Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. El niño que creció en Granadilla de Abona murió ahogado. El niño se llamaba Enrique. Y aunque había nacido en Lérida, hijo de militar al que iban cambiando de destino, en Granadilla, con tres años, descubrió los higos pasados, el gofio, el pescado en salazón y el mojo verde.
Granadilla de Abona, 1870, era un pueblo de tejados de barro, como si fuera un nido en las faldas del Teide con vistas al mar y a los barcos que lo surcan. Al niño le ponen un taburete en la cocina para que observe el azul inmenso mientras la madre le explica que el agua no es una frontera sino un camino.
Y es aquí, en Granadilla, entre vecinos que dejan escapar las eses y le hablan del viento y de los árboles, donde Enrique va a crecer entre el huerto de naranjos y la plaza del pueblo que se llena de trompetas y tambores y platillos cada vez que la banda de música encuentre un buen motivo para romper el silencio y celebrar la vida.
Enrique se apellida Granados, pronto aprenderá a tocar el piano e iniciará una carrera musical que, pasados los años, y pasando por Barcelona, lo llevará a convertirse en uno de los compositores más celebrados y populares de su tiempo, invitado por el presidente Wilson a tocar en la Casa Blanca y contratada su ópera Goyescas en el Metropolitan.
De regreso a Europa embarcó con su esposa primero en el Rotterdam, hasta Inglaterra, y de Inglaterra a Francia en el Sussex. Era 1916. Era la primera gran guerra. Y como cuenta Marta San Miguel en este libro que acaba de publicar Libros del Asteroide, 'Última escala', el torpedo lanzado por un barco alemán hizo que el mar reventara cuando Enrique, con Amparo en cubierta, tratando de adivinar la costa francesa en el horizonte, le cubría a ella los hombros con su abrigo y le decía: 'Mejor, entremos'. Ambos perecieron aquel día, ella caída al agua y él, sin saber nadar, lanzándose desde el bote no para salvarla sino para morir juntos. Y abrazados, contaron los testigos.
Granadilla de Abona fue para Enrique Granados, él lo dijo, el paraíso de su infancia. Hoy es el nombre de puerto que más han escuchado los españoles de 2026 esta última semana. Y el puerto que más han visto los espectadores de las televisiones de otros países, las estadounidenses entre ellas.
Finalmente, sí atracó el crucero Hontius. No solo fondeó, también llegó hasta el muelle a media tarde de ayer y en un cambio de planes motivado por el mal tiempo: empezó a soplar el viento bastante más de lo deseable para andar con la zodiac para arriba y para abajo. No fue por tocarle las narices al presidente Clavijo, quiero decir, sino para evitar que alguien acabara en el agua.
Aunque el hecho vino a confirmar que podía haberse hecho todo el desembarco con el barco atracado sin que se viera alterada una sola de las medidas de seguridad. Y que si no se hizo fue precisamente para no enconar más la pésima relación que han mantenido estos días el gobierno central y el gobierno autonómico.
Lo decía la ministra de Sanidad en el muelle mientras al fondo se veía, en efecto -ocho de la tarde de ayer- al crucero siendo conducido a alta mar para seguir rumbo a Holanda con la tripulación necesaria -y holandesa- para terminar el viaje y proceder a ser desinfectado.
La crisis del hantavirus ha servido para que muchos españoles pongan cara a la ministra de Sanidad -nada como una crisis sanitaria para que el personal te conozca, mira lo que le pasó a Salvador Illa-, porque hasta ahora a la ministra la conocían, sobre todo, Isabel Díaz Ayuso, que la tuvo de sparring en sus sesiones de control autonómicas, y los médicos de toda España que le tienen declarada una huelga por su falta de receptividad y por no darles solución a su demanda de un estatuto marco propio.
La crisis del hantavirus ha servido para que muchos españoles pongan cara a la ministra de Sanidad
Por supuesto que el Gobierno exprime la operación desembarco para sacar pecho y colgarse la medalla. Qué gobierno renuncia a cubrirse de elogios a sí mismo cuando tiene una razón objetiva para hacerlo. Es verdad que este Gobierno está especializado en el autoelogio -es capaz de comerse a besos incluso por no presentar Presupuestos-, pero si se baña en jabón cuando carece de motivo, no va a dejar de hacerlo cuando los demás gobiernos le reconocen la solvencia, cuando hasta un presidente autónomico del PP, Rueda, dice que ha actuado con seriedad y eficacia y cuando tiene aquí al director de la Organización Mundial de la Salud haciendo piña en Granadilla con Moníca, Fernando y Ángel (la tripleta de ministros, el trío de Granadilla) y camino de la Moncloa para fundirse en un abrazo hoy con míster Sánchez.
Vamos que nos vamos para la Moncloa
Bien hecho, sentencia Tedros Adhanom Ghebreyesus, al que Mónica García llama doctor Tedros para no complicarse la vida y que en su día fue seriamente criticado por su tardía y torpe gestión, por cierto, del coronavirus. Comparte con Sánchez, eso sí -hoy podrán realimentarse- la admiración por el presidente Xi de la China, a quien Ghebreyesus blanqueó a conciencia en los primeros meses de 2020. En fin, el tiempo vuela. Ha aprendido el ex ministro etíope este fin de semana cómo expresamos en español la necesidad de actuar con urgencia.
La crisis del hantavirus, salvo que alguno de los viajeros que ha dado positivo empeorara o aparecieran nuevos contactos son síntomas, ha quedado encapsulada, el brote está bajo control, los ministros se vuelven para Madrid -incluido el canario Ángel Víctor Torres, ministro para todo-, Clavijo se queda tranquilo (molesto con Mónica García por contar conversaciones privadas, pero tranquilo porque el barco se marchó sin romper nada) y Granadilla de Abona, el paraíso de la infancia de Granados, recupera la tranquilidad de su vida cotidiana.
Indagaciones contra Zapatero
A diferencia de José Luis Rodríguez Zapatero, que no es de Granadilla sino de León y a quien le vuelve a dar el desayuno hoy El Confidencial. Con este título que publica a esta hora y que bebe en fuentes de la investigación judicial sobre Plus Ultra y alrededores: "Nuevas indagaciones", dice, "acorralan a Zapatero por blanqueo de capitales a gran escala".
La crónica lo que cuenta es que los investigadores sospechan que el expresidente habría cobrado por su labor de conseguidor, o facilitador, ante gobiernos (en plural) y administraciones públicas y habría camuflado esos fondos utilizando testaferros y sociedades pantalla.
Dinero por conseguir contratos o ayudas públicas para empresas privadas que habrían cobrado formalmente otros pero habrían acabado formando parte de su patrimonio. Todo presunto y como hipótesis de trabajo, entiendo, que habrá que ver si al juez le merece crédito suficiente como para acabar llamando a Zapatero al juzgado. Incluye la información esta frase: "Las pesquisas han permitido vincular a Zapatero con activos inmobiliarios que mantenía ocultos".
La última vez que estuvo en este programa afirmó categórico el ex presidente que todo su patrimonio está declarado a Hacienda, y tributados los impuestos que le corresponden, y que no tiene nada oculto ni a nombre de otros.

