Vivimos rodeados de pantallas. Nos hacen fotos con el móvil, nos retocan con filtros y guardamos miles de caras en una galería que casi nunca volvemos a mirar. Pero durante siglos, cuando alguien quería conservar su imagen, recordar un gesto o llevarse un retrato a casa, necesitaba la mano de otra persona.
De esa vieja costumbre sigue viviendo un pequeño grupo de artistas en pleno centro de Madrid. En la Plaza Mayor, entre terrazas, turistas y prisas, todavía hay caricaturistas y retratistas que se ganan la vida mirando a quien se sienta delante y convirtiendo una cara en dibujo.
Uno de ellos es Miguel Ángel Sanz Romero, madrileño, dibujante y vecino habitual de los soportales desde hace más de treinta años. Su historia empieza mucho antes de instalar su silla en la plaza: empezó en clase, haciendo caricaturas a profesores mientras se aburría en el colegio. Lo que entonces era una forma de pasar el rato acabó convirtiéndose en profesión.
"Cuando vi que podía vivir de ello, seguí", resume.
Desde entonces ha retratado a miles de personas. Turistas, parejas, familias, curiosos y todo tipo de perfiles que se cruzan cada día por uno de los lugares más visitados de la capital. "Aquí ves de todo, desde el ejecutivo hasta el zumbado", cuenta. Y después de tres décadas observando rostros, lo dice con conocimiento de causa.

La calle como oficina
Pero vivir del dibujo en la calle no tiene demasiado de bohemio. Depende del tiempo, de la temporada y de que haya gente dispuesta a sentarse unos minutos. Los meses fuertes suelen coincidir con verano y Navidad. Enero, febrero o marzo, explica, obligan muchas veces a tirar de ahorros.
A eso se suman los gastos habituales de cualquier autónomo: cuota, impuestos y la tasa municipal por ocupar espacio público. Porque para trabajar legalmente en la Plaza Mayor no basta con saber dibujar, también hace falta licencia.
Hace solo unos días se celebró el sorteo de nuevas autorizaciones, un sistema que algunos veteranos critican por considerar que deja demasiado peso al azar. Miguel Ángel defiende que haya regulación, pero cree que debería primar más el criterio profesional y pone ejemplos de puestos concedidos a personas que, según denuncia, se limitan a colorear copias o vender recuerdos ya fabricados.
Pese a todo, sigue allí. Con su carpeta, sus lápices y una sonrisa fácil. Porque más allá de las cuentas o de la burocracia, asegura que lo que le hace salir de casa cada día es que dibujar, además de llenar su bolsillo, le llena por dentro.

