En la legendaria rivalidad de los grandes del fútbol español hemos visto casi de todo, manos de goles, bailes de almohadillas, cochinillos voladores más tostaditos que los que salen en tu anuncio… pero lo de anoche tendrá su propio hueco especial en la memoria colectiva de la grada.
El entrenador del Barça conoció horas antes de ejercer que su padre había fallecido. Y con fortaleza, de la que seguro muchos adolecen, tras ubicarlo en el cielo, cogió la batuta y orquestó el ataque, la carrera, el relevo, el pase oculto, la finta invisible y uno de esos conciertos de juego donde las notas son remates y los acordes redondos y sostenidos… goles de éxtasis y celebración.
Los que no son del Barça, reconocen sin pasión el poderío, con algo de resignación, porque si la camiseta no te estrangula la vista, es evidente que al campeón le adornan muchas virtudes que cualquier seguidor querría para su propio equipo.
Lamine se está recuperando, pero tiene mucha porción de gloria, como la visión de superhéroe de Pedri o los dotes de entrega sesuda de Fermín o de Ferrán. Hasta 9 nacionales se vistieron de corto a las 9 de la noche. Latidos de La Masía que luego, sin cupo impuesto de por medio, se prolongarán con esa zamarra roja que nos queda bien… a casi todos.
Anoche sonidos, imágenes, sentimientos, homenajes y aplausos sin fin que hoy adornarán también la rúa por las calles tomadas por un conjunto que sigue haciendo su camino. Y todo delante de la cara de tu rival. Rendido, resignado y con una necesidad histórica de parar y pensar cómo quieren ser un némesis de garantía. Hacía mucho que no veíamos en el perdedor tantas asignaturas pendientes. ¡Pero puede venir Mou! Se oye, que es como si quieres hacerte el moderno con tus hijos bailando los pajaritos de María Jesús y su acordeón en un concierto de Rosalía.

