Es un día crucial, tal vez histórico. Cómo no va a serlo si ya están celebrándolo en la Plaza de los Rehenes de Tel Aviv y en Khan Younis. Israelíes y palestinos celebrando algo a la vez. Eso ya es histórico. Lo celebran los familiares de los rehenes secuestrados por Hamas y los palestinos en Al Mawasi. La noticia de que prospera el plan de paz entre Israel y Hamas ya está en las calles a uno y otro lado de la Franja.
Israel y Hamas han alcanzado un acuerdo. Un inicio de acuerdo. Si se materializa el alto al fuego en Gaza y la liberación de los rehenes israelíes, Trump tendrá el mayor logro diplomático de su presidencia, en vísperas del Nobel de la Paz que tantas veces ha reclamado.
Los detalles del plan de paz siguen siendo confusos, tal vez por eso ha convencido a ambas partes. Y aunque el avance es significativo, es mejor tomarlo con cautela. En Oriente Próximo siempre lo es. Ya hemos pasado por esto antes, en enero hubo un conato de alto al fuego que luego se frustró. Pero esta vez parece distinto. El acuerdo avanza. Es la mejor oportunidad de poner fin a la masacre sistemática de civiles de dos años en Palestina y al horror de los inocentes secuestrados tras los atentados de Hamas.
Es lo más cerca en estos dos años de horror en Gaza donde los muertos se cuentan por decenas de miles y la destrucción de infraestructuras es casi total. Entre tanto, la paz parece posible, o, al menos, una tregua.
Aunque a pesar de las esperanzas, aún quedan por precisar detalles cruciales: el calendario de retirada del ejército israelí, los detalles del intercambio de rehenes por prisioneros, la entrada de la ayuda humanitaria y el desarme y destino de Hamás. Tampoco hay una indicación clara de quién gobernará Gaza. Trump espera que Estados Unidos, o sea él y su yerno, tengan un papel crucial para reconstruir Gaza.
Nada está claro del todo, por eso la esperanza es posible. Todo avanza, porque todo está en el aire.
¿Moraleja?
Tras dos años de matanzas horribles, la paz parece posible

