La mar, puntualiza Santiago, no es una gran aventura constante. Entre sus objetivos está también eliminar el sesgo romántico que se da muchas veces a algo que no deja de ser un trabajo. Diferente, pero un trabajo. Con sus cosas buenas y malas. Su profesión es en general desconocida porque, lamenta Santiago, solemos mirar muy poco al mar.
Santiago se pasa la mitad del año en el mar y la mitad en tierra. Reconoce que no sabría qué hacer si tuviese un mes de vacaciones al año como la mayoría de los trabajadores, aunque eso le suponga pasar largas temporadas fuera de casa. En un barco casi siempre hay cosas que hacer, aunque sabe sacar tiempo para su otra gran pasión: la fotografía. Ha visto cosas increíbles porque en muchas ocasiones están totalmente solos en medio del mar y totalmente a oscuras. Eso le permite ver las estrellas en todo su esplendor.

Fotografías ha hecho muchas. Otra cosa es que sirvan, porque las condiciones de la mar no siempre favorece estar todo lo quieto que se necesita. Aun así, en un buque mercante se dan las condiciones para ver algo que en la bahía de Gijón podría verse si no hubiese tanta contaminación lumínica. Es lo que se conoce como bioluminiscente del mar.

Santiago ha llegado a ver meteoritos caer del cielo y nunca se cansa de ver el espectáculo que pone ante si la naturaleza. Ha estado en muchos de los mares del mundo (no se atreve a decir todo) y ha navegado por todos los continentes. A simple vista el agua puede parecer la misma en todos lados, pero siempre hay algún matiz que los diferencia. Y si no, el cielo y las nubes están ahí.
"Altamar" ha sido un libro que le ha llevado mucho trabajo y no tiene claro si habrá otros. Es marino mercante, no escritor, recuerda en esta conversación.

