Monólogo de Alsina

Alsina lanza una invitación a Feijóo y Sánchez a pocos días de su encuentro: "¿Y si admitieran que comparten algunas recetas?"

El director de Más de uno ha planteado que este encuentro entre dos personas que se "desprecian" y se "detestan" podría acabar en algún acuerdo práctico, especialmente en materia de vivienda.

Carlos Alsina

Madrid |

Monólogo de Alsina, en Más de uno

Scott Eyman tiene escrito que no fue para tanto. Que hubo mucho de sobreactuación promocional porque a las dos les interesaba. No se gustaban, no se apreciaban, no se fiaban. Pero el rodaje de 'Baby Jane' tampoco fue la gresca permanente, a base de desplantes, pullas, puñetas y trampas que nos han contado. Eyman, que escribe sobre cine, aguó bastante en su libro sobre Joan Crawford los mitos y leyendas sobre la rivalidad insoportable que esta mantuvo con Bette Davis. Exagerar vendía.

Y ambas dejaron que circularan toda clase de chismes sobre las perrerías que se habían hecho. Que si Crawford se puso pesas en los bolsillos en la escena en que Davis había de arrastrarla por el suelo sabiendo que, así, haría crujir su espalda. Que si Davis aprovechó las escenas en que pelean para currar de verdad a Crawford.

Que si una se había mofado de la otra por su manía de cubrirse el rostro alegando intenciones artísticas cuando lo que pasaba es que se sabía fea. Que si la otra se había mofado de la una diciendo que el mejor momento que había pasado con ella es cuando la empujó por unas escaleras. A ver, eran actrices.

Ni siquiera está probado que Bette Davis declarara, a la muerte de su archienemiga: "de los muertos hay que hablar bien, y bien muerta está". Seguramente se detestaban, pero así y todo, o precisamente por ello, hicieron de una historia de serie B una película memorable. Su trabajo lo bordaron, como dijo Aldrich. O, como resume el escritor, "más que lanzarse cuchillos, se lanzaban sus propias carencias".

Tengo subrayada la frase para el próximo lunes. Cuando nos cuenten cómo ha ido el 'Qué fue de baby Jane' en la Moncloa. Es decir, la escena (con sofá) que compartirán estos dos actores principales de nuestra vida política, que se detestan, se desprecian, no se fían el uno del otro, se llaman de todo y, a menudo, se mofan, que son Sánchez y Feijóo, Feijóo y Sánchez.

Cómo será la relación entre los archienemigos cuando salen del salón las cámaras, se apagan los focos y hablan con normalidad de sus cosas, que son las nuestras. Cuesta creer que Feijóo le diga a Sánchez: "Bueno, jefe de la banda corrupta, número uno de la mafia, partícipe de los prostíbulos, ¿qué se te ofrece?" Cuesta creer que Sánchez le diga a Feijóo: "Bueno, amigo de narcos, encubridor de corruptas, fiasco de líder, mindundi en Europa, ¿cómo verías lo de enviar a Ucrania unas tropas?"

Lo probable es que veamos cómo estas dos personas que se cubren mutuamente de estiércol cada vez que hablan en público la una de la otra se saludan cortesmente en la escalinata de Palacio, sonríen mientras hablan del tiempo, o de TikTok, mientras están presentes los fotógrafos y luego ya… luego ya a saber cómo es, en verdad, una conversación privada entre ambos.

Despreciarse, se desprecian. Detestarse, se detestan. Puede que tanto como Richard Gere a Silvester Stallone, a quien siempre atribuyó haber alentado el rumor de que habían tenido que sacarle una vez un hámster vivo del ano. Pero despreciándose y todo, es posible que el lunes hagan los dos su trabajo. Que es tratar de conseguir que la posición de España en cuestiones internacionales sea común a los dos partidos que, juntos, representan la abrumadora mayoría del Parlamento. Y será por cuestiones: lo más urgente, para Sánchez, parece ser la fuerza de paz europea para Ucrania, si es que alguna vez hay paz en Ucrania, pero está Oriente Próximo, está Venezuela, está Irán y está el presupuesto de Defensa y está la OTAN.

Despreciarse, se desprecian. Detestarse, se detestan

Es probable que si el presidente sin Presupuesto y sin mayoría pudiera cumplir su compromiso con Macron, con Starmer y con Zelensky, y enviar soldados a Ucrania sin contar con las Cortes lo haría. Es probable que no pueda evitar el presidente incurrir en este vicio tan suyo de tratarse a sí mismo como un erudito en geopolítica y a Feijóo como un perfecto ignorante -acércate, chico, y escucha a quien sabe, anda, atiende-.

Y es comprensible, en fin, que el PP recele de cualquier reunión con Sánchez porque es maestro en cargar la responsabilidad de sus debilidades parlamentarias al partido de la oposición: si no hay tropas españolas contribuyendo a la paz será culpa de Feijoo porque la paz no le gusta y le gustan los genocidios, el patrón de las consignas gubernativas es sobradamente conocido.

Se une, además, para no esperar milagros de la escena el lunes, que el PP siempre teme ser emboscado por el presidente, que Feijóo no ha terminado nunca de sacudirse la incómoda sensación de tratar con un jugador más hábil que tú y que lleve las cartas que lleve, acabará colándotela. Pero chico, si el presidente te convoca, allá que vas a ver qué es lo que quiere. Sabes cómo es, sabes lo que hay, sabes que Abascal te llamará colaboracionista. Sabiendo todo eso, tienes seis días para prepararte.

Reuniones en secreto con Junqueras

Al menos, la política exterior, las tropas españolas, la inversión en Defensa, Ucrania, Groenlandia, no la va a negociar Sánchez con Junqueras. Con Junqueras y en secreto, que es como ha negociado la financiación de las comunidades autónomas. Con el líder de la oposición catalana que aspira a que Cataluña deje de formar parte de España.

Le preguntaron ayer a la ministra portavoz por las citas secretas de las que informó La Vanguardia el domingo. Ni tenía noticia ni le debió parecer oportuno preguntar antes de comparecer ante la prensa. Hubo que esperar a la tarde para que la Moncloa confirmara que, en efecto, hubo dos reuniones clandestinas de las que nunca se informó a los gobernados. Se le ocultó a la opinión pública y se dejó creer que la del día ocho era la primera. Esta es la famosa transparencia y la no menos famosa rendición de cuentas.

Y si van más allá de Ucrania

Ya que Sánchez y Feijóo van a hacer el tremendo sacrificio (por España) de soportarse mutuamente dos horas, ¿y si además de hablar de ejércitos y de Ucrania encontraran un minuto para pasar a limpio sus apuntes sobre política de vivienda? Y si nos confirmaran a todos que, más allá de la sobreactuación de su disputa, comparten la responsabilidad de la crisis de vivienda porque sus dos partidos gobiernan casi todas las administraciones públicas concernidas. Y no de ahora, de hace treinta años.

Y si admitieran que comparten algunas recetas. Por ejemplo, la de avalar desde las administraciones a los jóvenes que se meten en hipotecas; o, por ejemplo, la de usar los incentivos fiscales (tributar menos) como aliciente para que los propietarios tomen determinadas decisiones: poner el piso en alquiler o no subir los precios.

Y si admitieran que comparten algunas recetas

La bonificación fiscal, o compensación para que el arrendador pueda ingresar más, la defienden el PSOE y el PP y la aborrecen todos los socios de izquierdas del PSOE. Empezando por Sumar. Por eso habrá que preguntarse en nombre de quien habla Elma Saiz cuando aplaude una medida que rechaza uno de cada cinco ministros. Y cuando dice que no hay que alentar el choque entre caseros e inquilinos.

Es la cuarta parte de su Gobierno la que está en eso, en satanizar propietarios. No llegan a llamarles rentistas o sanguijuelas, como sí hace Podemos, que también fue Gobierno, pero sí los presentan como acomodados que se benefician de la crisis (lo hizo el ministro Bustinduy) y lo hizo Pisarello, que es pata negra de Sumar.

Que dice la ministra portavoz del Gobierno que no me satanicen a los propietarios que ponen en alquiler sus pisos. Y va Sumar y los sataniza. Para este otro Baby Jane recurrente que se traen el PSOE y lo que va quedando del 'yolandismo' también vale la frase del escritor sobre la Crawford y la Davis."No se lanzaban cuchillos, se lanzaban sus propias carencias".