Sabes que de cuando en vez me gusta asomar aquí nombres con apellido que pongan rostro a la esperanza, a la vitalidad, a la bonhomía que parece no sacar codo suficiente en los medios.
Victorino Pineda era un geólogo de Almoradí que murió hace tres años trabajando en una mina de potasa en la localidad barcelonesa de Súria. La fatalidad de esa mañana de marzo, mientras evaluaba la seguridad de una nueva galería junto a dos estudiantes de máster, vio desprenderse un liso de carnalita de una tonelada que acabó con la vida de los tres geólogos.
Esta semana la Universidad de Barcelona aprovechó la apertura de curso para nombrarle a título póstumo doctor en su especialidad, con todo su mérito, su boato y el reconocimiento ante su familia en un claustro silenciado por la solemnidad y el recogimiento. En forma de birrete se debió ver alguna nube panzuda, seguro estoy.
De las múltiples mañanas de sábado que amanezco junto a tu verbo, Juan Diego, son mayoría las que me inspiran a mirar a las aulas, a los docentes, al magisterio, al refugio que me da pensar que entre estas sólidas edificaciones está el mejor de los futuros para todos nosotros. Al mundo incierto, pupitre y pizarra. Al clima loco, estudio y comprensión. Que disfrutéis de un finde maravilloso, amigos.
