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TERRITORIO NEGRO

Territorio Negro: Juicio a Ana Julia Quezada, la asesina del niño Gabriel

Esta semana está previsto que concluya en la Audiencia de Almería el juicio, con jurado, contra Ana Julia Quezada, la mujer acusada de asesinar el 27 de febrero de 2018 al niño Gabriel, el que era el hijo de su pareja, Ángel Cruz. Hoy, en su territorio negro, Manu Marlasca y Luis Rendueles, nos cuentan lo que se está oyendo en esa sala, también la historia anterior de esta mujer, Ana Julia, y la trampa que le tendió la Guardia Civil para que cometiera algún error.

M. Marlasca y L. Rendueles
 |  Madrid | 17/09/2019

Esa es la versión de Ana Julia. En unos pocos días el jurado decidirá. Vamos a repasar ahora el perfil tremendo de esta mujer, Ana Julia Quezada. ¿Quién es esta mujer? ¿Cómo llega a España?

Ana Julia Quezada nació en marzo de 1974 en la República Dominicana. Creció en una familia muy pobre y vino a España con apenas 17 años, en 1992, después de haber sido madre en su país de una cría a la que llamó Ridelca, y a la que dejó al cuidado de su abuela, viviendo en una chabola. Casi nada más llegar a España, ejerció la prostitución en un club de carretera llamado El Carro, en la localidad de Rubena, un pequeño pueblo de Burgos. Allí, en el otoño de 1992, conoció a un cliente, un camionero llamado Miguel Ángel, que se enamoró de ella y la ayudó a salir de ese mundo tan complicado y tan esclavo.

Y Ana Julia se va a vivir con este hombre. Se casan y tienen una hija, Judith, que hoy tiene 25 años. El hombre sigue trabajando de camionero, Ana Julia ya tiene permiso de residencia y trabaja como ayudante de cocina en un restaurante y tiempo después, en las Navidades de 1995, consiguen traer a España a la primera hija de Ana Julia, Ridelca, que seguía creciendo en su país y ya tenía tres años.

Eso es. La niña vivía en una chabola con su abuela, en el pueblo dominicano de Las Cabuyas. Consiguen traerla a España y se instala con ellos y la otra hija, Judith, en Burgos. Hasta que el domingo 3 de marzo de 1996 ocurre algo terrible. La niña Ridelca aparece muerta en el patio de luces, todo indica que ha caído por la ventana desde su habitación del séptimo piso.

La encuentra su padre adoptivo, Miguel Ángel. La madre, Ana Julia, entra en estado de shock y no puede siquiera declarar ante los policías que acuden a la casa. El suceso se archiva como un suicidio y Ana Julia cuenta a sus familiares y vecinos que la niña tenía episodios de sonambulismo, a otros que se había suicidado...

El caso se cerró en falso porque los policías tuvieron compasión de la madre y no quisieron interrogarla. La Guardia Civil ha retomado ese asunto tras el crimen de Gabriel y escribe en un informe que hay "claros indicios" de que la mujer "pudo segar" la vida de su primera hija. Lo cierto es que las investigaciones que se han hecho ahora muestran indicios inquietantes: la niña de cuatro años no llegaba siquiera a la ventana, tuvo que subirse a una mesa, abrir la ventana interna, otra ventana más de cierre y saltar.

Además, Ridelca nunca había padecido sonambulismo, y su cuerpo apareció, junto a su osito de peluche, tirado en el patio, lejos de la pared, es decir, de una forma compatible a que alguien la hubiera empujado. El padre adoptivo de la pequeña declaró que, después de ese suceso, él mismo había sufrido varios episodios de fiebres extrañas por los que fue ingresado en el hospital. La Guardia Civil recoge en sus informes que el hombre y su esposa habían suscrito un seguro de vida por si algunos de los dos fallecían.

O sea, la Guardia Civil cree que Ana Julia pudo matar a su hija pequeña en 1996, en Burgos, tirándola por la ventana. ¿Puede ser juzgada por eso? No. Aunque admitiera que lo hizo, el asesinato estaría prescrito. Esos delitos prescriben en España veinte años después de cometerse o después de la última investigación que se hiciera sobre ellos. Como en este caso no se investigó nada desde 1996, el asunto quedó definitivamente enterrado hace tres años, en 2016.

Después de esa muerte de su primera hija, que pasó para todos como un accidente, Ana Julia sigue viviendo en Burgos con su marido y criando a su hija, hasta el año 2009. Así fue. El matrimonio tuvo incluso un golpe de suerte en el año 2003. Ganaron la Bonoloto, un total de 93.000 euros de premio con el que se fueron a la República Dominicana, hicieron un crucero y vivieron bastante bien durante cuatro años más. El dinero se acabó hacia el año 2009. Y ese año, Ana Julia le explicó al camionero, su marido, que el amor se le había acabado y que quería divorciarse. Fue un divorcio muy complicado. El hombre pasaba 700 euros de pensión para el cuidado de la niña. La mujer lo denunció por violencia de género y el fue condenado a 21 días de trabajos comunitarios. Redondo recordaría después que estuvo cuatro años sin poder ver a su hija. La chica, Judith, cuando cumplió 18 años decidió volver a vivir con su padre, con el que sigue en Burgos.

Y en 2011, Ana Julia que trabajaba en una carnicería, conoce en un bar a un hombre mayor, viudo, un hostelero que andaba bien de dinero y con el que inicia una relación. Se llamaba Francisco Javier Sánchez y era un hombre que se sentía muy solo. Era alcohólico y estaba viudo y distanciado de los hijos. Estaba gravemente enfermo y murió en diciembre de 2012. Durante ese año y pico de relación, que los hijos del hombre no aprobaban, el le compró una casa en Concepción de la Vega, en República Dominicana, y puso a su nombre el alquiler del local que regentaba. También la hizo beneficiaria de un seguro de vida por valor de 30.000 euros más, que Ana Julia cobró después de que falleciera. Dos días antes de la muerte de este hombre, Ana Julia se operó para aumentarse los senos. Aquello costó unos 6.000 euros que fueron pagados por el que entonces ya era un enfermo casi agonizante mediante un crédito que había firmado en el propio hospital.

La hija de ese hombre explicó a la Guardia Civil que Ana Julia se llevó del hospital las joyas que llevaba el hombre cuando murió, valoradas en unos 3.000 euros. Y la tarde del velatorio de este hombre, en el que Ana Julia estuvo, según recuerda la familia, llorando y dando gritos, ella se fue al cine con un señor mayor que tenía una traqueotomía. Se llamaba Juan Manuel Ortega y tenía un cáncer de garganta. Murió en 2015 y para entonces, según la declaración de su hermana, le dio a Ana Julia unos 17.000 euros, la última parte, algo más de 1.300 euros, para una operación estética.

Ya estamos en 2015 y Ana Julia Quezada ha perdido a una hija y ha visto morir a dos parejas en Burgos. Entonces conoce a un trabajador del Diario de Burgos, aficionado al rock y la guitarra y ambos deciden irse a vivir a la provincia de Almería para empezar de nuevo. Y así se instala Ana Julia en Almería, con su pareja, Sergio. Ambos tratan de ganarse la vida trabajando en un local de hostelería en la zona de Las Negras. Aquello termina mal también, se separan y, en septiembre de 2017 Ana Julia conoce a Ángel, el padre del niño Gabriel Cruz, que está separado de su mujer, Patricia. Muy pronto inician una relación sentimental y ella se va a vivir con él.

Es una biografía tremenda, casi de una depredadora. Entiendo que aprendió a engañar a los hombres, a aprovecharse de ellos ejerciendo la prostitución, pero luego hizo de eso su forma de vida, y luego matar a un niño...

El capitán Quintana, el perfilador del Servicio de Análisis de Comportamiento de la Guardia Civil, nos comentaba, en palabras poco científicas, que Ana Julia es el peor ser humano que ha visto, que ha estudiado en su vida profesional, y ha visto mucho, entre otros individuos, por ejemplo, a El Chicle, el asesino de Diana Quer. Habla de su frialdad y de su ausencia total de afecto. Es un misterio el móvil, el porqué del crimen de Gabriel Cruz. La hipótesis de los investigadores es que el niño la estorbaba en su relación con el padre, con Ángel. Que matando a Gabriel, Ana Julia conseguía un beneficio emocional, se quitaba a un competidor por el amor y la atención de Ángel. Ella quería viajar, ver mundo, vivir de otra manera... De hecho, mientras el niño está desaparecido, ella anuncia a su hija Judith, que había llegado desde Burgos, que va a casarse con Ángel y que todo estaba listo, que ella tendrá que dejar de trabajar para cuidar a su marido que estará destrozado.

Ella ha admitido que la tarde del 27 de febrero de 2018 llevó al niño en coche a la finca de Rodalquilar hacia las cuatro menos veinte. Y también que lo mató, ella dice que sin querer, porque el niño había cogido un hacha y la insultaba. Luego, lo desnudó y lo enterró en un hoyo que hizo. Posteriormente, avisó al padre de que el crío había ido a jugar a casa de sus primos y no había vuelto.

Es difícil de creer que un niño de metro treinta y 24 kilos amenazara con nada a una mujer como Ana Julia. Las pruebas indican que fue ella quien cogió luego el hacha porque el cadáver del niño no cabía en el hoyo que había hecho, salía un bracito y ella golpeó con el hacha para meterlo, llegó a partir así el radio y el cúbito del crío. Luego cubrió el hoyo con piedras y maderas. Tras la desaparición de Gabriel y la denuncia familiar se produce una movilización social enorme que posiblemente desbordó a Ana Julia, quizás no entendía por qué tanto revuelo si cuando su hija pequeña había muerto en Burgos, 22 años atrás, nadie había preguntado. Y empieza la búsqueda de Gabriel y la farsa y el fingimiento de esta mujer, como la define el escrito de acusación contra ella.

Los primeros días las investigaciones se centraron en Diego, un tipo con ciertos problemas que había estado obsesionado con la madre de Gabriel, Patricia. La había acosado y tenía una orden de alejamiento, no podía acercarse a ella. Tenía una pulsera de control que registraba sus movimientos para evitar que se saltara la orden. Pero había testigos que aseguraban que lo habían visto metiendo una pala en una furgoneta y el sistema telemático, llamado Cometa, que enviaba la señal de su posición con la pulsera, falló varias veces la tarde de la desaparición de Gabriel, de forma que Diego pasó a ser sospechoso y su casa y su coche fueron registrados. Allí había un retrato muy bien hecho, muy detallado, aunque roto, del rostro de la madre de Gabriel.

Pronto parece descartarse esa posibilidad, Diego era totalmente inocente, nunca se había acercado al hijo de Patricia. Y entonces empieza a complicarse la situación de Ana Julia, que aparecía como victima y también como buena pareja consolando al padre de Gabriel.

A veces simulaba estar afligida, otros días decía: “lo vamos a encontrar hoy, va a aparecer cansado y le daremos una Coca Cola...” El primer dato que llamó la atención de la Guardia Civil fue que insistía en que había que ofrecer una recompensa por el niño y luego se enfadó mucho cuando supo que eran 10.000 euros, le parecía poco dinero, quería que se subiera a 30.000 euros. Para entonces, los investigadores de la UCO ya tenían los datos principales de su vida en Burgos, que ella les iba desmintiendo, pero que la situaron casi casi como única sospechosa, una vez descartado que Gabriel hubiera sufrido el ataque de un pederasta.

Y aquí, casi al tercer día de la desaparición de Gabriel, la Guardia Civil decide manipular a la sospechosa de una forma sutil. Lo contaba Luis en El Periódico de Catalunya, como es la pareja del padre, que está totalmente enamorado de ella, ven que Ana Julia se entera de casi todo lo que hacen los investigadores y deciden darle la vuelta a eso y provocarla.

Los guardias civiles tienen dos aliados en esa estrategia. Uno es un allegado al padre, un hombre de su confianza, con buena relación con la Benemérita. Los investigadores le cuentan sus sospechas sobre Ana Julia y le dicen que van a empezar a transmitirle mensajes más o menos falsos para intoxicarla. El hombre debe contárselos a ella como si fuera un secreto o, también, decírselos a su amigo, el padre de Gabriel, que seguro que se los contará a Ana Julia. Es decir, aprovechan que ella cree que se entera de todo lo que investigan para engañarla y que, como dicen ellos, "se mueva", cometa un error que les lleve a Gabriel. Además tienen otra ventaja, el teléfono de la mujer está pinchado y la escuchan reaccionar a sus mensajes casi en tiempo real.

Durante varios días lo hicieron, convencidos de que ella sabía dónde estaba Gabriel, vivo o muerto. Al final, los agentes de la UCO le hacen llegar a Ana Julia que han descartado el asunto del pederasta, porque si fuese un secuestrador de menores que pasaba por la zona, habría atacado al niño y dejado algún rastro de él, alguna huella. Y que no se encuentra nada en el rescate. Que tiene que haber sido alguien cercano al padre o a la madre. Ana Julia habla por teléfono con un amigo y divulga la teoría de los enemigos de la madre, que debe dinero, que la odia mucha gente... Pero finalmente el truco funciona y el 3 de marzo comete un error grave que ya prácticamente la convierte en única sospechosa.

Es cuando convence a Ángel, el padre de Gabriel, de ir a pasear por una zona donde ya se había buscado al niño, y como por casualidad, ella encuentra la camiseta que llevaba el crío cuando desapareció.

En un lugar, por cierto, muy cerca de donde vive Sergio, su anterior pareja y a la que parece que pudo tratar de señalar con ese movimiento. Imaginemos la situación, el padre de Gabriel que ve llegar a su pareja con la camiseta del niño en la mano. Ambos van juntos al puesto de control, a entregarla. El padre está muy nervioso, ella asegura que se ha hecho un esguince en un tobillo y que tiene mucha ansiedad. Un sanitario de Cruz Roja le ofrece medicación, ella la rechaza. Le toman la tensión y la tiene perfecta, como si estuviera tumbada durmiendo la siesta. No la necesita.

La Guardia Civil no la pierde ya de vista, la vigila, la sigue, coloca micrófonos en su coche. Y Ana Julia sigue cometiendo algunos errores. Asegura que ha perdido el teléfono móvil durante la búsqueda de Gabriel. Un voluntario lo recupera. Dos días después, vuelve a perderlo. Utiliza el de Ángel. Posiblemente para tratar de que no la escucharan.

Todo eso era falso, obviamente. Y aquellos días, se aumenta la presión sobre ella, se hacen correr rumores: los guardias civiles ya tienen un dato sobre dónde está el cadáver de Gabriel, hay unas cámaras de seguridad que han grabado algo... El 11 de marzo, Ana Julia se mueve de nuevo y varios guardias la siguen.

Vuelve a la finca, abre el hoyo y desde lejos dos agentes ven como saca algo en una sábana que mete en el maletero del coche. Es el cuerpo del crío. La siguen y escuchan lo que va diciendo gracias a los micrófonos que han instalado. Ana Julia dice: "dónde lo puedo llevar yo, a algún invernadero?", Y también "no quieren un pez, les voy a dar un pez por mis cojones", en alusión a la movilización popular por Gabriel, el pececito. Cuando llega a Vícar, la detienen y recuperan el cuerpo del niño.

En esa finca habían estado, con Gabriel enterrado ya, la hija de Ana Julia, algunos voluntarios, guardias civiles... habían pasado incluso casi por encima del hoyo... Lo que da idea de la frialdad de esta mujer.

Su hija mayor, Judith, contó que le llamó la atención que en esas visitas a la finca donde había enterrado a Gabriel, Ana Julia nunca llevó a su perrita, imaginamos que por miedo a que descubriera el cadáver. Allí llevó también a la prima hermana de Gabriel, una chica de 13 años, al hermano del padre, que durmió en la finca... Hizo que algunas voluntarias movieran unas tablas y las colocaran sobre el hoyo donde estaba enterrado el niño...

La fiscalía y la acusación particular piden prisión permanente revisable para esta mujer; sus abogados, tres años de cárcel por homicidio involuntario. Y hay un detalle curioso, se pide que la condenen por el sufrimiento de los padres, por ese fingimiento atroz.

Eso es, piden que la condenen también por dos delitos de lesiones psíquicas a Patricia y Ángel, los padres de Gabriel. Ambos necesitan tratamiento y sufren estrés postraumático. Si el jurado la considera culpable de esos dos delitos, puede aumentar su pena hasta en tres años de cárcel por cada uno de ellos.

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