Una vez escuché a un veterano periodista relatar una historia que le sucedió cuando llegó a su primera redacción hace varias décadas. Tímido, y todavía asentándose entre sus nuevos compañeros, se le ocurrió hacer una pregunta a su jefe: "¿Disculpa, se puede fumar?" Su superior le miró con condescendencia y le respondió tajante: "No". A lo que el recién llegado replicó: "¿Y esos que están fumando?" Casi sin dejarle terminar, le contestó: "Son los que no han preguntado, aplícatelo".
Con lo sucedido en los test de Fórmula 1 en Barcelona, en el circuito de Montmeló, fue inevitable que se me viniera a la cabeza esa historia de periodismo del antiguo, el de estar en el lugar de los hechos, el de hacer todo lo posible por estar cerca de la noticia. Y eso mismo hicieron varios periodistas que cubren habitualmente la categoría reina y que no se amedrentaron por la hipotética imposibilidad de seguirlos mediáticamente.
Uno de ellos es Jorge Peiró, que junto a otros como los creadores de contenido Nachez, Ekaitz Gil o el legendario periodista británico Jon Noble, ofrecieron multitud de informaciones que no habrían trascendido sin su empeño y sin sus pequeñas 'locuras' para conseguirlas.
Test a puerta cerrada y periodismo a la intemperie
Sin retransmisiones y con un acceso vetado a la prensa, la información de los test parecía destinada a limitarse a comunicados oficiales de los equipos, siempre filtrados por sus propios intereses.
Ese escenario provocó enfado entre periodistas y aficionados. "No era justo ocultar unos días tan clave, todos queríamos ver qué pasaba con estos coches", explica Peiró. Los equipos habían pedido privacidad por miedo a imágenes comprometedoras, pero la realidad fue que se desarrollaron tres días normales de pruebas, sin motores explotando ni escenas apocalípticas. Lo que nadie esperaba es que la información acabaría saliendo… desde las colinas que rodean el circuito.
Durante horas, Peiró y compañía permanecieron en el monte, moviéndose de un punto a otro cada vez que la seguridad les desalojaba. "Era como el perro y el gato, un juego del escondite constante, siempre con respeto. Ellos hacían su trabajo y nosotros el nuestro", resume. Hasta nueve horas al día siguiendo coches que apenas se dejaban ver unos segundos en una curva.
El encuentro con una leyenda del paddock
En una de esas huidas apareció Jon Noble, uno de los periodistas británicos más veteranos del paddock. "Nunca había hablado con él. Nos vimos el lunes y a las 09.20 ya nos estaban echando de la primera colina", recuerda Peiró. De compartir frustración pasaron a compartir colina, prismáticos y confidencias.
Noble incluso llevó al grupo a un punto tan remoto que apenas se veía nada. "Él se tomó al pie de la letra eso de que todo lo que ves pertenece al circuito. Se fue lejísimos", cuenta entre risas. De esa convivencia improvisada salió una amistad inesperada, una invitación al podcast del británico y la sensación de estar viviendo algo único. "Éramos prácticamente la única fuente de información para todo el mundo de la Fórmula 1. Italianos, brasileños, argentinos… todos citaban lo que contábamos desde allí".
De las colinas al aeropuerto
Lo que empezó como una apuesta con pocas expectativas acabó convirtiéndose en una cobertura alternativa que fue creciendo día a día. "Pensábamos que iba a ser un viaje en balde, estar nueve horas viendo pasar un coche cinco segundos. Pero cada día pasaba algo y ha merecido mucho la pena", reconoce Peiró, que junto a Ekaitz y Nachez acabó siendo bautizado en redes como "el trío Calabozo".
El momento culminante llegó con una idea que ponía la guinda: seguir el avión que traía el Aston Martin. Mientras miles de aficionados rastreaban el vuelo por internet, ellos se subieron al coche y fueron hasta Girona. Aterrizó el avión correcto, apareció el camión de DHL y las imágenes del traslado al circuito se hicieron virales. "No lo perseguimos, lo soltamos enseguida. No era plan de liarla. Pero fue brutal ver la reacción de la gente", explica.
Reconocimiento inesperado
El eco de la cobertura llegó incluso a los propios protagonistas del Mundial. Pilotos, como Esteban Ocon, y jefes de equipo, como James Vowles, destacaron públicamente el trabajo de los "fans de la colina". Ese reconocimiento tuvo también su cara B. "Desde el martes bajé mucho el tono. El pase del paddock es importante para mí y hay que saber medir", admite Peiró, que evitó difundir imágenes para no cruzar líneas rojas con la Fórmula 1.
Aun así, el impacto fue evidente. Accidentes que no se comunicaron oficialmente, como el de Hadjar con su flamante Red Bull, que contó 'Soy Motor', la parada del Aston Martin de Stroll o banderas rojas, se conocieron gracias a quienes estaban fuera del circuito, literalmente en la maleza.
¿Habrá más locuras?
La experiencia dejó la tentación de repetir el formato en Baréin, cambiando colinas por dunas. La logística, sin embargo, lo hace inviable por ahora. "Barcelona no es Baréin. Es mucho más complicado y esta vez no estaremos", zanja Peiró.
Lo que sí queda es un formato distinto, a medio camino entre el periodismo clásico y el entretenimiento. Todavía hay historias que solo se cuentan estando allí, aunque sea subido a una colina. Y, como resume el propio Peiró, con orgullo: "Ha sido una locura, pero ha merecido mucho la pena".
