Empecemos por lo evidente: en España el límite en autopista y autovía es de 120 kilómetros por hora. Circular a 140 no es una opción legal, así que todo lo que viene después parte de una infracción. Pero como la práctica está extendida, merece la pena mirar qué se obtiene a cambio.
La aritmética es de primaria y cualquiera puede repetirla. Recorrer 100 kilómetros a 120 por hora lleva 50 minutos exactos. Los mismos 100 kilómetros a 140 se hacen en algo menos de 43. La ganancia es de unos siete minutos.
Siete minutos que en la práctica se quedan en menos
Estirando el trayecto, la cifra crece pero sigue siendo modesta. En 300 kilómetros, aproximadamente el viaje de Madrid a Valencia, la diferencia teórica ronda los 21 minutos. En 500 kilómetros, algo más de media hora.
Y son cifras teóricas por un motivo importante: suponen ir a 140 constantes de puerta a puerta, cosa que no ocurre. Los tramos de obras, las incorporaciones, el tráfico denso a la salida de las ciudades, los peajes y la parada obligada para repostar o descansar se comen buena parte de esa ventaja.
En un viaje real, el conductor que va a 140 llega a menudo unos minutos antes que quien va a 120, no la media hora que tenía en la cabeza. La diferencia entre la percepción y el cronómetro es justamente lo que hace que este cálculo sorprenda.
El consumo no sube en línea recta, sube al cuadrado
Aquí está la parte que más gente desconoce. La resistencia que el aire opone al coche no crece de forma proporcional a la velocidad, sino con su cuadrado: al doblar la velocidad, la resistencia se multiplica por cuatro. Y la potencia necesaria para vencerla crece aún más rápido.
El resultado es que los últimos kilómetros por hora son carísimos en términos de combustible. La DGT cifra en torno a un 14 o 16% el incremento de consumo en un recorrido de 100 kilómetros al circular a 140 frente a velocidades más moderadas. Es decir, se paga un porcentaje considerable de más en el depósito para ganar siete minutos.
Por comparar, el punto de mayor eficiencia de muchos vehículos se sitúa bastante por debajo, en el entorno de los 90 kilómetros por hora, donde el motor trabaja de forma estable y el gasto se mantiene contenido.
La frenada y la multa completan la factura
La distancia que necesita un coche para detenerse también depende del cuadrado de la velocidad. Pasar de 120 a 140 supone alargar la distancia de frenado en torno a un tercio, sin contar los metros que se recorren durante el tiempo de reacción, que se suman aparte y crecen de forma proporcional a la velocidad.
Ese margen es el que separa esquivar un obstáculo de no llegar a tiempo, y es la razón de fondo por la que existen los límites, más allá del consumo.
A eso se añade lo previsible. En una vía limitada a 120, el primer tramo sancionador arranca en 121 y llega hasta 150 kilómetros por hora, con una multa de 100 euros que no resta puntos. A partir de ahí la escala sube con rapidez: los siguientes tramos alcanzan los 300, 400, 500 y hasta 600 euros, y empiezan a descontar dos, cuatro y seis puntos del carné. Circular a 140 cae de lleno en el primer escalón, aunque el radar aplique sus márgenes de tolerancia.
Puestos a hacer números, la operación completa queda así: siete minutos por cada cien kilómetros, a cambio de en torno a un 15% más de combustible, un tercio más de distancia para frenar y la posibilidad de una sanción. Cada uno sabrá, pero conviene hacerla con las cifras delante.

