Miguel Reta, pastor del encierro con más de tres décadas de experiencia, afronta cada mañana de San Fermín con la misma tensión que el primer día. Aunque el trabajo previo al encierro es frenético, explica que las tareas comienzan mucho antes del cohete, con la alimentación de los animales, la preparación de las vaquillas y la logística para devolver los bueyes a los corrales. "No paramos", resume. A pesar de su dilatada trayectoria, reconoce que los nervios nunca desaparecen. "Me pongo igual de nervioso que el primer día", asegura, convencido de que "al toro hay que respetarlo, y no solo al animal, sino al propio acto en sí".
Ganaderías diferentes
Miguel admite que no todas las ganaderías generan la misma confianza. Algunas presentan toros más gregarios y experimentados, mientras que otras resultan más imprevisibles. Define a los toros de Victoriano del Río como "animales muy bravos en el ruedo, pero muy gregarios en la manada", lo que favorece que, tras una caída, retomen rápidamente la carrera buscando a los cabestros. Su función durante el encierro es clara: "Nuestra encomienda es proteger al toro". El objetivo es que los animales lleguen a la plaza "lo menos enseñados posibles", sin dejar de velar por la seguridad de corredores y compañeros. En sus palabras, se trata de "intentar organizar esa anarquía que existe en un festejo popular libre".
Buena colaboración
El momento más complicado llega cuando el recorrido se desordena y hay que restablecer el control entre miles de personas. Aun así, destaca la colaboración de corredores experimentados y aficionados, que contribuyen al buen desarrollo del encierro. Apenas ha tenido que reprender a participantes, salvo "un par de cantamañanas". Tras la carrera, la jornada continúa con el traslado de los cabestros, la recepción de los bueyes, la preparación del reconocimiento veterinario y otras tareas que se prolongan durante todo el día. "Estamos todo el día aquí metidos", concluye.
