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El sueño de Alsina: "Había despertado en medio del Consejo de Ministros y plenamente incómodo"

El director del tramo magazine de Más de uno expone esta experiencia onírica donde el periodista se encuentra bajo la mesa del Consejo de Ministros.

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Carlos Alsina

Madrid |

Carlos Alsina en el estreno de la temporada 2026-2027 de Onda Cero/ Gabriel García Aguilar

Esta noche soñé que despertaba debajo de una mesa larguísima, con patas de madera noble y no menos de quince o veinte piernas.

Las piernas correspondían a personas que estaban sentadas a la mesa. Unas se movían nerviosas; otras, me pareció, taconeando. Había dos que no alcanzaban el suelo. Imaginé que serían propiedad de una persona retaco.

De pronto escuché la voz de un señor que decía:

"Sal de ahí debajo, Alsina."

Me recordó muchísimo a la voz de Sánchez, pero lo atribuí a los ocho años que me he pasado pendiente de cada palabra suya.

Asomé la cabeza y, en efecto, era Sánchez.

Me incorporé como pude, abriéndome paso entre el bosque de piernas, y pude ir poniendo cara a cada par de extremidades.

Las más cortitas debían de ser de Albares o, a lo mejor, de Bolaños, que, como yo, tampoco es Sabonis.

Comprendí que había despertado en medio del Consejo de Ministros y plenamente incómodo.

Le rogué a Carlos Cuerpo que me contara cualquier cosa para volver a quedarme frito. Pero Sánchez, adelantándose a mis deseos, me advirtió de que permaneciera callado.

"Todo lo que se dice en esta sala es secreto, Alsina"

Me soltó, con ese tono pelín borde que sus followers llaman empatía:

"No, si yo ya..."

No me salió decirle nada más. Para que estuviera tranquilo.

El ambiente, no te lo oculto, era tenso.

Le había oído a Rafa contar la mañana anterior que estaban a tortas los ministros de Sumar y los del PSOE por el decreto de la vivienda, pero me sorprendió que Isabel Rodríguez llevara casco, chaleco antibalas y escudo de policarbonato.

Llevaba hasta protector testicular, me chivó Marlaska, que es quien le había facilitado la equitación a costa de dejar desprotegido a un antidisturbios en Ceuta.

A mí Isabel Rodríguez me gusta porque sonríe hasta cuando calla y porque en toda esta crisis está como ausente.

Pero me resultó excesiva su protección de autodefensa porque enfrente solo estaban Mónica García y Sira Rego, armadas con dos canutos de boli Bic y un arsenal de bolitas de papel chupado.

Reparé entonces en que la silla de la vicepresidenta segunda estaba vacía, sin que a Sánchez pareciera importarle.

Pero hice un barrido de la sala con mi vista del ICEX miope y vi que, en una de las esquinas, había una tienda de campaña.

"Hasta aquí ha llegado el fantasma de la Puerta del Sol", pensé para mí.

Y así era.

Porque salió de la tienda Yolanda Díaz, tocando la guitarra como si fuera María Garrafón en 'Verano Azul', en el barco del Gobierno.

"No nos moverán del barco del Gobierno. No nos moverán."

Detrás de ella, Urtasun sostenía una pancarta sin demasiado tirón, a juego con su ministerio.

Se añadió al cántico de Yolanda:

"Porque en Moncloa tenemos nuestra casa. No nos moverán."

Me pareció que a Óscar Puente se le iban los pies, pero en realidad es que se iba él de la sala, disgustado con la canción elegida porque le parecía de muy mal gusto comparar a Chanquete, que palmó en su primera temporada, con el puto amo que pretende vivir y gobernar eternamente.

Como Yolanda solo se sabía un estribillo, al bar solo se sabía el himno de Marruecos y Margarita:

"La muerte no es el final."

Se acabó pronto el concierto y empezó la discusión sobre el decreto.

O sea, empezó el desconcierto.

El jurista que lo había redactado sabría mucho de leyes, pero era incapaz de poner una coma en su sitio, de manera que no quedaba claro si Mari Carmen podría seguir viviendo en su casa o todos los habitantes del distrito de Retiro serían desahuciados.

Incluida Mónica García, que del sobresalto se tragó el canuto con las bolitas chupadas y tuvo que ser atendida por el equipo médico habitual, que es el único que aplaude su estatuto marco.

Abandoné discretamente la sala mientras los ministros fiaban y filtraban borradores falsos a la prensa.

Me crucé en la verja con Núñez Feijóo, que había acampado en el parking de Estadística, temiendo que Abascal le madrugara la poltrona.

Su acampada la transmitía en streaming Vito Quiles y cada veinte minutos Feijóo hacía declaraciones.

Siempre la misma, pero en riguroso directo.

Conmovido y empático con Mari Carmen, el del piso del que hablaba era del de Jesica, la de Ábalos.

Apareció entonces Marlaska, dando órdenes a la Policía de que evacuara a aquel señor y se lo llevaran a Sol para que lo recogiera Ayuso.

Yo aproveché y me subí a un taxi.

Iba escuchando el podcast de La Brújula.

Marta emitía con un reloj sobreimpresionado que marcaba una cuenta atrás, que es lo que a ella más le gusta.

"Pasado mañana es víspera de viernes", decía.

"Y además ya será octubre y habrá vencido el plazo constitucional para presentar, un año más, los Presupuestos."

"Me lee el pensamiento", pensé.

Pensando que yo mismo debería haberlo pensado y pensando también que al ministro Carlos se le está poniendo el cuerpo de María Jesús Montero.