Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Le dijo el ángel de la guarda a la mujer que había sido asaltada por el jefe de la casa en que servía: "En tus manos dejo mi suerte, tuya es la tarea de juzgarme, sé tú quien diga si fallé". Guardó silencio la mujer, aún dolorida por el atropello del que había sido víctima.
Se incorporó a duras penas, apoyando su mano en la pared. Levantó la vista, miró al ángel y dijo: "¿No ves en qué estado me encuentro? Abrumada, violentada, sacudida. No cargues sobre mí aún más peso. No me hagas responsable de tu suerte ni tu destino. No me concedas la carga que no he pedido. Júzgate tú mismo que bastante tengo yo con lo mío".
Fernando Grande Marlaska, ministro del Interior desde hace casi ocho años, no ha agredido sexualmente a nadie. Entre sus funciones no está la de vigilar lo que hacen sus hombres de confianza puertas adentro de sus casas y en su relación con las mujeres. A esta hora de la mañana de este día, no hay constancia de que Fernando Grande Marlaska conociera la condición de presunto agresor sexual de su jefe de policía ni de que lo encubriera u ocultara. Tampoco de que estuviera al tanto de que otro de sus hombres en la policía trató de comprar el silencio de la mujer asaltada ofreciéndole el traslado a donde ella deseara.
El ministro respondió ayer a quienes pidieron su dimisión con este gesto, que seguro que a él le parece noble pero que distorsiona por completo la dimensión política de este caso. "De la única persona que podrá aceptar una crítica", dijo, "es de la víctima. Si ella entiende que le he fallado, dimitiré".
El gesto supone hacer descansar sobre una mujer víctima -el ministro, que es juez, no tuvo duda en considerarla así, víctima, dando por hecho que su jefe de policía fue, por tanto, agresor-, el gesto de descargar sobre la víctima su continuidad como ministro supone cargarle a ella con una tarea que en absoluto tiene: decidir el desenlace político de un caso que para ella no es política.
Cargarle a ella con una tarea que en absoluto tiene
Es su vida. Su vida personal y su vida profesional, porque ocurre que el agresor era el máximo jefe operativo del colectivo profesional al que pertenece, la policía nacional, y porque ocurre que el ministro no deja de ser el superior (político) directo de todos los integrantes de esa plantilla, ella incluida. No es la mujer asaltada quien tiene la responsabilidad de establecer si hay razones, o no, para la dimisión de un ministro. Es el propio ministro, en primer lugar, y quien lo ha nombrado a él, en segundo.
Por más que la oposición exigiera ayer (una vez más) la cabeza de Marlaska imputándole nada menos que haber sabido desde hace un mes que se produjo la agresión sexual, haberla tapado y haber intentado silenciar a la víctima, no tiene la oposición elementos que le permitan sustentar su relato, bien es verdad que hace tiempo que los relatos, en España, se construyen en ausencia de base alguna y a sabiendas de que se dice cualquier cosa porque sale gratis. De llegar a conocerse, algún día, que el ministro supo y tapó, no habría debate posible: tendría que irse a su casa.
Los relatos, en España, se construyen en ausencia de base alguna
Hoy, el juicio que él (y quien lo nombró) ha de hacerse a sí mismo es qué lugar les deja haber tenido (y celebrado) al frente de la policía nacional a un hombre que, al parecer, nunca entendió en qué consiste el consentimiento ni qué significa que una mujer te diga que no quiere tener sexo contigo.
Después de tantos sembrando para que la sociedad -los hombres- asuma que en ausencia de consentimiento toda relación sexual es una agresión, en la jefatura operativa de la policía -lugar bien sensible- el mensaje no había calado. Más aún si el lugarteniente del jefe de policía, también comisario, no opuso resistencia alguna al encargo de su jefe de que persuadiera, presuntamente, a la mujer asaltada para que lo dejara pasar a cambio de disfrutar de un destino a la carta.
La agresión sexual se produjo en un domicilio particular, pero las acciones para taparla y la presión sobre la víctima se ejercieron de arriba abajo en una estructura oficial y de poder cuya profesionalidad y pulcritud sí es responsabilidad del ministro. Ése es el juicio que él se ha de hacer a sí mismo (o que ya se ha hecho, y se ha absuelto) y ése es el juicio que está legitimada a hacer la oposición. Sin necesidad de relatos incriminatorios basados en meras conjeturas.
Entenderá el PP que igual que se le recordó al PSOE que ignoró a las víctimas cuando el caso Salazar se le recuerde ahora que en Móstoles el querellado es el alcalde, que sigue en el cargo, y quien persuadió a la víctima para que no denunciara fue la dirección del partido. El caso que se ha conocido ahora ha tenido enorme repercusión (muy justificada) en medios y programas que apenas dedicaron una línea al alcalde de Móstoles.
El premio gordo de la lotería política
Entretanto, ayudaría a creerse la extraordinaria empatía que los partidos políticos manifiestan por las víctimas que cuando se conoce un caso de acoso o agresión sexual se comportaran como quien deplora que una mujer tenga que pasar por una situación como esa, y no como quien ha sido agraciado con el premio gordo de la lotería política porque tiene una agresión sexual que reprocharle al de enfrente. Esta euforia que destilan nuestros guerreros de la política cada vez que sale un caso sexual en el partido de enfrente es bochornosa.
Le pasó al PSOE cuando saltó el escándalo del alcalde de Móstoles -por fin podían desquitarse por lo de Paco Salazar- y le ha pasado al PP cuando ha saltado el escándalo del DAO -por fin podían desquitarse por Móstoles-. Una mujer ha sido agredida sexualmente por un funcionario público y el Congreso revienta entre gritos de dimisión y aplausos encendidos… la serena reacción de los propios y los contrarios. Qué espectáculo. Una mujer ha sido agredida, perdón por recordarlo.
Qué espectáculo. Una mujer ha sido agredida sexualmente, perdón por recordarlo
Una nueva mina que explota para Pedro Sánchez
Ya no hay día en que el presidente Sánchez no tenga que decir que se ha actuado con contundencia y se han asumido responsabilidades. Porque ya no hay día en que no le explote una mina en el agujereado campo político que administra. Cuando no es la corrupción es el acoso.
El presidente sigue en la India, vendiendo las bondades de invertir en España, y desde allí (lejanísimo) ha hecho saber a los candidatos autonómicos y municipales de su partido que con él no cuenten para darle la vuelta a la sucesión de naufragios que viene encajando el PSOE. No por sabido deja de ser pasmoso que el secretario general de un partido político, habiéndose celebrado ya dos elecciones autonómicas, diga que habrá que analizar qué ha ocurrido, en futuro, como si no hubiera tenido ganas aún de ponerse a hacerlo.
O que despache la cuestión con el comodín de sus votantes se abstienen, aunque la participación aumente. O que difiera la movilización salvadora porque se ve que ahora no le viene bien ponerse a ello. Ya, cuando sea él quien se juegue el cargo, hará el esfuerzo, dios lo bendiga.
Esto es lo que el lunes resumíamos con el 'llegado el momento'. Llegado el momento, el secretario general del PSOE se pondrá a trabajar para que su partido, o sea, él, salve los muebles. Por ahora, no. Como recordó ayer El País, y está muy recordarlo, Sánchez cada vez da menos ruedas de prensa y casi siempre en el extranjero. Él sabrá por qué.
Mientras tanto, en la izquierda a la izquierda de la izquierda según se va, a la izquierda…
Debutó Rufián en los madriles defraudando a quienes esperaban que estrenara alguna canción nueva. El repertorio en la sala Galileo, con Emilio haciéndole los coros, fue el ya conocido. Con el innegable aliciente que suponer ver a un independentista catalán diciendo más Madrid, más Madrid. Más, que el que hay nos sabe a poco.
Abandera Rufián el discurso del miedo a lo que puedan votar los ciudadanos en las próximas urnas. O sea, a que el pueblo le de el gobierno a las derechas.
De los autores de no tenim por llega ahora sí que tenim, sí. Miedo demócrata al resultado de las urnas democráticas. Porque si ganan las derechas podrán decir somos más y a saber a quién se ponen a amnistiar, digo yo. Pero hace bien Rufián en ofrecerse como revulsivo a las izquierdas desvaídas y resignadas. Y en decir que aspira a ganar, aunque sea ganar un escaño en alguna circunscripción donde hoy Vox adelanta a las izquierdas de largo.
En cada provincia es donde se reparten los escaños, eso es. Lleva siendo así cincuenta años. El marco legal es el mismo desde el 78. La ley electoral es la misma desde 1985. Con la misma ley electoral se han ganado y perdido escaños. En otros tiempos la nueva izquierda populista sostenía que la ley electoral blindaba el bipartidismo e impedía que gentes tan combativas como ellos llegaran al Parlamento. Luego Podemos sacó 72 escaños y dejaron de sostenerlo, qué remedio.
Ahora están en ver cómo concentrar voto para salvar escaños, es lógico que lo hagan viendo que llegan las rebajas. Más discutible esto que dijo ayer Rufián de que concurren catorce izquierdas que representan lo mismo.
Esquerra, hasta ahora, no se presentaba en Cádiz, ni Sortu en Soria, pero bueno. No sé yo si representa lo mismo Esquerra Republicana en Barcelona que Izquierda Unida en Toledo, o Bildu en el Goierri que el alcalde Guarido en Zamora, pero si son todas lo mismo, que echen el resto y se presente Otegi por Málaga, Rufián por Pontevedra y Maillo, por Tarragona.
Otegi por Málaga, Rufián por Pontevedra y Maillo, por Tarragona
Ganarle a Vox es una meta ambiciosa, tal como van las encuestas, y en 2023 pasó lo que pasó en Barcelona, elecciones generales: que Rufián pasó de 620.000 votos a 330.000 (de siete escaños a cuatro) y Vox de 180.000 a 200.000, mantuvo sus dos escaños. Como ayer recordaba Sergio del Molino, cuando Rufián llegó al Congreso en 2015 Esquerra tenía 9 escaños y Vox, ninguno. Hoy, Esquerra tiene 7 y Vox, 33. Llegó a tener 52. De modo que sí, tiene tarea Rufián y el resto de la izquierda de la izquierda etcétera para empezar a hacer ahora lo que no consiguió en diez años.

