En la digestión de los resultados electorales en Andalucía. Sostiene el ganador, claro ganador, Juanma Moreno, que los números le avalan para gobernar en solitario. Dejadme solo. Sin el lío de tener que andar pactando prioridades nacionales y mercosures con los apóstoles de Abascal. Y tiene razón.
Tiene razón en que, en circunstancias normales, alguien que saca 53 escaños en un Parlamento de 109, le mete veinticinco de ventaja al PSOE, le mete treinta y ocho de ventaja a Vox, cuarenta y cinco al más celebrado de la noche, que fue Adelante Andalucía, alguien con esas diferencias respecto de todos sus rivales y, sobre todo, que es el único investido posible, no debería concitar muchas dudas sobre su reválida como presidente.
En el día siguiente a las elecciones, todos los candidatos hablaron como si el pueblo andaluz estuviera encarnado en cada uno de ellos, pero habrá que admitir que es más propio hablar en nombre de la mayoría cuando has tenido un millón setecientos treinta y cinco mil votos que cuando no llegas al millón, como el PSOE, o no llegas al medio millón, como Adelante Andalucía.
En circunstancias normales Moreno saldría investido en segunda votación con la abstención de unos cuantos diputados de Vox a cambio del compromiso de tomar dos o tres medidas del gusto de los abascalianos. Pero en la España polarizada las circunstancias dejaron de ser normales en los tiempos del no es no, luego reconvertidos en el sí es sí, y ahora de nuevo en el no es no.
Y aunque Moreno haya arrollado electoralmente a Vox -multiplica por tres y medio sus escaños-, los precedentes son los que son y Vox sabe lo que acabó pasando allí donde el PP le ganó 29 a 11 (Extremadura) y 26 a 14 (Aragón). Y lo que pasó fue que importó poco la ventaja apabullante de los populares porque le entregaron a Vox desde el minuto uno la llave de la investidura -para qué andar mariposeando- e hicieron posible, así, que le pusiera el precio que le diera la gana.
Si Puigdemont, salvador de Sánchez, tasó su apoyo en una amnistía, Vox, asistente del PP, tasa el suyo en la discriminación de los ciudadanos en función de su origen, es decir, la prioridad nacional, más la criminalización de los sin papeles en general y los menores en particular.
Quien quiera gobernar, que pague. Sánchez perdió las elecciones, gran verdad, y el PP las está ganando con holgura en todas partes, pero eso a quien posee la llave le importa poco porque lo sustancial es si está dispuesto a pagar el precio. Y el PP ya tiene probado -no es ni especulación ni moneda al aire- que lo paga y además, se declara muy gustoso de haberlo hecho.
Quien quiera gobernar, que pague
Son los precedentes de su propio partido los que debilitan la pretensión morena del dejadme solo. Si Guardiola nos convenció a todos de que los extremeños suspiraban por un gobierno en coalición con Vox, Azcón nos convenció que ésa era la única lectura posible de las urnas, Feijóo nos convenció de que quien vota a Vox lo hace para que el PP comparta el poder con él y así debe ser, compartido, a ver qué argumento -descartado el aritmético- se busca Moreno para reivindicarse como hecho singular y rehuir el casamiento que su propio partido da por bueno. Prioridad nacional incluida y lo que haga falta. Ya dice Guardiola que ella lo que ha firmado es dar prioridad a la ley, acabáramos. Hay que pactar para cumplir la ley, esto no lo vimos venir.
Proyecto, proyecto, proyecto
Terminada la sucesión de elecciones autonómicas de este último medio año, y terminada con cuatro triunfos de cuatro -porque como tiene dicho el PSOE, el triunfo es gobernar- Feijóo se pone ya a la tarea de ofrecer a los españoles el famoso proyecto ilusionante y en positivo que es un clásico de las críticas de los afines a quien lidera en España la oposición de derechas.
El clásico: hay que hacer oposición y, a la vez, ilusionar al país. Y emulando a Anguita, que decía tres veces programa para parecer más firme, programa programa programa, Feijóo dice tres veces proyecto para que nadie dude de que lo tiene.
Un PSOE exhausto
En el PSOE, alcanzado el logro de hundir aún más la cosecha electoral en Andalucía -no llega al 22% del voto, diecinueve puntos por detrás del PP, cero opciones de recuperar el gobierno-, exhausto el PSOE por el esfuerzo y orgulloso de no haber bajado, qué te digo yo, a 25, se entrega a una nueva enajenación fingiendo que no sabe leer los números y pretendiendo--Tezanos les conserve la vista- que el fracaso lo han encajado las derechas. Escuchemos la voz de la portavoz de la Ejecutiva del PSOE.
Si la gran candidata saca el peor resultado de la historia, cómo será una candidata pequeña. Tiene todo nuestro apoyo, dice, el de Ferraz: pero vamos a ver, que Montero es Ferraz, es la vicesecretaria general, la superiora de Mínguez, cómo no va a tener su apoyo. Margarita Robles, por el contrario, es independiente, no afiliada, por eso su epitafio sonó más auténtico.
Era, era, era. Cualquiera diría que Montero ya está enterrada. Si ella misma confirmó ayer que se queda a hacer oposición en el Parlamento andaluz pero no sabe para cuánto tiempo. Que cuatro son muchos y a ella lo que le gusta es el gobierno. El PSOE se entrega a su legendaria habilidad para exponer cómo los resultados nunca son extrapolables hasta que conviene que lo sean y cómo Sánchez siempre está a salvo porque las generales serán distintas.
Eso pensaba la lechera, que quien estaba a salvo era el cántaro. Qué importancia tendrá perder por goleada en Extremadura, en Aragón, en Castilla y León, en Galicia, en Madrid, si llegarán las generales y Sánchez… ahí va, si también las perdió. Si tuvo que pagar el comodín de Puigdemont para seguir gobernando. Pecado original, y fundacional, de esta legislatura en opinión del único socialista que mantiene una mayoría absoluta. Este Page que percibe cada vez más claro el mensaje de los votantes.
En un remake de mayo de 2023, y a un año de las municipales, Page predica en solitario -casi, casi ruega- que Sánchez ponga las generales por delante de las suyas como si fuera un airbag: que encaje el golpe de castigo y libere a la infantería del trago de sufrir en carne propia la patada dirigida al presidente. O en términos más coloquiales, y con perdón, darle a Sánchez la patada en el culo de Page.
