MÁS DE UNO

El sueño de Alsina: "El Gobierno había ordenado desecar el Estrecho y rellenar con tierra entre Algeciras y Ceuta"

El director del tramo magazine de Más de uno expone esta experiencia onírica donde imagina un mundo donde las placas fotovoltaicas habían desbancado al trigo, la cebada y los girasoles, y dónde el Ejecutivo decidió aumentar los terrenos explotables y con ello afectar la posición de la ciudad autónoma.

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Carlos Alsina

Madrid |

Carlos Alsina en el estreno de la temporada 2026-2027 de Onda Cero/ Gabriel García Aguilar

Esta noche soñé……que despertaba.

En medio de una planta fotovoltaica. Me incorporé dolido porque se me estaba clavando una piedra caliza en los riñones. Alcé la vista y comprobé que no me había puesto las gafas. ‘Ya no las necesitas’, me dije, ‘le realidad se ha vuelto nítida’. Miré de nuevo y comprendí que la planta fotovoltaica no terminaba nunca. Era un campo sembrado de de placas solares que ocupaba todas las hectáreas conocidas desde mi cama hasta el horizonte.

En mi cabeza sonó la voz de Ondarreta que me decía: ‘No lo calcules en hectáreas, calcúlalo en campos de fútbol’. Pero a mí es que del fútbol lo único que me interesa es Radioestadio. Porque Edu dice que es un tren y yo me los imagino a Collado y a él moviéndose al compás del cha-ca-chá mientras conducen con primor la locomotora.

En mi sueño las placas solares habían desbancado al trigo, la cebada y los girasoles. La península se había quedado pequeña y el gobierno había ordenado desecar el Estrecho y rellenar con tierra entre Algeciras y Ceuta. La obra había sido faraónica y a Óscar Puente la había inaugurado con falda corta de lino, túnica blanca finísima, chal sobre el torso y doble corona. El faraón de la obra pública, lo llamaban sus groupies, en abierta competencia ya con la tropa menguante del césar, que seguía siendo Pedro y no se fiaba ni de su sombra. ‘¿Tú también, Salvador?’, decía en sueños, temiendo ser apuñalado por todos. ‘¿Tú también… cómo te llamabas tú?’ ‘Milagros Tolón’. ‘Eso, ¿tú también, Tolón?’

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En breve estaría acabada la autovía que uniría la ciudad con la AP-7, que sólo podría ser utilizada por españoles nacidos en España o nacionalizados sin haber tenido nunca un abuelo. El tránsito de inmigrantes estaba prohibido porque el resto de comunidades autónomas amaban a los ceutíes pero ni de broma aceptaban acoger a uno solo de sus sin papeles. Juan Jesús Vivas, en mi sueño, cumplía ya cien años al frente del gobierno autonómico sin que Sánchez le tuviera en su agenda de contactos y sin que Núñez Feijoo se hubiera aprendido bien su nombre.

El gobierno, escocido con la prensa crítica, había publicado la lista de periodistas comprometidos con España que tampoco habían suspendido sus vacaciones cuando Ceuta fue atacada. Cincuenta folios le salías. Se organizó un escándalo, claro, porque el ministerio del Interior no supo explicar cómo sabía dónde se encontraban estos ciudadanos privados. ‘¡Estado policial!’, denunció una asociación de la prensa en la que nadie estaba al día del pago de sus cuotas.

Se defendió la portavoz del ministerio, que era periodista y, además, asociada: ‘No hemos dicho dónde estaban, hemos dicho dónde no estaban’. ‘¿Y cuáles son tus fuentes?’, le preguntaron, incisivos, los colegas. Ella estuvo rápida: ‘Sólo tuve que poner la televisión y la radio para ver quién siguió de vacaciones todo agosto’. La portavoz fue destituida por exceso de agudeza. (Y porque se molestaron algunos comunicadores afines a la causa y también ausentes que se lo tomaron como un acto de ingratitud inaceptable).

Sus jefes tranquilizaron a la portavoz cesada: ‘Te vamos a colocar en tres tertulias de productoras privadas’, le dijeron, como si fuera Ábalos, ‘y te hacemos consejera de RTVE en cuanto se jubile Angélica’.

En la radio un entrevistador le preguntaba al ministro de guardia cuándo sería la ceremonia de homenaje a los difuntos. Hubo un silencio incómodo. ‘¿A qué difuntos se refiere?’, preguntó en lugar de responder. ‘A los de Ceuta’, respondió el que hacía las preguntas. El ministro puso cara de estar a por uvas, o sea, la que tenía desde que fue nombrado. Se lo aclaró el periodista: ‘Han muerto ciento cuarenta personas, ‘¿para cuándo la ceremonia de homenaje a los difuntos?’ En Rabat se lo preguntó otro entrevistador al primer ministro marroquí y se hizo el loco.

El periodista amaneció en prisión por pasarse de listo y en su lugar pusieron a Moratinos para que se ocupara él de evitar molestias innecesarias. Ceremonia fúnebre no hubo nunca. Ni de reinos, ni de Estados, ni de nada. Pensé que los muertos, cuando son invisibles, sólo ese sucedáneo del duelo que se llama olvido. No hay funeral más bárbaro que el pasar página.