CON JAVIER CANCHO

#HistoriaD: Otras historias de la guerra civil

De la Guerra Civil española, el escritor y aviador Antoine de Saint-Exupéry, dijo que era una guerra en la que se fusilaba más que se combatía. Con Javier Cancho nos detenemos en algunos pasajes que aparecen en el libro ‘Tierra de Nadie’, que recopila historias de la guerra sobre la confraternidad que surgió entre los combatientes de ambos bandos.

Javier Cancho

Madrid | 11.01.2022 13:58

Se decía que un ametrallador de la universitaria era capaz de tocar La Traviata con el gatillo. Se cuenta que un sargento que venía de desertar, en un acceso de intensidad profesional, había querido arrestar al centinela, que había encontrado adormilado en el bando a donde iba a pedir que se le acogiera.

La Guerra Civil española fue una contienda con referencias constantes a los testículos. En una orden de operaciones del ejército vasco, se podía leer: «El batallón Otxandiano atacará la cumbre y la tomará por cojones». Era una orden sin disquisiciones estratégicas.

Un periodista extranjero preguntó a un soldado cómo lograban destruir los blindados T-26 soviéticos. El militar respondió: echándole cojones.

El informador no entendió bien el alcance de aquella expresión. Pero, habiendo encontrado tan hosco al militar no hizo una repregunta y se entregó al peligroso territorio de especulación sobre lo que acaba de escuchar. De modo que terminó escribiendo que para destruir blindados los nacionales usaban un dispositivo antitanque denominado «cojones».

George Orwell estuvo en la Guerra Española como brigadista. En 'Tierra de Nadie' se recuerda algo que dijo Orwell al comienzo de su experiencia en combate: en tres semanas, en el frente de Aragón, solo disparé tres tiros. Aunque no se luchara, había que estar ahí para que el otro no avanzara.

Lo que se expandía como nunca , según Orwell, fue la desinformación. El autor de 1984 escribió que en España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos. Vi informar sobre grandiosas batallas cuando apenas se había producido una refriega y silencio absoluto donde habían caído cientos de hombres. Vi que se calificaba de cobardes y traidores a soldados que habían combatido con valentía, mientras que a otros que no habían visto disparar un fusil en su vida se los tenía por héroes de victorias inexistentes; y en Londres vi periódicos que repetían estas mentiras e intelectuales entusiastas que articulaban superestructuras sentimentales alrededor de acontecimientos que jamás habían ocurrido.

En 'Tierra de Nadie' se recuerdan otras desventuras de Orwell. El escritor explicó que luchábamos contra la pulmonía, no contra otros hombres. Cuando entre trinchera y trinchera hay más de quinientos metros, no se le acierta a nadie más que por casualidad. Por supuesto, algunos soldados caían, pero casi todos víctimas de ellos mismos. Los cinco primeros heridos que vi en España se dispararon ellos mismos, no intencionadamente, sino por accidente o descuido.

Y a pesar de todo eso, Franco no dejó pasar la ocasión de ponerse fanfarrón cuando le dijo a un alto cargo alemán: «los mejores soldados del mundo son los españoles, y después los rojos, que también son españoles».