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CON JAVIER CANCHO

Historia D | Era más fácil comer langosta cinco veces a la semana que pollo una vez al año

¿Se han parado a pensar que la langosta pasó de ser comida para cerdos a sofisticada cena para ricos?

Javier Cancho
  Madrid | 14/11/2019

Se repara poco en lo mucho que nos gustan los crustáceos. A propósito de esos bichos, les planteamos una pregunta: de su entorno, ¿a cuántos conocen ustedes que coman langosta, al menos, una vez al mes? Por si no están del todo familiarizados con su precio, nosotros les contamos que a día de hoy, si encargan -por ejemplo- langosta real del cantábrico, en ese caso, por tres kilos y medio de crustáceo tendrían que pagar 332 euros con 50 céntimos.

A pesar de esa apariencia lenta de movimientos articulados, la langosta es capaz de nadar muy rápido gracias a las potentes contracciones de su cola que está muy musculada. Precisamente los músculos de la cola de langosta son la parte más apreciada por la gastronomía de hoy en día. Y eso, precisamente, es lo que nos llama la atención. Cómo un alimento pasa de despreciado a deseado.

Fíjense, unos lustros después de la posguerra española, en cualquier puerto del norte, las familias de los pescadores tenían más fácil comer langosta cinco veces a la semana que pollo una vez al año. Esa era la realidad empezando la segunda mitad del siglo XX.

Hubo un tiempo en el que había tantas langostas que se acumulaban por montones en las playas. Los pescadores llegaban a considerarlas bichos indeseables: un estorbo, cuando salían a la mar.

Hubo pescadores que llamaban a la langosta la cucaracha del océano lo que demuestra que en el repertorio de la consideración social la langosta -sin volar- tuvo una propulsión meteórica. Estamos ante uno de los casos más extraordinarios no ya de un cambio de imagen sino de una total metamorfosis.

La langosta se come con frecuencia en reuniones de colectivos bien posicionados socialmente. De modo que la langosta suele comerse vestido con elegancia. Lo que realidad es un incordio. No ha sido uno ni dos, han sido unos cuantos los que se han manchado comiendo langosta, tratando de acceder a la carne, con el liquidito saltándoles al atuendo. Para que ustedes lo sepan, y estén prevenidos, ese inconveniente es más probable con las langostas maduras, que son las de color más rojo, y tienen un caparazón más fuerte, que cuesta más trabajo romper. ¿He dicho trabajo?...quizá debería haber dicho esfuerzo, porque llamar trabajo a comer una langosta no parece del todo preciso. Aunque haya que trabajar mucho para comerse una ¿verdad?. En fin, les decía que en las langostas maduras cuesta más romper el caparazón, pero, claro, después son las que más carne tienen.

Dijo una vez el escritor británico Christopher Eric Hitchens que las cosas más sobrevaloradas de la vida son el champán, el sexo anal, los pícnics y la langosta.

La verdad es que en Inglaterra había incluso más langostas que España, hasta el punto de que allí los criados acordaban por escrito que no comerían langosta más de 2 veces por semana. Así era el mundo antes, no hace tanto tiempo la gente estaba saturada de comer langosta.