Monólogo de Alsina

Alsina, sobre el ataque contra Trump: "Desconcierta la facilidad con que alguien puede disponer de un rifle para apuntar a un presidente"

El presentador de Más de uno ha reflexionado sobre la normalización de la violencia política en Estados Unidos después del tercer intento de asesinato contra el presidente del país.

Carlos Alsina

Madrid |

Monólogo de Alsina, en Más de uno

Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. El 14 de octubre de 1963, un día cualquiera, Ruth y su amiga Marina fueron a tomar café a casa de su vecina Dorothy. Allí se encontraron con Linnie, otra vecina de un poco más abajo, y echaron la tarde hablando de lo divino y de lo humano. Lo humano acabó siendo el marido de Marina, que había regresado a la ciudad y no encontraba trabajo.

Linnie comentó que su hermano pequeño había pasado por la misma situación, pero acababa de emplearse en un almacén de libros que había en el centro. Y que probablemente estuvieran contratando más gente. Llamaron para preguntar y el señor Truly les dijo que estaría encantado de hacerle una entrevista de trabajo al marido de Marina, sobre todo al saber que había servido en los marines. Dos días después, Lee Harvey Oswald empezó a trabajar en el depósito de libros de la plaza Dealey. Y más de un mes después dispararía desde allí a John Fitzgerald Kennedy.

Cuando Oswald se estrenó como empleado del hoy famoso almacén, aún no estaba decidido ni qué día exacto visitaría el presidente Dallas, ni dónde celebraría su almuerzo de recaudación de fondos, ni qué itinerario haría la comitiva desde el aeropuerto hasta el almuerzo. Hasta cuatro días antes no informó la prensa de que Kennedy subiría por la avenida Principal y giraría por la calle Houston para cruzar las vías del tren por el paso lateral, es decir, que su coche giraría, a velocidad de hormiga, justo por delante del almacén de libros.

Oswald fue consciente de lo fácil que resultaría meter un rifle en la planta sexta, abrir la ventana y disparar. Y exactamente eso es lo que hizo. Tan fácil y tan letal. Durante décadas, la conspiranoia intentó explicar cómo Oswald había sido infiltrado como empleado en aquel almacén para tener a Kennedy a tiro. Pero la triste verdad es que de no haber sido por Linnie, la vecina de un poco más abajo, y su afán por ayudar, es probable que Kennedy hubiera abandonado Dallas enteramente vivo. Matar es fácil. Basta un arma, una ocasión y la voluntad de hacerlo.

En realidad, Oswald había comprado el rifle ocho meses antes no para matar a Kennedy, claro, sino para matar al general Walker, ídolo uniformado de la extrema derecha que se postulaba como candidato a presidente para el 64. En abril, en efecto, intentó acabar con su vida disparando desde la calle contra el salón de la vivienda en la que Walker leía.

Como no le acertó en la cabeza, el general pudo zafarse y salir, pistola en mano, en busca del frustrado asesino. Marina Oswald, que sabía de la obsesión de su marido por Walker, le preguntó directamente al día siguiente porque había querido matarlo. Oswald respondió: "Porque es un mal hombre, un líder fascista". "Pero no tienes derecho a quitarle la vida", dijo ella. Y él replicó: "Se habrían salvado muchas vidas si alguien hubiera asesinado a Hitler antes de que gobernara Alemania".

Clásicos de la historia violenta del mundo: matar es fácil, la conspiranoia siempre atribuirá a una conjura el asesinato de un presidente y si el asesinado es un peligro público siempre recurrirá alguien al comodín de Hitler. Cómo habría sido el siglo XX si alguien lo hubiera matado. Y a fe que lo intentaron.

Ajusticiar a Trump

Del individuo que entró a la carrera el sábado en el hotel Hilton de Washington, armado con una pistola, una escopeta y varios cuchillos, se sabe a ciencia cierta su nombre, Cole Allen; su edad, 31 años; y su profesión, maestro de escuela. No se sabe dónde, y cómo, consiguió sus armas, aunque sesenta años después de Kennedy, conseguirlas sigue sin ser la mayor dificultad a que se enfrenta un potencial asesino en los Estados Unidos.

Se sabe que antes de encaminarse a la cena de corresponsales con intención de llevarse por delante a Trump, a Vance o a quien pudiera, envió un escrito a sus familiares presentando su acción criminal como un acto de justicia. Es ahí donde dice que puede ser cristiano poner la otra mejilla cuando el agredido eres tú, pero que no lo es permanecer pasivo mientras alguien persigue sin papeles, hunde barcos de pesca en el Caribe, bombardea escuelas en Irán o participa en la explotación sexual de chicas menores.

El resumen del llamado manifiesto del asesino frustrado sería "ajusticiar a Trump y a quienes están con Trump". Tenía las armas, tenía la ocasión y se vio a sí mismo como la mano vengadora que evitaría que el mal siguiera liderando el mundo.

Donald Trump, ileso tras sufrir su tercer intento de asesinato -y capaz de salir del Hilton haciendo aún broma sobre el riesgo laboral que acompaña su empleo- ha hecho una interpretación libre del escrito del tal Cole Allen para atribuirle, porque sí, odio a los cristianos.

Es costumbre de Trump sacar sus propias conclusiones, y airearlas, sin esperar a que avance investigación alguna. Y es costumbre de Trump aprovechar cualquier situación para sacarle partido. Sostiene que este suceso hace aún más urgente que el tribunal le autorice de una vez a construir su gigantesco salón de baile en la Casa Blanca. Por lo seguro que, sin duda, será. Lo construirá y la cosa buena es que ahora ya nadie duda de lo necesario que es. Que tome nota el tribunal. El presidente presiona al calor de un magnicidio frustrado.

El presidente presiona al calor de un magnicidio frustrado

De haber consumado el magnicidio, hay poca duda de que habría hecho fortuna la teoría de la gran conspiración, todos los enemigos de Trump conjurados para eliminarlo físicamente usando a una cabeza de turco, un peón, un mindundi, un pobre desnortado. Pero como el magnicidio no llegó a producirse -se quedó lejos el criminal del salón donde se celebraba la cena- los medios estadounidenses centran su interés en saber cómo un maestro de escuela acaba mutando en asesino en potencia y viajar de California a Washington para intentar matar a un presidente.

Y como el magnicidio no llegó a consumarse, pueden indagar abiertamente en la salud -o desorden- mental del detenido sin el temor a ser acusados de blanquearle. Y como el magnicidio, en fin, no llegó a consumarse, pueden estar fijándose los periodistas que estaban en esa cena en otros aspectos de lo que han vivido: porque esta vez los testigos son ellos, los testimonios directos son los suyos y han podido sentir en carne propia lo que muchos de sus compatriotas han vivido ya en otros lugares. Escuelas, centros comerciales, cines, iglesias, universidades. El asalto de individuos armados decididos a matar a todo el que puedan.

Y la violencia política: contra congresistas, como Melissa Hortman, contra activistas, como Charlie Kirk. No es el único país en que sucede. Pero sí es el país en el que más repercusión tiene. En la transmisión de la noche del sábado en la CNN se preguntó uno de los comentaristas, recién llegado del Hilton, habiendo estado agachado un rato largo bajo una mesa, viendo a los agentes saltando de silla en silla y atendiendo a personas aturdidas, por qué en el debate público estadounidense se reniega de la violencia política, pero se evita vincularla con la proliferación de armas de fuego en la sociedad.

Claro que la responsabilidad de usar un arma para matar a alguien es solo de quien la empuña, decía, pero al resto del mundo le desconcierta este hecho diferencial nuestro, la facilidad con que alguien puede disponer de un rifle para apuntar con él a un presidente.