Ya en el siglo V a.C. el rey persa Jerjes I creyó que su descomunal ejército doblegaría a las polis griegas, pero su arrogancia acabó hundida en las aguas del estrecho de Salamina. El orgullo y la terquedad también cegaron a Felipe II a finales del siglo XVI y, convencido de que su armada era tan invencible como lo llegaría a ser el Titanic, no supo prever que los ingleses podrían enviarla al fondo del mar. Algo parecido le sucedió a comienzos del siglo XIX a Napoleón Bonaparte cuando decidió invadir Rusia. Ya cuando era emperador y había conocido las mieles del éxito desoyó las advertencias sobre el clima, la logística y el territorio inhóspito al que se enfrentarían sus hombres. Su prepotencia no obtuvo otro resultado que el de su poderoso ejército derrotado catastróficamente sobre las congeladas llanuras rusas. No pudo ser menos Adolf Hitler, quien también se sintió arrebatado por una soberbia parecida y, negándose a contemplar la realidad, no se retiró de Stalingrado a tiempo y por ello sufrió una derrota que cambiaría el rumbo de la guerra.
Con esta misma necedad comienzo a observar al presidente norteamericano Donald Trump quien, a fuerza de hacer bandera de su megalomanía, no es capaz de leer la realidad y, mucho menos, la historia. Más allá de que él afirme que tiene un coeficiente intelectual elevado, parece incapacitado para recordar cómo el senado romano acabó gestando el asesinato de su líder Julio César cuando este se sentía intocable entre los suyos. No me resulta difícil imaginar su batacazo final, sobre todo porque mes a mes demuestra muchas menos luces que otros grandes líderes que tropezaron por orgullos más modestos.
Desde que asumió la presidencia a comienzos de 2025, no ha cesado de tomar decisiones que para algunos podían ser polémicas, para otros arriesgadas, pero para muchos una genialidad propia de un verdadero líder mundial. Intentar defender los derechos de los estadounidenses a base de aranceles era discutible, pero fueron decisiones legítimas. Invadir Venezuela para deshacerse de un dictador que se reía del mundo fue ilegal, pero muchos lo vimos como un gesto de valentía ante la pasividad internacional. Bombardear Irán para acabar con un régimen que jugaba con la energía nuclear y asesinaba a sus ciudadanos también parecía ser una estudiada estrategia para pacificar la región. Sin embargo, para conocer verdaderamente a Donald Trump solo hay rascar un poco, como en los cartones que llevan premio. Es entonces cuando se observa la realidad tal cual es: nunca hubo ningún plan, ni principios, ni moral. Solo se trata de un paripé que busca construir el coloso de Donald Trump en el centro del mundo y engrandecer su ego. Es como un niño caprichoso que no deja de berrear que él es el mejor y que necesita que la humanidad se lo reconozca.
Esta es la realidad y, mes a mes, se expone al ridículo de sus miserias y caprichos de adolescente que se ha convertido en el hazmerreír de todos. Entonces, lo que parecían decisiones valientes y arriesgadas, se han descubierto como excentricidades en manos de un demente del que no te puedes fiar: ni ha liberado a Venezuela de la dictadura bolivariana, ni ha conseguido hacer prevalecer sus aranceles como esperaba, así como tampoco ha calculado que Irán acabe riéndose de él ante el mundo y, aunque derrotado, lo tenga arrinconado entre la espada y la pared para poner punto y final a una guerra que ha puesto en jaque al planeta.
Nada sucedió por estrategia o decisiones inteligentes. Solo se trata de ego, de ver quién la tiene más grande y por eso coqueteó con la insensatez de anexionar Groenlandia o ampliar su territorio hasta Canadá. No hay más proyecto que él mismo, verborrea peligrosa, pero inútil, y lo peor es que el mundo ya lo sabe. Cada vez que duda y rectifica de forma incoherente el planeta asiste atónito a la certeza de que está atrapado en su propio laberinto, cada vez más solo, alejándose de sus aliados y enfrentándose hasta con el mismísimo Papa León XIV y una aliada estratégica como Giorgia Meloni. Ya a nadie le cabe duda de que Putin es un sátrapa sin escrúpulos, pero la humanidad no lo contempla como una caricatura ridícula que ha ganado las elecciones a fuerza de talonario.
Donald Trump no imagina que la historia es implacable y que, tarde o temprano, el rodillo de la soberbia se acaba estrellando contra cualquier muro inesperado, como le sucedió antes a tantos otros. Para él pueda que sea en las próximas elecciones, pero mientras tanto al mundo le saldrá muy caro, demasiado, porque Trump ha inaugurado un nuevo orden mundial, el de Putin, el de Xi Jinping y de él mismo, el mundo de los que se prueban para ver quién la tiene más grande. Y eso es lo que piensa el estadounidense, que la tiene colosal, enorme, pero solo se trata de un triste colgajo que exhibe todos los días mientras la humanidad lo observa con rubor.
