Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Bueno, hoy son dos. La primera es ficticia. La segunda, no. Entró el asesor, sigiloso, al despacho del presidente temiendo encontrárselo como una hidra. "Ha salido la sentencia, presidente", le dijo. "Ya he visto", respondió, entre seco y contrariado. "¿Quieres que digamos algo, se lo encargo a algún ministro?"
No respondió el presidente, abstraído. "Podemos ir por lo de Aldama", siguió el asesor, "le metemos un rejón al Supremo por dejarle en libertad como si fuera un santo". El presidente seguía callado, la mirada hacia el horizonte, de pie ante el ventanal de su despacho. Pensó el asesor para sí: "estará preguntándose qué dirá de él la Historia". Pero entonces habló el presidente: "Un santo no es, Aldama. Pero ha jugado bien sus cartas".
Asintió el asesor. "¿Qué crees tú?", preguntó el presidente, "¿qué crees tú que habrá pensado Santos?" "No creo que debas preocuparte", dijo el asesor, "¿Ah, no? Entre veinticuatro años de cárcel y un año de trabajos sociales, ¿tú que elegirías? Dime, ¿qué crees tú que habrá pensado Santos?"
La segunda historia la contaba Pancracio Celdrán. Los indianos que habían regresado ricos a España en el dieciocho invitaban en sus lujosas casas a una taza de chocolate, producto terriblemente caro, y mostraban a las visitas la lujosa jaula en la que se habían traído de América un loro. Que disponía de un recipiente para picotear a placer, también él, el chocolate.
Cuando la economía se torcía y había que hacer recortes, el indiano seguía invitando a chocolate a las visitas pero privaba del mismo al loro. Un gasto perfectamente superfluo al lado del verdadero dineral que gastaba el dueño en otras cosas.
José Luis Ábalos Meco, diputado entonces, estuvo en este programa en febrero de 2024, recién detenido Koldo y cuando ya se sabía que el caso iba de trato de favor, en las mascarillas, a la empresa de la que era conseguidor Víctor de Aldama. Y aquí empleó como argumento defensivo que el dinero que se movía en esos contratos, comparado con el presupuesto de su ministerio, era… el chocolate del loro.
El Tribunal Supremo ha emitido sentencia sobre el chocolate y concluye que hay que meter veinticuatro años en prisión al dueño del loro. O sea, Ábalos. Veinticuatro que serán dieciséis de cumplimiento máximo por esta causa. La causa de las mascarillas es sólo la primera de las que ha investigado la UCO para el Tribunal Supremo.
Viendo el relato de hechos que el tribunal da por probados y los argumentos que emplea para sentenciar que Ábalos y Koldo fueron corruptos y que Aldama fue corruptor, cabe anticipar que en el siguiente juicio -el que habrá de celebrar la Audiencia Nacional sobre la obra pública y las mordidas, ya con Santos Cerdán acompañando a Ábalos , Koldo y Cerdán en el banquillo-, los indicios reunidos por la fiscalía con la cooperación activa de Aldama conducirán al tribunal, otro tribunal, a la misma conclusión a la que ha llegado el Supremo: la corrupción queda probaba, quien se negó a admitirla sufre toda la severidad de la pena, quien se animó a admitirla y ayudar a probarla es compensado con una pena menor y la suspensión condicionada del ingreso en prisión.
Lo siguiente no será ya el chocolate del loro sino la chocolatada de las carreteras, las compañías aéreas, los empresarios de hidrocarburos, las licencias, las influencias y Venezuela. En esta primera sentencia, el Supremo ha hecho suyo el criterio y el discurso del fiscal anticorrupción Alejandro Luzón.
Que Ábalos fuera ministro, super ministro, y a la vez secretario de organización del partido del gobierno es elemento muy relevante para el Tribunal porque sitúa al procesado en una posición de poder que pocas personas tienen. El poder como oportunidad para enriquecerse de forma ilícita. El abuso de poder, corrompiéndose, como daño al sistema democrático en la medida en que genera desconfianza de los ciudadanos en el mismo.
Ábalos, en efecto, lo fue todo en el partido y el gobierno sanchista. Ábalos, según la versión oficial, engañó y traicionó a su partido y a quienes le confiaron gobernarlo. Leyendo la penosa valoración oficial que la sentencia le ha merecido a la portavoz del PSOE, señora Mínguez, peleada con la sintaxis y las comas, quién lo diría.
Un partido que de verdad se avergüenza de Ábalos y que de verdad se considera utilizado, casi prostituido, por él habría agradecido al Tribunal Supremo que haga justicia y ponga en su sitio al impostor socialista. Un partido que de verdad se abochorna por la carrera inexplicable que tuvo el tal Koldo y de verdad se hace cruces por haber permitido que tal carrera ocurriera habría puesto ahí el acento al valorar la sentencia: en lo tranquilo que se queda al saber que los dos desleales pagan caro su aprovechamiento.
Pero no fue eso lo que sucedió ayer. Sucedió que el PSOE quiso ponerle pegas a la sentencia, quiso desacreditar al Supremo y quiso censurar la condena poniendo el foco en Aldama, el corruptor que no era miembro ni del partido ni del gobierno y cuya permanencia fuera de la prisión lleva al Partido Socialista a poner el grito en el cielo.
Como si en el fondo de su reacción latiera la empatía no reconocida con Ábalos y con Koldo y la animadversión largamente incubada a quien, cantando la traviata, los puso contra las cuerdas. O sea, Aldama. Qué tiempos aquéllos en que Puente no se creía que Ábalos pudiera ser corrupto. O en que se autoadjudicó el papel de refutador de los indicios que aportaba Aldama a la causa de las mordidas.
Qué tiempos, oiga. Significarse tanto en la misión de aplastar el testimonio de un confeso tiene este riesgo: que ahora llega el Supremo y te deja con el rulo al aire. Como perito y como jurista, dos en uno. Ayer dijo el ministro abogado que la pena es desproporcionada como sabe cualquiera que tenga ojos en la cara. ¡24 años para Ábalos!
Hay que estar muy ciego para no acordarse de que a Bárcenas le cayeron 33 en la Gürtel, 33, y al PSOE le pareció justísimo que así fuera. De nuevo, el partido y sus ministros escociéndose como si Ábalos aún fuera uno de los suyos. Ay de la memoria de los nuestros.
El partido y sus ministros escociéndose como si Ábalos aún fuera uno de los suyos
Cada partido se retrata como quiere ante una sentencia -ya se vio con el PP y la Gurtel- pero este PSOE que pretende ser visto como íntegro, como incansable luchador contra las corrupciones que lo sangran, podría haber medido mejor su posición pública para no acabar pareciendo que está escocido porque a Ábalos, su Ábalos, le caigan veinticuatro años y a Aldama, que no era dirigente del PSOE, solo le caigan cuatro.
Qué tiempos aquéllos, de nuevo, en que el PSOE, o sea, Cerdán, tachaba a Aldama de delincuente confeso y recordaba su estancia en prisión como si eso convirtiera en falso todo lo que dice.
Es el mismo Cerdán que acabó él entrando en prisión preventiva también él y que, a la luz de la sentencia, igual le da una vuelta a lo de negarlo todo y seguir predicando su inocencia en lugar de empezar a admitir algunas cosas. No será hoy cuando escuchemos al ministro de Justicia proclamar con orgullo que había indultado a un delincuente confeso, de nombre José Luis Peñas, porque colaborar con la justicia merecía un premio.
No será hoy porque el Gobierno no ha dado un solo signo, en estos últimos meses, de querer que ningún imputado se anime a reconocer sus delitos y colaborar con la fiscalía. Que así es como llegamos a la otra interpretación posible de la escocedura del PSOE por lo de Aldama: no es sólo que Ábalos sigue siendo visto como uno de los suyos ligeramente descarriado, un político con sus cosas de político, es que alguien en Ferraz, que es Moncloa (tanto monta, monta tanto) ha entrado en pánico ante la posibilidad de que Santos Cerdán o Julio Martínez tomen nota y asuman que habiendo tanto mail, tanto dinero en efectivo, tanto volcado de móvil y tanto precontrato firmado de por medio, les interesa empezar a confesar sus pecados a la fiscalía incluyendo en la confesión, caso de haber existido, que Sánchez no estaba tan a por uvas como él sostiene o que Zapatero era visto por los venezolanos de Plus Ultra como su conseguidor de favores del gobierno porque en efecto lo era. Santos y Julio, Cerdán y Martínez son, hoy, los dos fantasmas que envenenan el sueño de lo que va quedando de la dirigencia sanchista.
De Pedro Sánchez, por cierto, la sentencia no dice nada. Solo le menciona una vez, cuando recuerda que fue en las primarias cuando Ábalos conoció a Koldo, el militante ejemplar custodio de los avales. Que nada diga de Sánchez es la prueba de que el testimonio de Aldama ha sido examinado a la luz de las pruebas y no ha sido tenido como palabra de dios. Aldama declaró que fue Sánchez quien colocó a Koldo y que era Sánchez el number one de la trama.
Que nada diga de Sánchez es la prueba de que el testimonio de Aldama ha sido examinado a la luz de las pruebas
A esto, el Tribunal Supremo no hace ni caso porque aquí sólo hay la palabra de Aldama. Y Sánchez ni estuvo nunca investigado ni sale de la sentencia penalmente señalado. No dice nada la sentencia del presidente ni es necesario que lo diga. Porque todo el mundo sabe quién elevó a Ábalos a las dos poltronas que disfrutó simultáneamente, quién lo relevó de ministro en 2021 sin explicar las razones, quien lo recuperó en el 23 cuando ya estaba al tanto de sus andanzas con Koldo en los hoteles, y quien le hizo presidente de una comisión parlamentaria para que cobrara un plus con el que aliviar sus eternas penurias económicas.
Todo el mundo sabe quién era el responsable máximo del partido y del Gobierno que mientras Ábalos cometía todos estos delitos que el Supremo ha considerado probados, permanecía en babia cual criatura ingenua, desinformada y cándida, y no se enteraba nunca, qué le vamos a hacer, de nada.
Nada supo de mascarillas, ni de Jéssicas, ni de trasiego de billetes en Ferraz, ni de votos chuscos en las primarias, ni del ático donde vivía Santos, ni de constructoras, ni de rescates, ni de Servinabar, ni de Leire, ni de cloacas. La ignorancia es la última defensa del presidente en cuyos equipos anidó la corrupción. La ignorancia que podrá seguir alegando mientras Santos Cerdán no declare lo contrario.

