OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "A Canadá que no venga"

Carlos Alsina reflexiona en su monólogo sobre la negación de entrada en Canadá a Carles Puigedemont, que lleva dos años solicitando su entrada al país, la tierra prometida del independentismo catalán.

Carlos Alsina

Madrid | 01.10.2021 08:44 (Publicado 01.10.2021 08:40)

Cuatro años después de aquel otro primero de octubre. Cuatro años ya. Y han cambiado las cosas. Hoy el jarrón chino es Puigdemont, marchitado en el sofá de Waterloo. Rajoy es un registrador de la propiedad que habla de la política como si hubiera sido un simple espectador. España la gobierna Pedro Sánchez y la Generalitat la dirige un debutante de nombre Pere Aragonés que es como Junqueras pero sin delinquir y sin indultar.

"Que el procés fue un fracaso lo declaran ocho de cada diez catalanes"

Pero lo principal es lo que no ha cambiado: Cataluña sigue siendo una nacionalidad histórica constituida en comunidad autónoma en el Estado español. Cuatro años después de que el trío Puigdemont-Junqueras-Forcadell proclamaran la República Independiente de Cataluña, ocho de cada diez catalanes dicen que esa independencia no se va a producir. ’No sucederá’ es la respuesta que dan a Metroscopia la mayoría de los votantes de Esquerra, de Juns per Cataluña y hasta de la CUP. Rufián va a ser diputado en las Cortes españolas hasta los setenta y cinco años o más.

En este primero de octubre de 2021, con el desafío independentista reducido ahora mismo al postureo de dar plantón al rey en el Salón del Automóvil y dejar que cuatro gatos prendan fuego a unas banderas de España, el debate interesante es cómo hemos llegado hasta aquí. O planteado de otra forma: si este momento manso que se respira en la parroquia independentista es consecuencia de los indultos con que obsequió Sánchez a los condenados por sedición (y su secuela, la mesa de negociación) o es consecuencia del escarmiento que supuso el 155, el juicio en el Supremo y la pena de prisión. Sánchez está en lo primero. Rajoy dijo ayer que él sostiene lo segundo.

Sólo para los de Puigdemont la arremetida ilegal contra el derecho a decidir del resto de los españoles fue un triunfo

Las dos tesis, en realidad, son compatibles. Que el procés fue un fracaso lo declaran ocho de cada diez catalanes. Sólo para los de Puigdemont la arremetida ilegal contra el derecho a decidir del resto de los españoles fue un triunfo. Y que el independentismo que hoy lidera Esquerra (partido hegemónico tras desbancar a los herederos de Convergencia) está cómodo en el ni p’alante ni p’atrás que le ha ofrecido Sánchez tampoco es un secreto.

Hay un tercer elemento que explica que el clima hoy sea distinto y que, a menudo, olvidamos: el independentismo siempre quiso tumbar a Rajoy, con ese ánimo le montó un órdago. Y el independentismo fue quien prefirió tener de presidente del Gobierno central a Pedro Sánchez. En eso confía el presidente para que no se lo monten a él.

"De Puigdemont no se olvida el juez Pablo Llarena"

De Puigdemont no se olvida el juez Pablo Llarena. Ha enviado al tribunal de Cerdeña que el lunes empezará a ver si entrega al expatriado, o no, a la justicia española el escrito en el que expone lo que lleva cuatro años exponiendo con poco éxito: que este Puigdemont tiene una causa pendiente en España, una causa lo bastante grave como para que sus compañeros de asonada fueran condenados a trece años en juicio público, y que en virtud del acuerdo que tienen los Estados europeos para agilizar la entrega de presuntos delincuentes procede que éste sea ya entregado.

Anticipándose a lo que dirá la defensa del profeta escribe Llarena que su euroorden está activa y que la abogacía del Estado puede decir misa (esto no es textual, pero se entiende). En el Supremo no dan un duro porque la tesis de Llarena sea asumida por el tribunal sardo pero quién sabe, igual en una de éstas lo suben a un avión y lo mandan para España.

En Canadá no quieren que Puigdemont vaya. Lleva dos años solicitando el amigo Carles permiso para entrar en Canadá, la tierra prometida del independentismo catalán

En Canadá es al revés. En Canadá lo que no quieren es que Puigdemont vaya. Ésta es otra historia entretenida. Lleva dos años solicitando el amigo Carles permiso para entrar en Canadá, la tierra prometida del independentismo catalán que siempre está invocando el Quebec y la ley de claridad como aval para lo suyo (tienen que irse a Canadá porque en la UE no encuentran precedente al que agarrarse). El servicio de inmigración le denegó el permiso, él recurrió y ahora el Tribunal Federal le ha dicho que no viaja. Que los funcionarios tienen razón.

Y lo curioso es que Inmigración le negó la entrada por plasta. Porque en lugar de responder a las preguntas que se le hicieron sobre su situación envió un tocho de cuatrocientas páginas. Y cuando le dijeron que no divagara y explicara los cargos que la justicia española le imputa envió otros trescientos folios farragosos. Y aún hubo un tercer envío: otras ochenta hojas. Al final le dijeron que no enredara. Cuando uno no responde claramente a lo que se le pregunta es que algo oculta. El Quebec tendrá que esperar.

Lío ya armó el rey Juan Carlos con la existencia de sus fundaciones opacas y la donación de ochenta millones de euros a Corinna

Ha contado el rey Juan Carlos a una periodista francesa que hay gente muy contenta en España de que se haya ido (es verdad), que se fue porque tenía muchas presiones (es verdad), que él quería quedarse en Portugal pero le sugirieron que se fuera más lejos (y más, y más, hasta donde no molestara) y que podría volver cuando quisiera porque sólo tiene que subirse a un avión. No parece que deba interpretarse la frase como una amenaza, más bien como el deseo de que se le reconozca que pudiendo armar lío, no lo haga. O más lío, porque lío ya armó con la existencia de sus fundaciones opacas y la extraña donación de ochenta millones de euros a Corinna y todo aquello.

Explica la periodista que la relación personal entre el rey padre y el rey hijo está rota y que lo que más echa de menos allá en Abu Dhabi es la comida española. Ya habla como un estudiante de erasmus. Y por algún motivo que sólo la autora del libro conoce, la forma en que ahora viste el rey, vaqueros, camiseta y zapatillas le lleva a decir (a ella) que parece un estadounidense jubilado. A saber cómo cree que visten los jubilados españoles. O los eméritos españoles expatriados y pendientes de una investigación de la fiscalía en el Supremo.