impone alguna medida cautelar para asegurar su presencia en el juicio. Por ejemplo, quedarse con su pasaporte.
Comienza así la semana trágica para el PSOE. O para la obsesión del PSOE, desde 2018 hasta hoy, por conseguir que el debate público se centre en asuntos que le convengan al gobierno y no en todo aquello que pueda molestarle. El relato. Descontrolado desde que Sánchez tiene que afirmar cada día que no sabía nada sobre algo. No sabía sobre Koldo, ni sobre Ábalos, ni sobre Cerdán, ni sobre Leire, ni sobre Zapatero. Ay, Zapatero.
Sánchez tiene que afirmar cada día que no sabía nada sobre algo
El miércoles esperan al ex presidente en la Audiencia Nacional para preguntarle por Análisis Relevante, por los clientes que pagaban a quien luego le pagaba a él, o sea, Julio Martínez, por las gestiones (que ZP niega) con Plus Ultra y por las joyas. El millón trescientos mil euros de patrimonio en alhajas que ha llevado al juez a abrir una investigación específica sobre su origen y el pago (o impago) de impuestos.
Si hay regalos ahí de su etapa de presidente habrá que confrontar su valor con la última declaración de bienes que hizo el diputado Zapatero en 2011: treinta y tres mil euros en cuentas corrientes y una vivienda en construcción. Cómo declaran (o dejan de declarar) los gobernantes los regalos (caros) que a veces reciben es un asunto poco investigado hasta hoy. Si Zapatero no tributó por ellos, su única salida es alegar que el presunto delito ha prescrito. A sabiendas de que un delito fiscal sólo prescribe si antes se produjo.
Entretanto, hay portavoces socialistas empeñados en hacer el ridículo cada día añadiendo a la turra de la conjura versos nuevos. Montse Mínguez, que ha hecho buena como portavoz a Esther Peña, hizo en Radio Nacional el sábado este profundo análisis de las causas judiciales que le incomodan.
Un calendario judicial con prisas para hacer caer al gobierno antes del verano. Cuidado, que el verano empieza en seis días y el gobierno no ha caído. Quizá sepa la aguda portavoz socialista que la única forma de que caiga un gobierno es que el Parlamento retire su apoyo al presidente al que invistió para dárselo a otro, es decir, la moción de censura. Que cuando existe y sale adelante signifca precisamente eso: que el presidente ha perdido la confianza del Parlamento al que se debe, independientemente de lo que hagan o digan los jueces e independientemente, por supuesto, del calendario.

