El señor obispo sólo miraba. Inclinado ligeramente hacia adelante, las manos entrelazadas, atento a la pared, como si la estudiara. A su lado, el arzobispo de Chile también miraba pero tampoco movía un dedo. Carecían de experiencia en el manejo de herramientas, lo suyo era tallar las almas. La piqueta de albañil se la habían entregado al señor alcalde, que ya entonces tenía nombre de calle, Alberto Alcocer. No era de Madrid, como acostumbra a ocurrir con los madrileños, pero sí era muy de Franco. Tanto, que recién estrenado el cargo al caer la capital a manos de los sublevados (marzo de 1939) convocó a los madrileños a redoblar esfuerzos para extirpar cuanto antes de la ciudad 'la mugre' que habían dejado los rojos.
Experiencia en el trabajo manual, él tampoco tenía. Pero agarró la piqueta como pudo, aquel trece de mayo, y la emprendió a golpes contra el tabique en su santa misión de liberar a San Isidro en presencia del obispo Eijo Garay y el arzobispo chileno, que por algún motivo, de afinidad, supongo, andaba aquellos días por Madrid. Los restos del santo (supuestos restos, ya sabe usted cómo son estas cosas de las reliquias) habían sido escondidos al comenzar la guerra emparedando la caja de plata que los contenía entre el altar del Sagrado Corazón y la puerta de acceso a la sacristía. En el secreto sólo estaban unos pocos, temerosos de que el incendio que había sufrido el templo y el hundimiento de su cúpula fruto de los bombardeos hubieran acabado con el refugio del santo. En rigor, de sus supuestos huesos.
Pero aquel 13 de mayo del 39, en presencia de las autoridades y unos cuantos prebostes del bando de los vencedores, la piqueta derribó el tabique, se procedió a la apertura de la caja y, alabado sea dios, allí estaba lo que queda de San Isidro en comunión con lo que queda de Santa María de la Cabeza. '¡Salvados de la furia roja!', proclamó el obispo. ¡Milagro!, dijeron algunos fieles, prestos siempre a atribuir al labrador todo tipo de intercesiones y prodigios. La fama milagrera de San Isidro se remonta a las Navas de Tolosa, incluso antes, y consecuencia de esa fama le fue arrancado un dedo del pie a mordiscos. No en el 39, sino en tiempos de los Reyes Católicos. Cuando se cuenta que una dama de la corte, urgida a buscar remedio a la enfermedad de un ser querido, fingió besarle los pies al cuerpo incorrupto del santo y aprovechó para morderle el pulgar del pie derecho con fe más que suficiente para llevárselo puesto. En la boca. Sí, parece asqueroso. Pero qué gran ciudad no conserva en su historia la memoria de algún episodio repugnante. Carlos II también tenía gran devoción por San Isidro. Y, sabedor de ello, un cerrajero quiso hacerle la pelota extirpándole al santo un diente y regalándoselo al monarca para que se lo pusiera bajo la almohada. El cerrajero hizo carrera en la corte, el rey mantuvo una salud penosa y San Isidro permaneció para siempre desdentado. Del diente no volvió a saberse. Y del dedo se contó que una duquesa se hizo con él y lo trituró para preparar un ungüento con el que sanar a su hijo enfermo. En Madrid, la salud siempre fue lo primero.
Hoy que la capital del Reino, o del Estado, se levanta más tarde porque celebra a su patrón remoloneando, como él habría querido, es buen día para recordar que los milagros existen en la cabeza de quien cree en ellos y ruega porque se produzcan.
Antesala de examen al Gobierno ante las urnas
Esperando un milagro, no sé si con reliquias de santos, dedos triturados o dientes bajo la almohada; o más bien fingiendo que aún es posible un milagro llega el Gobierno de España al último día de la campaña electoral que es antesala del examen al que le someten los andaluces en las urnas. A estas alturas es un poco broma pesada que la candidata y la persona que se encarna en ella, o sea Montero y Sánchez, sigan con la liturgia ésta, bastante absurda, de proclamar en los mítines que van a ganar unas elecciones que ambos saben que las tienen perdidas. A estas alturas nadie, ni en la Moncloa ni en Ferraz, contempla la más mínima posibilidad de que Sánchez y Montero ganen al PP andaluz en las urnas del domingo.
Hoy ponen, si acaso, velas a la virgen de los Desamparados para empatarle las elecciones a Juan Espadas. Es decir, para conservar los treinta escasos escaños, treinta de 109, que obtuvo el ex alcalde de Sevilla hace cuatro años (ex alcalde apartado luego de la dirección regional del partido por decisión de Sánchez y arrumbado en el Senado con el resto de líderes amortizados. (Qué buen club de veteranos caídos podrían formar Arenas con Espadas y con Susana).
Nadie contempla la más mínima posibilidad de que Sánchez y Montero ganen al PP andaluz en las urnas del domingo
Al menos Espadas no dijo cuándo. Cuándo regresará el PSOE al poder en Andalucía, está convencido. Es el gobierno andaluz el que se examina en las urnas, por supuesto (le ocurre a todo gobierno al final de una legislatura) pero es el gobierno central, también, el que se examina no porque María Jesús Montero fuera escogida personalísimamente por el presidente para librar esta batalla, o no sólo; lo es, sobre todo, porque ha sido el gobierno central quien ha asumido en el último año el papel de oposición al gobierno de Andalucía. Y al de Aragón, y al de Madrid, y al de la Comunidad Valenciana.
Cuando desdoblas a tus ministros para que sean, a la vez, gobernantes para todo el país y líderes de oposición en sus regiones de residencia estás convirtiendo al gobierno en un actor electoral. Cuando utilizas las ruedas de prensa del Consejo de Ministros para cargar contra Ayuso, contra Moreno, contra Azcón, estás no sólo incurriendo en un grosero abuso de poder sino exponiéndote tú mismo a que las urnas autonómicas te juzguen.
María Jesús Montero no ha dejado de ser percibida, qué remedio, como vicepresidenta del gobierno de Sánchez. Casi ocho años gobernando España hacen inevitable que acabes haciendo una campaña en la que tienes que defender la financiación singular pactada con Oriol Junqueras o la ausencia de nuevos Presupuestos (después de todo, son criaturas tuyas). Y aún es más inevitable que las urnas del domingo sean vistas como un duelo entre gobiernos cuando han elegido como principal (y casi único) argumento tu apuesta por los servicios públicos (y lo bien que lo gestionas todo) frente al desmantelamiento que imputas a tu adversario (y lo mal que gestiona todo la derecha). Si eres tú quien ha fijado el marco, y eso es lo que hizo Sánchez al ungir a Montero, no puedes salir huyendo el día que se conozca el veredicto del pueblo. Si Sánchez fuera coherente (perdón por la broma de plantearlo siquiera como hipótesis), si Sánchez fuera coherente seguiría el escrutinio desde la sede del Partido Socialista Andaluz y como lo que, en verdad, es: el autor de la estrategia de confrontación entre la Moncloa y San Telmo.
La experiencia reciente enseña que el patrón de conducta del presidente es muy otro. Se implica en la campaña, se harta de dar mítines (vamos a ganar, vamos a gobernar, y si somos los mejores bueno y qué) y cuando llegan los resultados se evapora. Desaparece. No encuentra un minuto para comentar el veredicto a sus gobernados. Por una vez, y ya que envió a Montero a predicar lo bien que gobierna él y lo mal que gobierna Moreno, por una vez podría tener la generosidad y el coraje de asumir en primera persona un resultado que es suyo.
Hasta la noche del domingo, en efecto, nada está escrito. Perder una mayoría absoluta es un síntoma de desgaste y un retroceso, pero no un fracaso político y no una derrota. El fracaso es no tener, ocho años después de pasar a la oposición en Andalucía, opción alguna de regresar al gobierno. O quedarte estancado en el 14% del voto, que es lo que le puede pasar a Vox, 14% con tu adversario, que es el PP, sacándote treinta puntos de ventaja y cuarenta escaños. O que Adelante Andalucía, la marca modesta, te arrolle por la izquierda y se te ponga por delante, que es lo que puede pasarle a Sumar, Podemos e Izquierda Unida.
Juanma Moreno llegó al poder en Andalucía seis meses después de que Pedro Sánchez empezara a gobernar España. Sus presidencias coinciden en el tiempo. Moreno pasó examen en las urnas a los cuatro años, 2022, y sus gobernados le premiaron con una mayoría absoluta. El domingo podría revalidarla o quedarse cerca. Sánchez pasó examen cuando llevaba cinco años gobernando, 2023. Fue derrotado en las elecciones y hubo de recurrir a Puigdemont, amnistía mediante, para seguir gobernando. La mayoría absoluta sólo puede perderla quien la ha tenido. Y Sánchez no conoce esa experiencia.

