Por Román Pérez González
La rabia es una sensación que cuesta explicar; es algo liviano, personal, sutil, lo que a mí me da rabia a usted le puede resultar indiferente. A mí me da rabia que Las Palmas tenga que verle las orejas al lobo para ponerse a atacar, para que se sucedan las ocasiones, para que llegue la alegría al juego. Me da rabia porque es la demostración de que se podría jugar más bonito, de que no tendríamos que sufrir tanto.Me da rabia, ya digo, es algo particular; a usted le puede parecer una tontería, pero a mí me da bastante rabia. Es algo estudiado, entiendo que Luis García considera que así se sacan mejor los partidos, de hecho los números así lo atestiguan, pero como esto del fútbol es infinito y tiene tantos matices: estos que digo son los míos.
Me parece innecesario sufrir, encerrarse, despejar como leitmotiv cuando hasta hace un rato eras el dueño del balón, del partido, de las ocasiones. Claro que puede suceder un día, pero ya es un patrón. Y esto no quita para que haya que alabar el mérito del equipo: está en la pomada a falta de ocho partidos para el final. Con la sucesión de quejas y alegrías que han ido desfilando por aquí esa es la realidad.
En una competición tan loca ocho partidos es un mundo, absolutamente todo puede pasar. Da tiempo de mosquearse y enamorarse otra vez varias veces. A estas alturas la situación, lo que se puede esperar, está bastante claro: mi rabia es absolutamente banal es pos del objetivo. Hoy Luis García movió el árbol, algo que casi no había hecho, y algunos como Pedrola levantaron la mano. -Su cara celebrando, la rabia en su rostro-. Seis puntos seguidos en casa no es fácil sacarlos, ¿cuántas veces hemos dibujado esos seis puntos cada vez, cada temporada? Y, ¿cuántas veces se da? No tantas.
Y es un respaldo importante. Calma las aguas que bajaban feas y se duerme cuarto a tres puntos del ascenso directo. No hay motivos para no soñar. Solo es al ver los partidos, al sufrir los partidos, al morir un poco en los minutos bobos de los partidos lo que da rabia.
