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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Sánchez se basta solo y aunque veamos a Iglesias de secretario de Estado, no es una coalición"

Llegamos al final del mes y se divisa ya, a la vuelta de veinte días, el verano. Hay dos acontecimientos que dan fe de las fechas en las que estamos. Dos citas que llegan cada año. La final de la Champions, mañana en Madrid. Y la Feria del Libro más importante del país, desde esta mañana en Madrid.

Carlos Alsina
  Madrid | 31/05/2019

El parque del Retiro, en el que ha amanecido este programa, se puebla de casetas para acoger a editores, autores y lectores. La santísima trinidad del sector editorial: la persona que te quiere contar algo, la editorial que hace posible que te lo cuente y cada uno de nosotros, los lectores que escogemos qué género y a qué autor nos interesa más escuchar.

Hoy, hasta las doce y media, emitimos desde el Paseo de Coches del Retiro, entre libros, entre editores y entre casetas. A cielo abierto y en la confianza de que se cumpla el pronóstico que dice que no vamos a tener una nube ni pintándola. A partir de las diez, aquí mismo, los Culturetas asumirán el desafío de encararse con sus propios seguidores y firmarles, con generosidad, la lista de agravios y el buzón de quejas.

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El otro acontecimiento del fin de semana es el desembarco inglés en esta ciudad. Al Retiro no sé si llegará hoy la marea, pero en el Wanda Metropolitano caben setenta mil personas y vienen de camino más ingleses de los que entran en el estadio. Hágase usted a la idea: ochenta mil británicos con el día (y la noche) por delante antes de ver mañana la final de la Champions. Hoy se extenderá la marea inglesa por el centro de Madrid: Puerta del Sol, Plaza Mayor, Plaza de Oriente. El cuartel general del Liverpool, verdugo del Barça, está en la plaza de Felipe II, el rey que las tuvo tiesas con Isabel I. El cuartel general del Tottenham, en la plaza de Colón, que antes evocaba al Almirante de la Mar Océana y ahora el naufragio de Casado, Rivera y Abascal en su empeño de tumbar a Pedro Sánchez en las últimas elecciones generales.

Un año después de la moción de censura que convirtió a Mariano Rajoy en un bolso, Sánchez ha aprobado la reválida de las urnas pero aún no tiene amarrada la investidura. O eso dice la versión oficial, que aún no ha empezado el cortejo de los 176 votos necesarios para salir investido a la primera o de los más síes que noes para lograrlo a la segunda.

Ayer difundió el coronel Tezanos una encuesta que dice que la opción preferida por los españoles es un gobierno en solitario de los socialistas. Los españoles somos gente ya muy fogueada y sabemos que un gobierno en minoría lo mismo dura un suspiro (ahí tienes el Sánchez primera parte) que aguanta, sin problema, una legislatura (Zapatero gobernó en minoría, Aznar gobernó en minoría). Porque los españoles, que algo ya vamos sabiendo, hemos aprendido que la clave no es cuántos partidos integran un gobierno, sino cuántos diputados se comprometen a sostenerle hasta las elecciones siguientes. Estampando su firma en un papel que se llama pacto de legislatura. No es para investir presidente, es para que, en cuatro años, el presidente no caiga.

La versión oficial también dice que no hay novedad en la relación a tirones que mantiene Sánchez con su compadre morado, el camarada Iglesias. Esto de las negociaciones políticas es un cosa extraña que consiste en que todos dicen que aún no se han reunido hasta que un día salen a contarte que se han casado. Cinco días han pasado de las elecciones de mayo y no se ha resuelto una sola de las incógnitas con que terminó la noche del domingo. Pero es que ha pasado un mes de las elecciones de abril y seguimos como estábamos. Sin investidura a la vista y sin negociaciones oficiales.

Así las cosas, los medios de comunicación sirven para que los afectados finjan lanzarse mensajes que, en realidad, no son para ellos sino para nosotros. Si Sánchez quisiera decirle a Iglesias: 'asume tu pequeñez, chiquitín, y déjame gobernar a mi aire' le enviaría un WhatsApp con emoticono de guiñar el ojo. Pero si Sánchez lo que quiere es decirnos a los demás que él se basta y se sobra para gobernar solo, entonces lo que hace es enviar a José Luis Ábalos, portavoz para todo. A explicarnos que aunque acabemos viendo a Irene Montero de ministra, o a Pablo de secretario de Estado, no debemos llamarle a eso gobierno de coalición porque a él la palabra no le gusta.

Tampoco parece que se le vea muy tenso al PSOE con esto de la investidura de Sánchez. Si de verdad está todo en el aire, no lo parece.

En los dos ayuntamientos que más presupuesto gestionan, Madrid y Barcelona, la duda sigue en el aire. En Madrid, porque Ciudadanos no quiere saber nada de Vox y en Vox se sienten heridos y reclaman a Rivera que deje de tratarles como apestados o dejan que siga de alcaldesa Manuela Carmena.

El domingo, Carmena creía tener despejado su futuro (para mal, porque se veía cogiendo la puerta) y ahora está como el resto de los madrileños, esperando a ver cómo acaba la película de suspense.

En Barcelona, Colau ignora el ofrecimiento de Valls y lo fía todo (o eso dice) a un acuerdo a tres bandas con Esquerra y el PSC, el acuerdo imposible. Sube de volumen el runrún que dice que a Colau se le busca destino apetecible en Madrid, algún puesto con relumbrón para que siga su carrera pero despeje el camino a un alcalde socialista. La famosa patada institucional hacia arriba. Misma fórmula que busca Sánchez para anular de una vez a Susana Díaz.

Y entre medias, el independentismo y su raca raca. El muñeco de Puigdemont, Torra, sermoneando ayer a los empresarios del Circulo de Economía y colocándoles su famosa mercancía averiada: eso de que el 80 % de los catalanes quieren un referéndum y eso de que la ONU ha censurado la prisión provisional de Junqueras y los demás mártires de la democracia. El problema de sermonear a los demás y pretender que se conviertan a la religión independentista es que ellos te devuelvan el sermón animándote a hacer de verdad tu trabajo.