Los Goya no solo se ganan, se entregan y se celebran, también se hacen.
En la Fundición Codina, considerada la fundición artística más antigua de Madrid y una de las grandes referencias del patrimonio escultórico español, cada estatuilla se fabrica a mano. Nada de cadenas de producción. Nada de máquinas automáticas. Aquí el bronce se trabaja como hace más de un siglo, con fuego, moldes y paciencia. Con oficio.
Esta fundición, hoy dirigida por los hermanos Miguel Ángel y Marisa Codina, es la cuarta generación de una saga familiar dedicada al arte de la fundición. Por sus hornos han pasado obras de más de 750 escultores y más de 12.000 toneladas de bronce.
Los "cabezones"
El modelo original del busto de Francisco de Goya fue esculpido en 1902 por Mariano Benlliure. La cabeza original es a tamaño real. Para convertirla en la estatuilla que conocemos hoy, primero se digitaliza y se reduce su escala, garantizando que cada réplica sea fiel al modelo histórico. A partir de ahí comienza el "proceso de parto" de cada Goya. Y es un proceso completamente artesanal.
Para cada estatuilla se realizan varios pasos previos: primero un molde de escayola; después uno de silicona que recoge hasta el último detalle; y más tarde una reproducción en cera. Esa pieza de cera es clave, porque protagoniza uno de los momentos más sorprendentes de la fabricación: la fundición a la cera perdida.
Hay un instante en el que el Goya, literalmente, desaparece. La cera se derrite en el horno y deja un hueco perfecto con forma de busto. Un Goya de aire. Un vacío exacto que será ocupado por el metal.
Después llega el fuego. El bronce fundido, a más de mil grados, se vierte en ese molde a través del llamado "árbol de fundición", una estructura de conductos que permite que el metal fluya y llene cada rincón del molde. Es casi como una receta de cocina: preparar, verter, esperar. Solo que aquí el ingrediente principal es bronce al rojo vivo.
Cuando el metal se enfría, se rompe el molde exterior y aparece la estatuilla en bruto. Aún no es el Goya que vemos en la gala. Falta el trabajo silencioso y minucioso: limar, repasar detalles, pulir imperfecciones y aplicar la pátina oscura que le da ese acabado tan característico, ese tono que parece simular el paso del tiempo.
Horas y horas de trabajo y cariño
Cada Goya requiere alrededor de doce horas de trabajo y se elaboran en torno a cuarenta piezas. Son meses de dedicación en los que cada estatuilla pasa por muchas manos. Manos como las de Laura, una de las artesanas del taller, que cada año sigue la gala casi con la misma emoción que los premiados. Porque sabe que, antes de los aplausos, hubo fuego. Y hubo trabajo.
Desde Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España confiaron la fabricación de las estatuillas a este taller, el galardón más importante del cine español no nace en una máquina ni en una fábrica en serie.
Y cuando todo está listo, es el propio Miguel Ángel Codina quien carga las estatuillas con cuidado y las traslada personalmente hasta la ciudad que acoge la gala.
Porque detrás del galardón más importante del cine español no solo hay talento sobre el escenario, también fuego, paciencia y oficio en el taller de unas manos merecedoras, de un goya, al mejor goya.

