Hoy la historia que podría contarles duraría seis horas, o doce, o todo el día. Porque es la historia de una vida y de un amor. La vida, muy fecunda, muy dichosa, muy laboriosa, se terminó ayer. Era la vida de Fernando Ónega. Y su historia de amor, la que yo puedo contar, no es la del mayor amor de su vida -porque el mayor amor de su vida fue su familia, Ángela, Cristina, Sonsoles, Fernando (que sigue siendo el pequeño aunque pequeño ya no es)-, sino que es la historia -la que yo puedo contar- de su segundo mayor amor, que fue la radio.
Ónega me relativizaría esto porque él era muy de relativizar algunas cosas y me diría que fueron varios los amores: el periodismo, la libertad, Galicia (no me olvido de Galicia, hermano mayor de la cofradía de los gallegos afincados en Madrid), no me olvido de España -el amor por la convivencia en España-, pero, querido Fernando, en el fondo tú sabes que era la radio lo que latía (o te latía) cada minuto ahí dentro.
Te era tan necesaria, era tan tuya, que con permiso de Sonsoles y de Cristina me atrevo a decir que la radio fue tu tercera hija y que, como hija que fue, te dio grandísimas alegrías y unos cuantos disgustos. Ganan por goleada las alegrías a los contratiempos, pero algunos de los contratiempos… fueron tela.
La radio fue tu tercera hija
Ónega habló cada día en este micrófono, incluso varias veces al día. Y Ónega escribió para la radio cada mañana y cada tarde. Escribió mucho. Escribió tanto que habríamos de ponernos ya a la tarea de reunir todos aquellos folios y darles nueva vida para que no se pierdan.
Fernando nunca fue un nostálgico pero siempre fue un cultivador celoso de la memoria. La memoria como escuela y la memoria como prevención para no cometer los errores, los abandonos y los atropellos que otros cometieron antes que nosotros.
Esta historia de amor, con una parte de la radio que en España somos nosotros, Onda Cero, comenzó en el año 91, treinta de septiembre, con una carta. Ónega, el escribidor de cartas.
El escribidor que luego fue director general, o sea, director de todos en esta radio. Encargado de templar gaitas -eso sí que fue un desafío- en aquella temporada en que aquí se juntaron personalidades tan firmes, y tan celosas de lo suyo, como Del Olmo y García.
Y ocupado en enseñar radio a quienes entonces empezaban con el procedimiento revolucionario de abrir los ojos y dar ejemplo, sin lecciones magistrales ni cátedras ni púlpitos ni nada, porque nada de todo eso necesitó nunca Ónega, por más que bromeara, y bromeáramos, con la manía que nos había entrado a todos de dar sermones. Lo de Fernando lo habría llamado Amón magisterio atmósferico. El que no se ve, pero se respira. El que no se hace notar, pero se percibe. Se percibe en la obra de los discípulos.
Se percibe en la obra de los discípulos
La historia de amor de Ónega con la radio (y en concreto con ésta, la nuestra) empezó en el año 91 y no se terminó ya nunca. Siguió ejerciendo siempre de enamorado. También cuando se despidió de este micrófono hace ahora tres años: dejó el micrófono pero permaneció a ese otro lado, es decir, a nuestro lado.
No me perdonaría Fernando Ónega que siguiera hablando de él sin contarles ya la actualidad de este nuevo día. Y como recordábamos anoche con Rafa en La Brújula, programa que bautizó él, aunque Fernando siempre tenía la deferencia de tratar al conducor del programa en el que entraba como director -buenos días, director-, el director de directores era él.
Trump amenaza a España
En el quinto día de la guerra en Irán, hoy sí. Hoy el presidente Sánchez, a quien ayer reproché que no hubiera encontrado tiempo, entre galas de cine, ferias tecnológicas y tuits, para dirigirse con cierta solemnidad a los españoles y contarnos qué posición tiene el gobierno ante la grave crisis que Israel y Estados Unidos han abierto en Oriente Medio, hoy sí ha encontrado un hueco el presidente y a las nueve ofrecerá en la Moncloa una de esas declaraciones que le son cómodas en la medida en la que sólo tiene delante una cámara y a sus equipo de estrechos colaboradores. O sea, sin periodistas, formato plasma. Pero comparecer, comparece.
Bien es verdad que no será estrictamente para hablar de lo que está sucediendo en Irán desde el sábado sino de lo que está sucediendo entre Estados Unidos y España desde la tarde de ayer, cuando el sheriff del universo, amo imperial Donald Trump, nos ha puesto la cruz (otra vez) y ha amagado con castigarnos por tener un gobierno que le critica los bombardeos y le niega la asistencia en las bases aéreas de uso conjunto.
Trump lleva mal que no se le haga la ola, es conocido; aprecia a quienes le están bailando siempre el agua, pero para eso ya está Mark Rutte. Y se cree con el mismo derecho a cargarse jefes de Estado en América o en Oriente Medio que a romper relaciones comerciales con un país sólo porque su primer ministro se le ha revuelto.
Trump, como también se sabe, es más de anunciar represalias terribles a los aliados europeos que de consumarlas, y a esa confianza se encomiendan (ésa es la vela que han encendido) las empresas españolas que exportan sus productos a Estados Unidos o que importan productos de allí, porque son las empresas las que, en realidad, mantienen la relación comercial entre dos países. Quieren pensar que estamos ante un calentón, un desahogo, una fanfarronada del gran fanfarrón.
Quieren pensar que estamos ante un calentón, un desahogo, una fanfarronada del gran fanfarrón.
Pero claro, también parecía un disparate la tabla aquella de los aranceles a todo país viviente y ahí seguimos, pese a la anulación del Tribunal Supremo y sin que los exportadores puedan hacerse sus cuentas en serio porque lo que hoy es blanco, mañana es negro. También pareció una baladronada amenazar a Maduro con sacarle a rastras de Miraflores y, al final, eso es justo lo que hizo. De ahí que la inquietud se haya añadido a la preocupación y la preocupación, a la incertidumbre. Dando como resultado un cóctel desolador.
El Gobierno de España hizo lo que pudo ayer para sofocar los ánimos revueltos invocando a la Unión Europea como lo que es: bloque comercial con mercado único. Es decir, recordándole a la Casa Blanca que hay acuerdos que están en vigor y deben ser cumplidos. Nada distinto de lo que ya dijo la comisión europea la semana pasada a cuento de los aranceles sin que en Washington se despeinaran.
Un portavoz de la comisión recordó ayer lo mismo, que el castigo de uno de los países de la Unión sería respondido como un castigo a todos. Pero, para desgracia de nuestro gobierno, sucede que ayer ocurrió algo peor. Y es que Trump pegó su golpe de emperador en la mesa sólo unas horas después de que el gobierno hiciera saber, primero en El País y luego por boca de Albares, hasta qué punto estaba seguro de que negar las bases a los americanos no tendría, en realidad, ninguna consecuencia negativa para nosotros.
Pues para no esperarla, ya lo creo que llegó. El Ibex, un 4.5% a la baja. Y esto ya no es cuestión de derechos humanos y legalidad internacional, esto ya es un gobierno que equivocó el cálculo sobre el efecto de sus decisiones. El efecto de ser visto no ya como el sector crítico de un ataque militar a Irán, sino como la oposición activa a ese ataque que, en lo que puede, lo entorpece.
El efecto de ser visto no como un aliado que arrastra los pies, sino como un no aliado; para Trump, se entiende; pero es que para Trump un no aliado es lo mismo que un obstáculo, un problema, un adversario; y aunque al gobierno (y no sólo a él) le disguste este Trump es el único presidente de Estados Unidos que hay, la vida real, los bueyes con los que hay que arar.
Sánchez puede, dentro de una hora, incidir en su oposición a Trump y a Netanyau, endurecer el verbo tras la amenaza comercial de ayer, o puede aflojar, diluir la posición, agravar el tono contra Irán -máquina de bombardear países que no participaron en la campaña militar del sábado- y sonar un poco más parecido a Starmer, a Merz e incluso Macron, aunque sólo sea en el compromiso con la defensa de Europa.

