Monólogo de Alsina

Alsina, ante la comparecencia de Ábalos por el caso mascarillas: "Va a pasar a la historia como el ministro putero"

El director de Más de uno ha analizado las circunstancias en las que acude el ex secretario de Organización del PSOE a un litigio en el que la opinión pública ya le ha condenado.

Carlos Alsina

Madrid |

Monólogo de Alsina, en Más de uno

Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Mucho antes de que Van Gogh, en modo crisis total, se medio cortara su oreja izquierda, la envolviera en un pañuelo y se la entregara a una joven empleada en la limpieza; y bastante antes de que San Pedro desenvainara la espada -qué hacía Pedro llevando espada- y mutilara al pobre centurión que solo hacía su trabajo; la oreja más famosa de la Humanidad era la de Alejandro Magno.

Sus dos orejas, en rigor, pero alternadas. Alejandro era, a la vez, rey absoluto y juez supremo, gobernar e impartir justicia en una misma persona (el sueño de tantos gobernantes, no solo el nuestro, sustituir a los jueces y ejercer de tribunal supremo). De Alejandro se decía que cuando había de juzgar un caso, escuchaba a quien presentaba la denuncia tapándose una oreja con la mano.

"¿Acaso no oye bien?", preguntó un litigante preocupado. "Oye como dios", le respondió un funcionario. "¿Y entonces?" "Atiende al juicio y podrás entender". Cuando el denunciante terminaba su alegato acusatorio llegaba el momento de escuchar al denunciado. "Mira lo que hace el rey ahora", murmuró el funcionario. Alejandro, en ágil cambio de manos, se destapó la oreja y se tapó la otra con la otra mano. "¿Seguro que oye bien?’, insistió el litigante, poco avispado. "Oye perfectamente, escucha sin prejuicio a quien acusa y al acusado, mayor imparcialidad no cabe".

Los siete magistrados que integran el tribunal del caso mascarillas disponen de dos orejas cada uno. Explicaron las crónicas el día que comenzó el juicio que formaban un grupo equilibrado entre progresistas (que es como se dan en llamar los jueces de izquierdas) y conservadores (que es como se dan en llamar los jueces de derechas).

Y que el presidente del tribunal, Martínez Arrieta, es moderado, que es como se da en llamar al que no es ni de derechas ni de izquierdas, ni falta que hace para el trabajo que desempeña. Se da por hecho que la corrupción es delictiva y castigable independientemente de a quién vote cada magistrado. Se da por hecho que un corrupto repugna por igual a la derecha que a la izquierda. Y que si el procesado es un ex ministro de izquierdas goza de las mismas garantías y el mismo castigo, caso de probarse el delito, que un ex ministro de derechas.

Hoy, el ex ministro José Luis Ábalos, autor del más sonado alegato parlamentario contra la corrupción que se escuchó en el Congreso los últimos diez años, tratará de hacer ver al tribunal que lo juzga que él nunca formó parte de organización corrupta alguna, que nunca manejó de dinero de procedencia ilícita, que nunca sufragó sus muchos gastos a base de comisiones y mordidas.

Hoy, José Luis Ábalos admitirá que llevó una vida desordenada, con mujeres, ex mujeres, novias-amantes y el íntimo deseo de ayudar a todo aquel (o mejor, toda aquella) que se lo pidiera. Hoy, José Luis Ábalos alegará que nunca decidió él a quién se le compraban las mascarillas y que, como declaró Koldo, su fiel Koldo, estaba al margen de la relación que tenía su asesorísimo (chófer, guardaespaldas, asistente, contable, encargado) con este Víctor de Aldama al que trató, pero poco.

Hoy, José Luis Ábalos encara la misión imposible de persuadir a la opinión pública de que él es víctima de una cacería política destinada a debilitar a Sánchez, la misión imposible de volver a ser aquel que era antes de que la UCO lo desnudara; aquel escudero sanchista, afable y bienhumorado, que gobernó el PSOE en los años de las victorias, sirvió al presidente desde el ministerio de la obra pública, fue apartado sin explicaciones de la corte del rey Pedro y sufrió con resignación de diputado (y plus de presidente de comisión) los rumores envenenados sobre su vida metidas en gastos y metida en koldos.

El hombre que habría querido pasar a la historia como el capitán del Ejército que llevó a Pedro a la Moncloa y le ayudó a sobrevivir a una pandemia y que va a pasar a la historia como el jeta de las chistorras, los chalés y las jésicas, el ministro putero. La sentencia de la opinión pública está emitida hace tiempo, y es probable que cada uno de los siete magistrados tenga ya, a estas alturas, un criterio bastante sólido sobre lo que hicieron los procesados, lo que hubo y lo que no hubo, pero hasta que el juicio no termina no empieza a deliberarse nada. Y el capítulo final de la temporada -final de la primera temporada del caso Ábalos- no está escrito todavía. Lo escribirán en directo hoy el ex ministro, el fiscal Luzón y el abogado.

Siglo y medio antes de que Alejandro Magno se tapara alternativamente las orejas para hacer justicia, Heráclito de Éfeso, hombre estudioso que odiaba a casi todo el mundo, cometió el error de combatir la retención de líquido que padecía tendiéndose al sol y haciéndose cubrir de estiércol. Lo de los líquidos se le remedió de golpe porque más que el final de temporada fue el final a secas. Y así, el autor de "no es posible bañarse dos veces en el mismo río" terminó su paso por este mundo cubierto de caca de vaca.

Zenón de Elea nació unos años después del episodio del estiércol. Él también fue filósofo, como buen griego. Aportó al mundo la paradoja de Aquiles y la tortuga, según la cual un corredor, por rápido que sea, nunca podría adelantar a quien hubiera salido antes que él, aplicando la lógica matemática (por supuesto que la adelanta, por eso se llama paradoja). Pero probablemente, para sus contemporáneos lo más notable de Zenón no fue la tortuga sino la oreja.

Con la excusa de contarle al tirano de turno una confidencia en voz baja, fue autorizado a acercarse y aprovechó para arrancársela a mordiscos. No alcanzó categoría de magnicidio porque el tirano siguió siéndolo, desorejado, y porque quién terminó malamente fue Zenón, neutralizado por los escoltas.

Muerte civil de García Ortíz

No consta que Álvaro García Ortiz, ex fiscal general del Estado, soñara con arrancarle nunca una oreja al magistrado Martínez Arrieta, presidente del tribunal que lo condenó. Pero a juzgar por lo que ha declarado al programa de Évole, habría preferido ser juzgado por magistrados que no le conocieran a él de nada.

Haber coincidido tantas veces en tantos casos se ve que perjudica, en opinión del procesado, la imparcialidad del tribunal que juzga. Sostiene García Ortiz que a él se le ha aplicado la muerte civil, como en Roma y mantiene, naturalmente, que jamás hizo nada delictivo y que su condena es injusta. Sus guasaps y sus mails los borró porque tiene derecho a hacer con sus comunicaciones privadas lo que quiera, no porque hubiera ahí nada incriminatorio. Con los datos de terceros que no son suyos no sé si puede hacer lo que quiera, pero dicho queda.

El relato del fiscal general caído, explicándole a Évole -ante una pared con fotos e hilos relacionando cosas como en las películas- qué sucedió cada hora de cada día es interesante. No por lo que cuenta, que ya es conocido, sino por la cantidad de meses que García Ortiz tardó en contarlo. Ante Évole relata con naturalidad cómo es él, desde el primer momento, quién está al tanto de lo que anda contando Miguel Ángel Rodríguez y, enfadado ante lo que considera una calumnia, decide que hay que refutarla.

El problema es que los hechos se produjeron en marzo de 2024, pero García Ortiz no asumió que la nota de prensa era responsabilidad suya hasta junio, cuando los denunciados eran dos fiscales madrileños, no él. Y asumió la responsabilidad, no la autoría. Hubo que esperar a la vista oral para escuchar a García Ortiz asumir que todas las decisiones -refutar, sacar a Julián Salto del fútbol, recabarle los correos y hacer la nota de prensa- fueron personalmente suyas. Que incluso el dictado de los pasajes considerados por el tribunal confidenciales lo hizo él, se los dictó a su jefa de prensa.

Hoy, García Ortiz se revindica orgulloso de haber salido en defensa de la fiscalía y no haberle tenido miedo a la verdad, pero en aquellos primeros meses García Ortiz se mantuvo en la trastienda, como si le resultara incómodo aparecer como el artífice de todo y haciendo pasar su nota de prensa -suya- como si la hubiera elaborado la fiscalía del Tribunal Superior de Madrid. Este actuar desde atrás y desde arriba sin exponerse públicamente no apareció en el relato exculpatorio, anoche, de ex fiscal general.

Que en su derecho está, sólo faltaba, a sostener su postura y a recurrir la sentencia ante el Tribunal Constitucional, de cuya mayoría actual, aun habiendo ahí muchos magistrados con los que también ha coincidido, tiene mejor concepto que de la mayoría de la Sala del Supremo que lo condenó.

Hubo dirigentes de izquierda que, a raíz de aquella condena, detectaron una movilización del progresismo en España tan sonada y tan profunda que iba a cambiar el devenir de la historia. Nada de eso sucedió, como se sabe. Del fiscal general caído ya solo se acuerdan los amigos que le rinden homenaje sincero en Galicia, su sucesora Teresa Peramato, que se ha quitado de en medio a la testigo de cargo, Almudena Lastra y hoy nosotros, por haber dado su primera entrevista medio año después.